
“Me encanta hablar del mundo del libro, de la edición, de ese umbral que el editor comparte con quien escribe”, dice Juan Casamayor (Madrid, 1968). Y no quedan dudas al respecto en cuanto empieza la conversación. Director con Encarnación Molina de Páginas de Espuma, sello de referencia en el género del cuentoy en la publicación de las nuevas escritoras latinoamericanas, entiende que el oficio “se define por una capacidad lectora: no solo es una pasión, es una sensibilidad, es situarse en un ámbito atravesado por la lectura”
Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma. Foto: Isabel Wagemann, gentileza.Casamayor estará en abril en Buenos Aires. “El editor tiene que hablar con libreros, con distribuidores, con organizadores de clubes de lectura y de talleres de escritura creativa. A eso voy”, dice. También para “preparar el desembarco” de un libro de ensayos de Mariana Enríquez previsto para fin de año. Antes, el 19 de marzo, se conocerá el fallo del IX Premio Ribera del Duero que convoca la editorial y alcanza en esta edición una participación récord: 1929 manuscritos.
–¿Cómo fue pensado el premio Ribera del Duero y cómo funciona hoy?
–El premio surge porque dos trenes se chocaron de frente. El Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero, el conjunto de las bodegas de la comarca, tenía una política cultural en el cine, en la música y quisieron empezar en la literatura. Por otro lado yo estudiaba la posibilidad de que hubiera un gran premio en torno al libro de cuentos inédito. Quería hacer un premio que estuviera en el mismo mapa del Premio Herralde de novela, un premio de vocación internacional, con un trabajo luego promocional importante y que tuviera dinero detrás. Bajo ese encuentro de ambas iniciativas surge el premio bienal Ribera del Duero. Veinte años después el premio se ha consolidado muchísimo porque en primer lugar es altamente literario y no ha dudado en premiar textos, no nombres. Cuando ganó Samanta Schweblin, en España y en el resto de América no sabían ni siquiera pronunciar su nombre.
–¿Los premios siguen vigentes como mecanismo de promoción y de consagración?
–Haber tenido jurados como Rodrigo Fresán o Mariana Enríquez es de una solvencia literaria enorme y hace al premio confiable. En nuestra página web se pueden consultar además todos los datos, que no los da ningún premio. Cuando creas un premio estás haciendo una promoción, pero si además cuentas con los factores que mencioné tenemos un premio que aúna lo literario con lo promocional. Cada cual que haga el premio como le dé la gana, porque ya sabemos que algunos premios son lo que son. Pero el paso del tiempo pone a cada uno en su sitio. Autoras como Guadalupe Nettel, Liliana Colanzi o Magali Etchebarne van a perdurar, y el premio Ribera del Duero participa de esa vida literaria. Eso es lo que debe ponerse en marcha cuando se toma la decisión de dar un premio.
–Cuando empezó la editorial, el cuento estaba fuera del radar de la industria. ¿Hubo una razón comercial o fue una gran torpeza?
–Cuando llegué al mundo de la edición no entendía por qué había editoriales especializadas en teatro y en poesía pero no en cuento. En la segunda mitad del siglo XX, aun siendo muy importante el cuento en las distintas literaturas latinoamericanas, la gran hegemonía la ganan las novelas. El boom fue una construcción del sector del libro español, con mucho peso de Carlos Barral, Jaime Salinas, doña Carmen Balcells, donde se propulsa mucho la novela. Con la muerte de Franco hay una explosión de la literatura de no ficción, del ensayo, pero llega el desencanto y la gente quiere leer ficción. El ejemplo es Anagrama. Jorge Herralde, que era muy listo, supo cambiar de la no ficción combativa al boom de la novela española. En los años 80 se empiezan a construir dos grandes grupos en España con presencia muy importante en los países latinoamericanos: Planeta, que ya lo venía siendo, y Random House. Cuando llegamos a los 90 se crea la gran frase: el cuento no vende. Han pasado casi 25 años, y el cuento no está en esa situación; si no, Planeta y Random House no se pegarían por Samanta Schweblin. La llegada de las escritoras latinoamericanas con mayor visibilidad y el boom de las lectoras –no de las escritoras– ha hecho que el cuento esté más presente. Pero la novela sigue siendo el canal donde la industria editorial se siente más cómoda; también hay miles de novelas que no venden nada.
