Divorciada la dama, viudo el caballero. La cita a ciegas funcionó como en las mejores novelas. Pronto se casaron y ella -una apasionada docente de inglés- nunca dejó de dar clases. Ocurrió hace 30 años, pero Jill Biden aún sigue enseñando. Lo hizo incluso cuando se convirtió en la segunda dama de Estados Unidos (durante el gobierno de Obama) y también ahora que llegó a la Casa Blanca como primera dama. Es que la señora de Joe Biden lo dejó claro: no quiere ser solo la acompañante oficial del presidente. En tiempos de cambios, otra mujer que tampoco quiere vivir colgada de las fotos protocolares es la esposa del presidente de México, López Obrador. “No creo que haya mujeres de primera ni de segunda”, dijo Beatriz Gutiérrez Müller. La escritora renunció así al “juego del rol” y tiró la pelota a cancha ajena. En la Argentina, la última foto de la primera dama que está dando vueltas y se hizo viral es la de su cumpleaños en la quinta de Olivos, en pleno aislamiento, sin distanciamiento ni barbijos. Pero más allá de esa imagen, durante esos días de confinamiento extremo de 2020 entraron varias veces a la residencia una maquilladora, un peluquero, una vestuarista y otros asistentes de la mujer del presidente, según los registros oficiales.El rol de los cónyuges presidenciales no está regulado, pero demanda gastos del Estado. Y, sobre todo, una nueva responsabilidad ahora que el tren de las mujeres tomó un camino de ida. Las vías de la igualdad se empezaron a poner en los últimos años lejos de los estereotipos, a pico y pala. Sólo falta que sigamos empujando el tren en la misma dirección, sin marcha atrás.