La playa representa, en el imaginario popular, un espacio propicio para la aventura y la liviandad, para el descanso y la reinvención, para lo fugaz y lo imperecedero. Ese encuentro entre la materialidad de la arena y el flujo atávico del agua generan una montaña de oportunidades para que los pensamientos más variados emerjan uno detrás de otros. Por eso mismo, la playa es una tierra que se quiere tener cerca de alguna manera y en cualquier estación del año: porque la promesa de que algo suceda (se busca lo imprevisible, un salto del guión armado) siempre está latente. Al ser un espacio para la multiplicidad de miradas, voces y encuentros, la literatura encontró ahí una oportunidad para situar sus historias. Un libro que reúne gran parte de ese rico material, que está desperdigado a lo largo de toda la historia de la literatura universal, es Con vista al mar. Literatura en la playa (Adriana Hidalgo). Quien compiló todos los textos es el escritor Juan Bautista Duizeide.

Él nació en Mar del Plata y ahora vive hace una década en Tigre, desde ahí dialoga con Clarín. Cuenta: “Fui un muchachito de playa. Sobre la arena de playas bonaerenses aprendí a caminar. Hubo muchas primeras veces en mi vida que sucedieron por alguna playa. Sobre todo, fue desde la playa que empecé a soñar con el mar: en navegarlo, en cruzarlo, en ir más allá. Hoy en día no soporto las playas en verano. Adoro caminarlas fuera de temporada cuando no hay nadie”.

Separado a partir de ejes temáticos (“Del alba al mediodía”, “Juego de olas”, “Diálogos con el viento” y “Del mar y del amor”), recorriendo diversos géneros literarios (poesía, narrativa y teatro) y con escritos firmados por plumas de acá y de toda la tierra, Con vista al mar es un buen catálogo de la riqueza extraordinaria que puede proveer una zona determinada y a la vez accesible como la playa. Dice el compilador: “Entiendo que las antologías son, entre muchas otras cosas, como condensadas bibliotecas portátiles”. Desde este punto sigue la charla.

–La selección de textos es muy amplia y diversa. Cómo fue el trabajo de rastreos y descubrimiento.

–Fueron cinco años, incluidos los tiempos de pandemia. Muchas horas de lectura. En la selección no puse sólo qué me parecía mejor, sino qué dialogaba mejor con qué. Horas y horas de traducciones. Pude volver sobre autores y textos conocidos con otra mirada (Balzac, Maupassant, Proust, Joyce, Dylan Thomas, por ejemplo), pero también fui haciendo descubrimientos: Dickens en la playa, o Salvador Benesdra y una Mar del Plata oscura y abismal, relacionada con el despertar adolescente pero también con la dictadura. Llegué a tener textos como para hacer varios libros. Que varias veces cambió de contenido, forma, orden hasta llegar a la versión final.

–Diferenciás el mar de la playa. ¿Cuáles son los elementos principales que los distinguen en lo literario?

–Son espacios materiales y simbólicos diferenciados. Los puertos, por ejemplo, incumben a algo factible de ser nombrado como el sistema del mar: constituyen una incursión al continente de las lógicas oceánicas. Los barcos y los navegantes dominan allí la escena. Las playas no pertenecen al sistema del mar, en todo caso pertenecen a él de manera lateral, como una más entre otras posibilidades. Y con otro signo. Se caracterizan como una zona de inestabilidad, de encuentros, de choques, ambigüedades. Los balnearios son inestables: abigarrados en temporada, desolados fuera de ella, un supuesto paraíso para turistas y un infierno para los trabajadores temporarios y precarizados. Esas características se expresan en novelas, cuentos, poemas, que asumen formas muy variadas. Las narraciones del mar pueden leerse como expresiones de un género diferenciado, con modulaciones y cruces hacia otros géneros, pero a la vez con fronteras determinadas, un similar mundo mítico, una estructura basal inamovible en sus expresiones clásicas, un tipo de conflictos y de personajes rápidamente identificables. Los textos vinculados con las playas se dan dentro de marcos genéricos de lo más variados: policiales, de terror, de ciencia ficción, de amor, comedia, novelas psicológicas, filosóficas y múltiples posibilidades difíciles de encerrar en algún nombre.

–¿Cuál es tu texto literario favorito de la antología y por qué?

–“El bote”, de Stephen Crane Un narrador y periodista estadounidense muerto muy joven, amigo de Conrad, a quien Paul Auster le dedicó una biografía: La llama inmortal de Stephen Crane. Es un cuento que narra las peripecias de un grupo de sobrevivientes de un naufragio. Recorren una costa, exhaustos, heridos en algunos casos, imposibilitados de embicar por el tamaño de las rompientes. Se trata de un gran estudio acerca de los colores del mar y del cielo, de los sonidos del mar, y una especie de experimento psicológico. En él resulta muy notable las distintas formas en que perciben las playas los navegantes —una posibilidad de salvación, pero también un peligro de muerte— y quienes vacacionan en ellas. Funciona como un texto bisagra: los habitantes de la playa, son vistos desde mar adentro. Son mirados cuando miran a esos náufragos sin entenderlos.

–¿Por qué todavía se percibe a la lectura de verano/playa como pasatista o desprovisto de complejidad?

–Esto podría relacionarse con lo que Sebreli llamó “el ocio represivo”. Una instancia más que de autoconocimiento y crítica del propio lugar en el mundo, de recreo tolerado para regresar con más vigor al sistema, para persistir en la alienación. Hay toda una literatura pensada como algo para consumir en la playa. Me parece que hay siempre espacios para una lectura menos dirigida. Yo jamás pude leer en la playa. Pero mi madre leía en la playa a Sara Gallardo, a Lawrence Durrell, a Henry James.

–¿Cuál es el texto literario argentino definitivo sobre la playa?

–Hay muchos textos argentinos vinculados con las playas que releo con placer y donde siempre encuentro algo nuevo. El policial Los que aman odian, escrito entre Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. El policial noir y playero “Cavar un foso”, de Bioy Casares. “La red”, de Silvina. Algunos pasajes de la novela Un día perfecto, de Rodolfo Rabanal. Si debo quedarme con un solo texto, opto por la novela Dudoso Noriega, de Juan Sasturain: un compendio de lo que puede hacerse con la playa. Apropiación pop y camp, costumbrismo, parodia, policial, metaliteratura, literatura política. En Con vista al mar hay un texto que fue originalmente publicado en una contratapa de Página / 12 y luego se integraría en la novela. Una taxonomía de olas dudosas que me hace recordar a las clasificaciones de cetáceos en Moby Dick, muy en serio y muy en joda.

–¿Qué tipo de lectores imaginas para una antología como esta?

–Uno de los escritores antologados –Marcelo Metayer, autor del cuento “Cartas en la arena”– definió a esta antología como un mosaico formado por fragmentos de muy diversos orígenes, formas, tamaños, texturas, colores y materiales que combinados dan lugar a una figura. A una forma del mundo. O de la playa. Espero que haya quienes logren divisar esa figura y quienes sean atraídos por alguno de los fragmentos y a partir de él vayan haciendo su recorrido. Descreo de los libros con instrucciones de uso y aborrezco la literatura algorítmica, más cercana a la publicidad o al conductismo que a la creación artística. Entiendo que este libro, en su diversidad constitutiva, propone diversas formas de vincularse. Y habrá también algunas, ojalá, que ni imagino.

Con vista al mar, de Juan Bautista Duizeide compilador (Adriana Hidalgo).