–Al margen de la calidad, ¿qué decide una publicación en Páginas de Espuma?
–Estamos hablando de un ámbito muy subjetivo. En Páginas de Espuma no hay una estética predominante, estoy abierto a distintas formas de escritura. Cuando leo un texto y me entran unas ganas enormes de hablar con la persona que lo escribió se pierde un poco el lector y entra a jugar el editor que quiere desentrañar decisiones de escritura y luego incorpora sugerencias. Esa es una parte visceral, luego hay un movimiento más racional: necesito compartir el libro. Los escritores no escriben libros; escriben manuscritos y del manuscrito al libro hay una suerte maravillosa de debate donde no tiene que ganar el editor ni el autor sino el texto. Los autores en general quedan satisfechos de su escritura pero no seguros; y además llegan con un umbral donde todavía son posibles las modificaciones. El escritor es el que toma conciencia de que la escritura puede ser corregida, y en ese escenario mágico se abre el diálogo entre el autor y el editor. Cuanta más experiencia tiene un escritor más exige una lectura detallada no solo del manuscrito sino de toda una obra. Este mes Fernanda Trías está en las librerías de la Argentina; el trabajo fue de un año, a Fernanda la conozco desde principios de este siglo y me he leído todo lo que escribió para editar bien. He visto cómo corrigen sus textos Samanta, Jorge Volpi o Andrés Neuman, un fantástico corrector de sus textos, y puedo poner a disposición todo eso que he heredado o compartido a la hora de hacer un texto nuevo. En esos meses de trabajo me defino como editor.
–¿Por qué, como suele decir, un clásico merece una traducción contemporánea?
–El trabajo que hacemos con los clásicos obedece a varios criterios. Un criterio es tener la totalidad de la obra. Un ejemplo: las cinco mil páginas de Chéjov no estaban publicadas en ningún lado. En el caso de Bradbury, no teníamos una antología cronológicamente ordenada que nos diera una pauta de lo que escribió antes y lo que escribió después. Estoy muy en la idea de actualizar las traducciones no solo porque cambia el habla y la lengua sino porque los traductores hoy en día poseen una bibliografía primaria y secundaria de los autores que en su momento no se tuvo: correspondencia, diarios, libros de viaje. A Julio Cortázar que no lo toque nadie, pero lo amo, pero hemos vuelto a traducir los cuentos de Edgar Allan Poe. Los cuentos de Stefan Zweig estaban traducidos, pero en distintas épocas y con distintos traductores; Páginas de Espuma es la primera que cogió las 1500 páginas y se las asignó a un solo traductor, con lo cual hay una voz. Ese es el trabajo que hacemos con los clásicos: cuentos completos, orden cronológico y traducciones.
–¿Cómo caracteriza el boom de las lectoras?
