
La historia de El Salvador es un baúl, según una de sus imágenes favoritas, y el contenido se renueva con cada libro. En Cornamenta, su última novela, Horacio Castellanos Moya ambienta la ficción en febrero de 1972, una fecha marcada por un fraude electoral que marcaría el futuro inmediato del país. “Pero sin el personaje de ficción la coyuntura histórica no me servía para nada”, advierte el escritor.
Horacio Castellanos Moya retratado en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.Nacido en 1957, autor de catorce novelas y varios libros de relatos y ensayos, Castellanos Moya vivió en San Salvador hasta sus 21 años. A partir de entonces residió en distintos países hasta afincarse en Iowa, EEUU. Desde allí viajó directamente a Buenos Aires y presentar su última novela. “Es mi quinta vez en la Argentina”, dice, ya que participó en ediciones del Filba y en jornadas del Centro Cultural Parque de España, en Rosario, y se lo ve muy a gusto en la nueva visita.
Cornamenta es la octava novela dentro de la saga de la familia Aragón, un eje de la obra. El protagonista, Clemente, aparece ya en Tirana memoria (2008), donde escapa del golpe de Estado de 1944 contra el dictador Hernández Martínez y en Desmoronamiento (2006) como personaje secundario. “Ya en esta novela se habla de la muerte de Clemente Aragón. Pero yo no sabía que iba a desarrollar el personaje; de pronto, tocó la puerta y entró”, cuenta Castellanos Moya.
Desencanto en toda la población
El 26 de febrero de 1972 una coalición integrada por la Democracia Cristiana, el Partido Social Demócrata y el Partido Comunista fue despojada de su triunfo en las urnas por un régimen militar que llevaba cuarenta años en El Salvador. El hecho configura un hito porque impulsa a la izquierda a la lucha armada y “hay un desencanto en toda la población” y, en la ficción de Cornamenta, es el objeto incesante de conversación entre los personajes.
–¿Qué lo decidió a ubicar la novela en esa fecha decisiva en la historia de El Salvador?
–Son esos eventos que a uno lo marcan. No solo en lo histórico sino en lo personal: yo tenía entonces 14, 15 años, y luego del fraude electoral hubo un golpe de Estado que yo viví. La casa de mi familia estaba muy cerca de la Primera Brigada de Infantería. Vimos los bombardeos, los combates, como chiquillos nos metíamos detrás de los casquillos. Tuve una experiencia personal, que no está en la novela, y luego en México conocí como periodista a muchos de los partícipes en ese golpe de Estado, quienes me contaron en detalle lo que había pasado. Entonces encontré esa ruta para desarrollar el personaje de Clemente Aragón y crear una ficción relativa a su asesinato en medio de las pugnas políticas en las cuales él no tiene parte.
–Los enredos amorosos de Clemente con la esposa de un militar y sus preocupaciones al respecto contrastan con la gravedad del conflicto político. ¿Cómo pensó el juego entre esos aspectos?
–La verdad es que fue una novela que, no bien me senté a escribirla, corrió. Los patrones de conducta de Clemente, si lo comparas con Tirana memoria, son similares: su carácter casquivano, cierto sentido lúdico y sobre todo lascivo, ya estaban en esa novela. Lo que adquiere en Cornamenta es la dimensión del hombre de familia, del profesional respetable y una conciencia religiosa porque precisamente cuando se salva del primer golpe de Estado, tal como él mismo cuenta, es porque invoca al Cristo Negro de Esquipulas (una imagen de Jesús crucificado, en la Basílica de Esquipulas, Guatemala). Era un personaje que yo tenía como joven y el reto de desarrollarlo como adulto implicaba mantener cierto perfil, con un deseo sexual incontrolable y, sobre todo, una sociedad en la que se mueven mucho las cosas por debajo del agua.
Horacio Castellanos Moya retratado en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.–Entre los personajes secundarios se destaca un grupo de luchadores profesionales. Allí vuelve a mezclarse la ficción y la historia, ¿no?
–Cuando estábamos chicos, el entretenimiento a las nueve de la noche era ver por televisión el programa de lucha libre. Hay una fijación con esos personajes para mí desde esa época. A algunos les he cambiado el nombre porque investigué, tienen familiares y es mejor no mencionarlos. Pero hay otros que son de reparto y tienen su nombre de luchador, como el Sordomudo Cruz. El asesinato del Apache, que al final de la novela se menciona que lo mata la guerrilla por torturador, es real. Otro, el Mongol, viene enojado por el fraude electoral pero yo no sé si eso era real. Hubo además tres personajes de lucha libre que se llamaron el Vikingo, en distintos momentos entre el 60 y el 90, pero el mío me lo invento, me gustó el nombre de guerra.
Dentro de la lengua
–Suele definirse como un escritor auditivo, para diferenciarse de otros que escriben “con la mirada”. ¿El oído viene de su experiencia como periodista, que desarrolló desde joven?
