“Hemos muerto ya miles de veces”. La frase de Macedonio Fernández no solo abre la novela: funciona como umbral de entrada al universo de Fernanda García Lao y su Estación Saturno (Entropía) el libro que la trajo nuevamente a Buenos Aires para presentarlo en la Feria del Libro.

Fernanda García Lao. Archivo Clarín.

Desde Barcelona, conectada a la distancia, García Lao piensa una Argentina fantasmática. “Veo mucho ‘payaso’ con delirios autoritarios. Mi respuesta sigue siendo la ficción, porque el lenguaje sabe más que yo y logra asociar lo que el discurso político intenta separar”, dice, mientras hace girar un lápiz amarillo a rayas negras y ceba un mate que parece no acabarse nunca.

“Saturno fue una estación ferroviaria deshabilitada en 1977 por orden del ministro de Obras y Servicios Públicos de la dictadura cívico-militar. Desde entonces, pescadores y vecinos narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño”, escribe a modo de introducción.

–¿Cómo fue que ese paraje real se transformó en el punto de partida de Estación Saturno?

–Yo andaba buscando locaciones porque pienso mis textos de manera cartográfica, para asociar la arquitectura a la trama. Me topé con ese nombre extravagante, Saturno, en la provincia de Buenos Aires. Es una estación abandonada donde los lugareños cuentan historias de esferas danzantes y huellas extraterrestres. Pero cuando descubrí que ese ramal fue desmantelado en 1977 por orden de la dictadura, la historia cobró la dimensión política que le faltaba. Para mí, cerrar una estación es desmantelar la comunicación, crear un pueblo fantasma; es la nostalgia del movimiento y la clausura definitiva del espacio.

–Abrís el libro con una cita de Macedonio.

–Macedonio es troncal para mí. Soy fanática de sus ensayos y de Museo de la Novela de la Eterna, que dialoga mucho con Estación Saturno. Él instaló la idea de que el tiempo es el asunto central de la literatura argentina, no solo la violencia. Mi primera experiencia epifánica con el tiempo fue a los diez años, en el avión del exilio, cuando nos hicieron adelantar los relojes el día de mi cumpleaños: entendí que la hora no existe, que es una convención.

–Se cumplieron 50 años del golpe de 1976; la referencia a la clausura de la estación en 1977 resuena con una fuerza política innegable.

–El arte tiene la capacidad de tensar lo que en la coyuntura diaria queda velado. A las escritoras y a los escritores se nos piden definiciones sobre asuntos muy complejos. Yo no tengo respuestas: armo escenarios que nacen en ese mismo caldo de cultivo de la realidad. La literatura no cura, pero desplaza las pesadillas.

Fernanda García Lao en su casa. Archivo Clarín.

–¿Es una novela realista?

–Creo que sí. Se la puede leer en clave distópica, futurista, de ciencia ficción –con más ficción que ciencia– o incluso metafísica, pero en el fondo es realista porque es Argentina para mí. Es una metáfora de la política, de los vínculos, de esta posrealidad: la posverdad ya nos queda chica. La realidad se perdió en los meandros de la fantasía, del delirio, de la neurosis colectiva. Los protagonistas, Siria y Sirio, no tienen nombre durante gran parte del relato; son almas desplazadas, campos magnéticos. Hay una sensación constante de desrealización. Me interesa desarmar moldes y géneros. Siempre digo: “Lo que parece no es, casi nunca”. Lo que queda es el desmantelamiento y el duelo.

–En el texto aparece con fuerza la idea de un “duelo permanente”.

–Mi hipótesis es que somos más manejables cuando estamos en duelo. En Argentina estamos siempre “duelando” el pasado, lo que se perdió. Cuando estás en duelo, la realidad se astilla, se deforma; es muy difícil establecer diálogo entre gente dolida, y quienes manejan los hilos se valen de esos huecos. La dictadura instaló un terror que se desplazó de la capital hacia el interior, donde el silencio se vuelve “hambriento”.

–La que contás es una historia fragmentada, llena de ausencias y desapariciones.

–No podía escribir esta historia de manera lineal porque está sembrada de ausentes y apariciones frustradas. Leí hace poco una cita de Juan Mattio en Materiales para una pesadilla que dice: “Acaso el fragmento oculta una muerte”. En Estación Saturno, la fragmentación es el refugio de lo que ya no está. En mis libros anteriores endosaba mis propios miedos a los protagonistas; acá el desplazamiento va hacia el extrañamiento absoluto. Es una road movie de afectos y desencuentros.

–Es un tríptico que devela etapas en tu escritura: “Superficie en duelo”, “Luz destino incierto” y “Emanación sin tiempo”.

–La primera parte, la ruta, es el aislamiento de Buenos Aires. La segunda, el hotel, la escribí en Praga, rodeada de un lenguaje que no podía codificar; eso me colocó en una desrealidad total, escribiendo en bares donde el checo era apenas un ruido extravagante. La tercera la terminé en Barcelona, que para mí es una cruza de universos.

–¿El motor emocional fue el duelo por tu madre?