–Se ha hablado mucho del boom de las escritoras pero las propias escritoras lo niegan con un axioma sencillo: las escritoras escribieron siempre. Otra cosa es que hayan sido olvidadas, silenciadas o censuradas, porque esto ha sido así. El boom latinoamericano del siglo XX es un boom porque lo crea la industria editorial, ¿pero qué ha pasado? Aquí se ha creado un hecho lector y es que ciertos libros están poniendo sobre la mesa mecanismos narrativos, sensibilidades, estéticas, temáticas que están interesando a las lectoras, y las lectoras han pensado con un sentimiento de rebeldía y de pertenencia que ellas leen ese tipo de libros. Además, el habla y la lengua siempre van por delante de nosotros y lo que han hecho las escritoras es acortar esa distancia, las escritoras han dado lenguaje y palabra a situaciones, hechos y sobre todo acciones que no estaban nombradas. Cubierto el primer cuarto del siglo XXI, aunque de forma desigual en algunos países, la entrada de la mujer al mundo laboral es una realidad y eso quiere decir que tiene independencia económica; y por último ha habido una generación de lectoras anidadas en el fantasy, en las sagas fantásticas, que han pasado de forma natural a leer a Mariana Enríquez. Si algo ha pasado en la literatura en español en el siglo XXI es que lo no mimético, lo fantástico, se ha imbricado en la escritura. Esto lo han creado las lectoras, y las editoriales vamos detrás.
Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma. Foto: archivo Clarín.–¿Cómo analiza los cambios en la comercialización del libro desde que surgió la editorial, en 1999, hasta hoy?
–El punto de venta de la librería convive desde hace décadas con las grandes cadenas, pero ha aparecido la venta a través de internet impulsada por una falsa necesidad de inmediatez, sobre todo creada por las corporaciones tipo Amazon. Esto va por países: en Ecuador y en México, por ejemplo, casi no hay librerías independientes y el mercado se lo comen las grandes cadenas y la venta on line a través de plataformas; en cambio Argentina, con todo lo que tiene hoy encima, cuenta con una tradición librera magistral y con una red de librerías independientes encomiable. En la Argentina y en los países latinoamericanos hay magníficos profesionales pero falta fortalecer la cadena entre librerías, distribuidoras y editoriales. Y ojo en España con que el editor venda libros en su página web porque los libreros le llaman inmediatamente. A mí eso me parece bien; ahora, me pongo en el lugar de un editor pequeño que hace 500 ejemplares en Perú, donde el 90 % de los libros los venden dos cadenas, ¿qué hace si las cadenas no lo dejan entrar? Bueno, los vende en ferias, en páginas web; también lo entiendo, pero no deja de ser un modelo frágil.
–Si Páginas de Espuma no tiene una línea estética, ¿cómo se define la unidad del catálogo?
–La diversidad de propuestas estéticas y temáticas ya en sí habla de una vocación de unidad: intento que mi catálogo sea un diálogo entre distintas estéticas, tengo autores de México al Cono Sur y el que más me importa es un diálogo de orillas simbólicas donde los autores contemporáneos dialogan con los clásicos y dentro de los contemporáneos una autora como Samanta Schweblin puede dialogar con Tamara Silva, esta escritora uruguaya a la que le está yendo muy bien con Larvas. Ese aire de familia, esa atmósfera compartida, hace la unidad del catálogo. Esta idea no es mía sino de Herralde y de Manuel Borrás, editor de Pretextos: el catálogo es el único libro que deberíamos escribir los editores. Si estuviera inclinado a una fórmula literaria única tendría un catálogo cojo, algo faltaría. No me gustan los libros complacientes, me gustan los que crean más preguntas que respuestas, los que me llevan a un campo de extrañamiento.
Juan Casamayor básico
- Nació en Madrid, en 1968 y es licenciado en Filología Hispánica por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, donde realizó su doctorado en literatura española del siglo XVIII.
- En 1999 fundó junto con Encarnación Molina Páginas de Espuma, sello independiente que se ha convertido en la editorial de referencia en el género del cuento en castellano.
- En su catálogo se encuentran los principales escritores contemporáneos del cuento junto a los clásicos de la literatura universal. Además, el sello cuenta con una importante colección de ensayos, destacando la crítica literaria, las memorias, los diarios, los libros de viajes o los epistolarios.
- Desde el año 2008 la editorial mantiene sedes en México y Argentina.
- Imparte clases en el Máster de Edición de la Universidad Autónoma de Madrid, el Máster Online en Crítica y Comunicación Cultural, organizado por El Cultural y la Universidad de Alcalá, y el Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid.



