
«En el error y en el bajo presupuesto está la identidad de mi obra», dice el fotoartista Marcos López, como quien se ríe de sí mismo al tiempo que enuncia una gran verdad de la que se enorgullece. «Quiero hacer una foto como David LaChapelle, que tiene una producción de cincuenta mil dólares y catorce asistentes, y lo hago con mi tía sosteniendo un jabón de lavar», grafica, mientras recorre su propia muestra en la Fundación Larivière, donde acaba de inaugurarse la segunda parte de su antología fotográfica Marcos López. Fotografías 1975-2025, que reúne obras de cinco décadas de producción. En realidad, modificó toda una sala a su gusto y antojo.
Si la primera parte, que puede verse desde noviembre en la sala 1 de este espacio de La Boca dedicado al arte de la fotografía, cuenta con la curaduría de Valeria González, este corolario de la exposición, que se extenderá hasta el 26 de julio (la visitan 300 personas por fin de semana), depende pura y exclusivamente de la curaduría de López. Lo que es una manera de decir, como efectivamente él mismo dirá: «Me dejaron hacer lo que se me dio la gana».
Entre las fotos que montó para esta segunda parte en la segunda sala de la Fundación Larivière, López eligió una puesta más barroca, si se quiere, con imágenes intervenidas compradas en anticuarios de San Telmo, fotos de distintas épocas, incluso inéditas, de mayor y menor tamaño, en las que se observan figuras consagradas y otras que no, con marcos que él elaboró con tapitas de gaseosa, botones de colores o fideos moñito pintados, «como hacíamos en el jardín de infantes, algo que me gusta mucho hacer».
Marcos López junto a la curadora Valeria González. Gentileza«El espíritu de este montaje –explica– está inspirado en un personaje de Gálvez, pueblo de Santa Fe de diez mil habitantes, donde viví hasta los 12 años». Sigue: «Mi mamá, a la hora de la siesta, nos decía: ‘No salgan que está el loco del martillo’. Era un personaje que andaba en bicicleta y revoleaba un martillo. El criterio de la muestra está construido desde un lugar catártico y de anarquía, de agarrar un clavo y un martillo y colgar sin coherencia y con la energía del momento. Porque la idea de serie y coherencia es innecesaria».
«A la insípida consigna menos es más, le contrapongo más es más. Me gusta el caos, el exceso, el barroco», lanza quien desde los 90 ha creado un lenguaje visual marcado por el color saturado, el humor y la teatralidad, así como la ironía, la crítica social y una empatía por los personajes retratados.
Muestra de Marcos López en Fundación Larivière. Gentileza.Cada clic, una historia
Así, a cada imagen, su historia. La consagrada actriz francesa Isabelle Huppert visitó el país a fines de 2016 en el marco de la Semana de Cine del Festival de Cannes en Buenos Aires. Además de al Gaumont la llevaron al estudio de Marcos López en Barracas. Él quería retratarla como «una cantante de tango borracha», con un piano de fondo –uno de sus films más célebres es La pianista–. No fue necesario, sin embargo, darle ninguna indicación. Huppert se ubicó y posó a su gusto y manera. Solo hizo falta un clic.
Entre las obras de gran tamaño, también se exhibe «una autopsia clandestina» que remite necesariamente a la foto del Che Guevara muerto en Bolivia y, a su vez, al cuadro de Rembrandt La lección de anatomía. «Es una reminiscencia de los años oscuros de la dictadura; es una fotografía teatralizada, algo que estaba de moda en un momento. Lo único diferente es que el cadáver es el de una mujer, es ‘La Che Guevara'». Entre los presentes en la escena de la autopsia se encuentra el multifacético Carlos Masoch.
No es el Che Guevara, sino La Che Guevara: obra de Marcos López en Fundación Larivière. Gentileza.Justo enfrente de La Che Guevara, cuelga una foto de un cubano con una remera del Che: «En realidad, yo llevé la camiseta desde Buenos Aires y se la regalé al taxista que me llevó de La Habana a Varadero». El taxista es quien posa en la foto. Su paso por Cuba, en 1987, le dejó también un cruce con Gabriel García Márquez. López estudiaba cine y guion con el Nobel colombiano y realizó un documental sobre tango del que Gabo le dijo: «Tú ya no tienes nada que hacer aquí».
Para López, cuya obra es reconocida a nivel internacional –integra colecciones del Museo Reina Sofía (Madrid), la Fundación Cartier (París), la Tate Modern (Londres), el Guggenheim y el Museo del Barrio (Nueva York), el Museo de Bellas Artes de Houston, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Malba (Buenos Aires), entre muchas otras–, la foto de una botella de Inca Kola, gaseosa peruana dulce de color amarillo-dorado, «es la obra emblemática de mi arte pop latino»: «Parece una publicidad, dialoga con Warhol y la lata de sopa Campbell y es exageradamente latinoamericana, que es lo que más me interesa». Recuerda: «A los 20 años, fui a Perú y conocí esta bebida amarilla fosforescente. La foto es de 1995 y no usé Photoshop, sino acrílico cortado por mí».
La Inca kola, de Marcos López. GentilezaEn otra de las paredes, López les rinde homenaje a algunos de sus amigos y referentes: Elba Bairon, Nicola Costantino, Humberto Rivas y su esposa, María Helguera, y Luis Freisztav, alias El Búlgaro, el «guardaespaldas» de Liliana Maresca. Precisamente Marcos López erige a Maresca como la persona «clave» en su formación: «Me vine de Santa Fe en 1982, después de la Guerra de Malvinas. Una amiga me había anotado en un papelito el contacto de una conocida, que justo alquilaba un cuarto al lado de Maresca». Así la conoció. Antes, en 1975, sin saber aún que se dedicaría a la fotografía, Marcos López había tomado en Santa Fe, su «primera foto artística», una imagen de su hermana, en blanco y negro, que en la actualidad da inicio a la primera parte de la exposición, donde también puede apreciarse la que tal vez sea su obra maestra: «Asado en Mendiolaza», de 2001, su reinterpretación latina y pop de «La última cena».
«Asado en Mendiolaza», versión pop de «La última cena» de Marcos López. GentilezaLópez remarca que proviene de una familia «técnica»: su padre era ingeniero y él nunca visitó un museo de chico. Su acercamiento a la fotografía fue a partir de la revista Foto Mundo. Para la muestra, también se dio un gustito. Uno más, diríase. Colgó una pintura suya al óleo de la Bahía de Guanabara, en Río de Janeiro: «Nadie me da bola con la pintura. Porque como soy buen fotógrafo, nadie quiere que sea pintor».
*Marcos López. Fotografía 1975-2025 se puede ver de jueves a domingos, de 12 a 19, en Fundación Larivière, Caboto 564.