–Como decía Matisse, hasta una silla es autobiográfica, y esta novela me narra sin nombrarme. Narra el viaje después de la muerte de mi madre, que murió en Buenos Aires. No podía escribir esto de manera lineal. Uso una tercera persona desafectada para contar ese dolor. Mi madre era una presencia poderosa en tensión con otra ausencia no menos fuerte: la de mi padre. En la novela, la madre vive en una ensoñación, tocando un piano desafinado, mientras los hijos intentan rescatar un gato que es el último vestigio del hermano muerto.

–Decís que pensás los textos cartográficamente. ¿Por qué?

–Necesito asociar la arquitectura a la trama para que los cuerpos tengan dónde apoyarse. No soy de las que parten de una idea y la vuelcan: construyo un dispositivo. Requiere un nivel de atención tan alto que, si fuera plenamente consciente de todo lo que ocurre mientras escribo, no podría avanzar una línea. Me considero formalista. Me interesa entrar en territorios que no entiendo, porque, para serte honesta, yo tampoco entiendo el mundo.

–¿Ese “aparato” también se nutre de tu trabajo teatral?

–Armo el elenco de la novela como si convocara actores para un ensayo. Me interesa que cada personaje tenga una forma singular de decir la realidad. En Argentina nadie es solo quien dice ser: hay un desdoblamiento del yo, una construcción tectónica que es oro puro para la literatura. Uso el formato como un cuerpo: necesito que esté roto para poder entrar y salir de las convenciones.

–Uno de los personajes, Minor, locutor de Radio Esfera, dice que “la masa necesita certezas y el poder se las construye”. ¿Cómo ves el rol de la literatura en esta era de desinformación y fake news?

–La literatura de lo absurdo es, otra vez, más real que los discursos oficiales. El poder pervierte el lenguaje, vacía palabras como “libertad” o “derechos humanos” hasta volverlas parodia. Minor entiende eso: sabe que la gente construye el mundo a partir de un indicio. A mí me interesa entrar en lo que no entiendo. La ficción nos da herramientas para imaginar otros escenarios, para salir de la repetición. En Argentina eso se ve mucho: esto ya pasó, ya lo vimos, incluso con los mismos personajes. Cambian el peinado, la ropa, pero son los mismos actores.

–“Bajo la lluvia el mundo se extraña de sí mismo (…) Bajo el agua el agua no existe”. El agua aparece con una simbología muy fuerte.

–Tiene que ver con mi padre, que murió ahogado: es una mezcla de atracción y temor. Pero también es una fantasía contemporánea: el miedo a ser borrados por una inundación. En Guaminí, las lagunas encadenadas taparon pueblos enteros, como Carhué. Es la imagen de un pasado sumergido donde la voz ya no se escucha. Y, por otro lado, está esa idea de que los ovnis se sienten atraídos por el agua.

–Viviste en Mendoza, Madrid, Praga, Buenos Aires y ahora Barcelona. ¿Cómo moldeó tu mirada?

–Veo el mundo como extranjera: todo me resulta nuevo, extraño. Esa falta de anclaje geográfico la suplo con un territorio ficcional.

Fernanda García Lao. Archivo Clarín.

–“¿Cuánto hace que llegamos? ¿A qué? Desfase entre el tiempo y la realidad: Saturno es un umbral… Si la madre vive en el futuro y ella en el presente, el muerto estaría vivo en el pasado. Pero ¿dónde? ¿Es el tiempo un lugar?”. La conexión con Macedonio está explícita en la obsesión con el tiempo.

–En la escritura, el presente es apenas una excusa para que pasado y futuro conversen en un mismo cuerpo. Porque, al final del día, las cosas hay que hacerlas hoy: puede que no haya un mañana. Desde que mi padre murió de repente, cuando yo tenía 16 años, desconfío de la idea de futuro.

Fernanda García Lao básico

  • Nació en Mendoza en 1966. Su familia se exilió en Madrid en 1976, donde residió con algunas idas y vueltas hasta 1993, año en que se instaló en Buenos Aires. Estudió danza clásica, piano, actuación, dramaturgia y periodismo.
  • Además del Primer premio de Novela del Fondo Nacional de las Artes 2004, obtuvo el Tercer premio de Novela Julio Cortázar 2004, el Subsidio a la creación de la Fundación Antorchas por su obra teatral Ser el amo (estrenada en 2002) y el Primer premio de la Secretaría de Cultura de la Nación, por La mirada horrible (estrenada en 2000), entre otros.
  • Es autora de Coro de Inmorales (relatos), Morder la mano (cuentos) y Vagabundas (despropósito), aún inéditos.
  • En teatro, también ha escrito La amante de Baudelaire, vestida de terciopelo (estrenada en 2004 con el auspicio de la Embajada de Francia y Proteatro), Desde el acantilado (publicada por el Instituto Nacional de Teatro), Accidente en la Ingle, Sillón de tres cuerpos, El sol en la cara, Falso tenis y El cordón. Publicados por El cuenco de plata: Muerta de hambre, La perfecta otra cosa y La piel dura.

Estación Saturno, de Fernanda García Lao (Entropía).