–Sobre todo tiene que ver con que para mí la literatura es lenguaje. No es lo mismo para quien la literatura es contar una historia y se centra en eso aunque el lenguaje esté flojo. Para mí la literatura es oración tras oración.
–¿Cómo aparece el oído en el origen de un texto?
–Primero tiene que ver con la voz del personaje y después con el perfil psicológico. Con ese perfil puedo lograr la voz, aunque la novela esté contada en tercera persona, como Cornamenta. Ha habido sí algunas novelas que suceden a partir de algo visual, de una impresión. Por ejemplo, La sirvienta y el luchador es una novela que tardé treinta años en escribir, sucede en 1980 y la experiencia que me lleva a escribirla en ese año fue un momento en que salí a la calle a tomar el autobús, cuando tenía 22 años. La represión y el terror eran tales, porque aparecían los cuerpos colgados en las calles y había una situación de comienzo de guerra civil, que si tenía una hoja de afeitar podía cortar el aire, de tan denso que se sentía. Y esa impresión me quedó en la psiquis. Pero la mayoría de mis novelas viene de la voz.
–Desde que se fue de El Salvador, vivió en distintos países y lenguas. ¿Cómo siguió sonando la lengua española?
–Bueno, el inglés es común, se aprende en la escuela. La primera vez que sentí esa extrañeza de la lengua fue con el alemán. Estuve dos años en Frankfurt. Es muy significativo que en las dos novelas que escribí entonces, una que terminé y otra que comencé, el registro es bastante más universal y menos dialectizado. Tirana memoria, por ejemplo, tiene un registro más estándar en cuanto a la forma y el universo lexical de los personales. Pero como solo fueron dos años no fue un problema. En EEUU siempre encuentras gente con quien hablar en español, entonces allí no sentí esa lejanía. Ahora bien, el poeta polaco Czeslaw Milosz, que vivía en California, se preguntaba por la lengua polaca en la que escribía. Me quedé reflexionando que ese es un problema que tienen las lenguas minoritarias. Milosz dice que la lengua en que escribía no era el polaco que se hablaba en su país pero tampoco una imitación del inglés y que el reto es crear un nuevo lenguaje. Siempre me lo he planteado así. No me gusta escribir un lenguaje que no pueda entender el lector. Mucha gente piensa que en Cornamenta hay muchos términos salvadoreños, pero si vas al diccionario de la Real Academia es castellano viejo. Es normal porque durante 400 años los barcos no llegaban a El Salvador porque venían del Atlántico y El Salvador solo tiene costa sobre el Pacífico.
Horacio Castellanos Moya retratado en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.–¿El origen centroamericano define su identidad como escritor?
–Ser un escritor centroamericano es paradójico porque el continente son cinco o seis países que se desarrollaron como naciones aunque compartieron trescientos y tantos años como una sola capitanía general. Las nacionalidades están creadas, pero son tan pequeñas y están tan aisladas que me llama la atención. En un periódico de Chile, donde iba a estar en una mesa, me llamaron “el guatemalteco”, y en otro lugar dicen “el hondureño” y en otro “el salvadoreño”. Al final te ríes pero prefiero la definición hacia el lado de la lengua porque he vivido trece años en México. Ahora estoy trabajando una novela que sucede en México. Mis temáticas, mis personajes, vienen de Centroamérica, pero prefiero inscribirme dentro de la lengua. No creo que ambas cosas sean contradictorias.
–A propósito de la tradición, la figura del poeta y militante Roque Dalton es constante en su reflexión. También le dedicó un libro, Correspondencia clandestina y otros ensayos. ¿Qué revelaron los documentos que descubrió?
–La correspondencia mostró la profundidad de la traición que sufrió Dalton. El que dio la orden para matarlo, el máximo dirigente del Ejército Revolucionario del Pueblo (Alejandro Rivas Mira), todavía tres meses antes aparecía mencionado como amigo por Dalton. Más allá de las ideologías, que son pleitos políticos, hubo una traición de la que todavía no se tienen pruebas para ver su origen. Personalmente, creo que el origen es que ese tipo era un doble agente.
–¿Qué destacaría en la obra de Dalton?
–Es un gran poeta, aunque su poesía se opaca por la enorme carga ideológica del momento en el que vivió y por la mucha poesía política, un poco panfletaria, que él mismo escribió. Sus grandes poemas son confesionales, poemas personales, y siguen teniendo una enorme vigencia. Taberna y otros lugares, el libro que Dalton escribe en Praga, tiene una universalidad tremenda, con versos de profunda connotación filosófica sobre la vida. Y tiene poesía erótica, de relaciones sentimentales, muy poderosa. Su poesía política es la más desafortunada. En una tradición donde antes internacionalmente no se ven poetas de El Salvador es más difícil que se le vea por su poesía que por su tragedia. A un costado, en Nicaragua, a Ernesto Cardenal se le ve más por su poesía, porque está atrás Rubén Darío. Las naciones siguen siendo el pivote a partir de los cuales se da a conocer una obra. No es lo mismo ser un poeta en El Salvador que en Nicaragua, por la tradición, porque detrás de Darío vino una generación de nicaragüenses internacionales.
