
Los libros de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) suelen bucear en la memoria, poniendo en relación la experiencia íntima, familiar, con el telón de fondo de la historia. La autora ha comentado que no lo hace por melancolía; tampoco parece atraerle una investigación minuciosa del pasado –en el sentido de ir tras los secretos o una verdad previa–, sino más bien la exploración de un tono, un registro, una música, con la que poder dar cuenta del registro la memoria. Se pregunta, incluso, si se puede –si tienen sentido– hablar de la memoria sin alguna forma de ficción, literatura, ensoñación. Es en esa zona algo difusa pero no menos política que busca, en cada caso, la voz y el ritmo de la narración de la historia que va a contar. Todo esto confluye ahora en Dónde puedo dejarlo (Anagrama).
La escritora y periodista chilena Alejandra Costamagna. Foto: archivo Clarín.Nacida en Chile, pero con lazos profundos de este lado de la cordillera –de donde marcharon sus padres a fines de la década los sesenta–, Costamagna ha escrito sobre desplazamientos, desarraigos y migraciones, por ejemplo, en Dile que no estoy (Seix Barral), Había una vez un pájaro (Cuneta), los cuentos de Imposible salir de la tierra (Años Luz), o El sistema del tacto (Anagrama), novela finalista del premio Herralde de Novela en 2018.
Dónde puedo dejarlo (Anagrama) nos sitúa en 1989, muy a comienzos de la transición democrática chilena, cuando la dictadura de Pinochet aún se siente en las calles, en las asonadas militares, y en los cuerpos.
Tres amigas del liceo, Manuela, Mara, e Isa, están a punto de cumplir la mayoría de edad, cuando Mara, quien viene militando en una agrupación en la clandestinidad, se ausenta de la noche a la mañana, sin previo aviso: necesita huir. Con el paso de los días, las semanas y los meses, Manuela, su gran amiga, advertirá que esa desaparición, para la que no encuentra respuesta o sentido, es un acontecimiento que habrá de marcarla, como el fin de una era, dejando “la vida congelada de un momento a otro”.
Vínculo amistoso y amoroso
¿Cómo narrar ese vínculo amistoso y amoroso, libre y espontáneo, adolescente, sí, pero desbordante y vital, entre Mara y Manu? Toda la arquitectura de esta novela parece necesaria para responder esa pregunta. Pero valga la aclaración: no se trata aquí de un tema previo y una forma de narrarlo, si no de una búsqueda narrativa acorde a esa angustia lindante con el borramiento: la que produce en Manu la desaparición de su amiga, en ese momento particular de sus vidas, y en ese momento del país.
Como un torrente, entonces, sobrevendrán los recuerdos de rituales compartidos, viajes y cumpleaños, pero sobre todo las escenas de la vida cotidiana –ese pitillo de marihuana viejo, esos dedos por la nuca desnuda, las protestas a las que iban de la mano–, ahora sin esa par, sin ese espejo en el que mirarse.
¿Entonces qué hacer con la ausencia, cómo hablar de ese vacío? En una múltiple transición –de los cuerpos, de la vida social y política, de la adolescencia a la madurez–, Manuela queda detenida en una suerte de estado conjetural, en el que reverberan imágenes, recuerdos, frases, risas.
Y aunque ella continuará con su vida –tras la desaparición de Mara, tendrá un trabajo, una casa nueva, un gato y un novio–, eludirá hablar al mundo de lo sucedido. Como si, de pronto, su propia existencia se hubiera bifurcado en dos vidas paralelas: la real y la ensoñada.
En 2023, Costamagna fue invitada a la #16 REM, la residencia de escritores del Museo Malba. Tras unas semanas en Buenos Aires –y visitar algunos de los lugares donde vivió su familia–, sostuvo: “Más que avanzar en la escritura misma, (la residencia fue una oportunidad para) ensayar voces, mover piezas, hacer conexiones con algunas lecturas, sacudir. El borrador está atravesado por el asunto de vivirse en las vidas de otros, de convertirse en otros, y esa fue un poco la experiencia de vivir un mes de prestado y ser una extranjera que toma el papel de local”.
Primeros bocetos
También contó que los primeros bocetos de esta novela los hizo durante la pandemia, aunque por la parálisis de la época, no pudo avanzar mucho más en ese entonces. Algo del clima pandémico y de ese deambular espectral por los sitios de sus ancestros resisten, de algún modo, en la atmósfera de la novela, y en la construcción de este artefacto literario poético y experimental, que desafía al lector.
Así, en la primera parte, la elección de un narrador en segunda persona dice: “Sospechabas que estaba metida en algo pero te hacías la loca, era mejor no saber”; o “Iban a las protestas de la mano, eran apresadas de la mano”; o “Te gustaba enlazarte con ella. Habías leído que la mano era el órgano de la escucha”.
La escritora y periodista chilena Alejandra Costamagna. Foto: archivo Clarín.¿Quién habla? ¿A quién? ¿Desde dónde? La novela alterna fragmentos narrativos, evocaciones del pasado, poesías. También intercala, a modo de entradas de un diccionario, algunos términos que aparecen en la narración. Por ejemplo, dice: “Cafuné. Etimología incierta. Posiblemente del quimbundo kafu’neu. M. Acto de acariciar el cabello de alguien para dar cariño, adormecer o embelesar. O bien para contemplar al otro sin condición ni requisito”.
Estos términos aparecen como altos en el relato, una suerte de guiño o juego. Si la poesía irrumpe a veces, lo poético en general atraviesa todo el libro como un suerte de respiración a borbotones, que “encabrita” el ritmo y el tono de la novela.
En la segunda parte, y en la coda final –de nuevo, el gesto musical–, nuevos narradores toman por asalto el relato. Entre el ensueño y la vigilia, se suspenden las certezas y multiplican las respuestas a los interrogantes abiertos. (Muy cerca del epígrafe de Anne Carson que da lugar al título: “¿Por qué aferrarse a todo eso? Y yo dije ˘¿Dónde puedo dejarlo?”).
Dónde puedo dejarlo puede leerse también como el relato de unas “cabras chicas” –como llaman en Chile a los jóvenes–, tan enérgicas como sujetos históricos de la época, los mismos que habrían de protagonizar las protestas estudiantiles y el Estallido de 2019. En 1989 son aún tiempos analógicos, de máquinas de escribir, de teléfonos públicos, de revelado de fotos, de cartas y postales. Y ese en ese código que habrá que pensar el registro del tiempo, de los intercambios, del habla de las protagonistas.
Al final, Costamagna parece advertirnos, o al menos sugerir, que hay mil formas de volver a casa. Y si un día cualquiera, un hecho cualquiera, puede irrumpir en nuestras vidas causando un quiebre, ese mismo hecho también puede resultar una falla que cristalice lo que hasta entonces habíamos naturalizado. Así, una palabra o una imagen recobrada pueden ser necesarios, y suficientes, para dar un poco de luz y sentido al propio curso de las cosas.
Dónde puedo dejarlo, de Alejandra Costamagna (Anagrama).