–En una conferencia, contrapuso la figura de Dalton con la de Juan Carlos Onetti. ¿Por qué?
–Claro, porque Onetti dice que un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. Dalton dice: “tener fe es la mejor audacia”. En el medio está la clave. La fe entendida como creencia política está destinada al fracaso. Pero para mí Onetti es un escritor modélico de América Latina no solo por su obra sino por su actitud hacia la literatura, el hecho preciso de que su obra es muy privada y personal.
Contra las ideas dominantes
–¿Qué puede hacer la literatura frente a su época y los conflictos que la afectan?
–La historia, la política y la literatura no se llevan bien. Pero menos se lleva la literatura con las ideologías. Porque más que la historia y la política son las ideologías las que tratan de someter a la literatura. El catolicismo, la revolución, el comunismo, la literatura de género, son ideologías que trataron o tratan de someter a la literatura para que exprese sus ideas. Cada época impone un marco de ideas, pero la literatura tiene que poner las ideas a su servicio y no ser una servidora. Ese es el gran reto. En ese sentido la literatura tiene sus instrumentos o distintas formas de hacerlo, desde la sátira hasta la recreación épica. Pero el mayor peligro para la literatura es a veces la facilidad con que el escritor tiene fe en las ideas de su época y cree que esas ideas son para siempre.
Horacio Castellanos Moya retratado en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.–¿Hoy existe algún peligro en concreto?
–Siempre hay. La política de la corrección es una de las grandes ideologías, surgió en un momento de crisis y lo que generó fue el ultraderechismo más fuerte. En EE.UU. hay censores de buenas maneras en las editoriales. Un libro como Moronga no se publica en EE.UU. porque dicen que es muy ofensivo, lo cual es cierto (se ríe). Eso es ideología pura y dura, todos tenemos buenos y hablar bien del prójimo. ¿Por qué?
–Hoy es imposible hablar de El Salvador sin mencionar a su presidente. Parte de la opinión internacional cuestiona a Nayib Bukele por violaciones a los derechos humanos y parte, incluso en Argentina, lo toma como un referente. ¿Cómo observa esa situación?
–No hay un modelo Bukele. Eso es una mentira. O sí lo hay, pero es muy sencillo y existe desde hace mucho tiempo: es el modelo de la dictadura. Bukele no hubiera logrado acabar con la delincuencia sino acaba con el estado de Derecho. Al acabar con el estado de Derecho e imponer un estado de emergencia, donde él controla todos los poderes, acaba con la delincuencia con el consentimiento de la gente, esa es la diferencia. Pero el reto es acabar con la delincuencia en un sistema democrático. Ahora, la mayoría de la población está contenta y lo vota. Ahí entramos en el terreno de lo complicado. ¿Por qué la gente vota a Bukele, a Javier Milei, a José Antonio Kast? Hay un fenómeno que no terminamos de entender. Siento que hay una desesperación en la mayoría de la población. En El Salvador la desesperación por las pandillas era inmensa, y la gente todavía está agradeciendo porque Bukelé acabó con eso. Acabó con la democracia, pero es como si la gente dijera “que se vayan los periodistas al exilio, que se vayan los políticos de la oposición, aquí tenemos paz”, por el grado de desesperación que tenía ante un fenómeno tan grosero como el delas pandillas. Pero eso no va a durar mucho. Cuando la gente se pregunte dónde está la mejoría económica, donde hay más servicios de salud, más servicios educativos, dónde hay una posibilidad de ascenso en la escala social, el orden va a comenzar a tronar.
Horacio Castellanos Moya básico
- Nacido en 1957 en El Salvador, es autor de catorce novelas y varios libros de relatos y ensayos. Su primera novela, La diáspora (1989), obtuvo el Premio Nacional otorgado por la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador.
Horacio Castellanos Moya retratado en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.- Luego escribió El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997), novela que dio lugar a controversias y amenazas que lo obligaron a abandonar su país.
- Fue editor de diarios, revistas y agencias de prensa, principalmente en Ciudad de México, donde vivió trece años; también ha residido en Costa Rica, Guatemala, Canadá, España, Alemania y Japón.
- Actualmente reside en Estados Unidos y es profesor en la Universidad de Iowa. Ha sido traducido a quince idiomas, y entre sus últimas obras publicadas destacan las novelas Moronga (2018) y El hombre amansado (2022).
- El Gobierno chileno le otorgó el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2014 por el conjunto de su obra.
Cornamenta, de Horacio Castellanos Moya (Random House).



