La cola para entrar al auditorio del Malba daba la vuelta a la esquina. La lluvia había cesado y estaba saliendo el sol. Poco a poco, todas las butacas de la sala se fueron ocupando y, cuando Camila Sosa Villada entró al escenario, junto al periodista cultural Bartolomé Armentano, los aplausos no pararon de escucharse. La autora es una de las invitadas locales del Festival Internacional de Literatura (Filba), que acompañan Clarín y revista Ñ como media partners.

La escritora Camila Sosa Villada protagonizó una conversación a sala llena en el Filba, donde habló sobre su nueva novela. Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.

Camila agradeció, se acomodó su vestido por encima de la rodilla, se sentó, cruzó sus piernas y tomó un trago de su copa. Armentano le preguntó qué lugar ocupaba en ella el deseo de innovar con las formas, de tener algo nuevo para decir en su escritura.

“No me preocupa innovar, no soy tan talentosa ni tan inteligente como para hacer esa operación. Lo que sí hago es cerrar los ojos, como apagar todas las luces de una casa, como poner un blackout y salir a la casa a andar y a encontrar cosas que preciso en ese momento con la luz apagada. Eso me resulta mucho más placentero que tener algo planeado de antemano para decir. Innovar no es mi tarea, no sé quién está innovando en la literatura ahora”, dijo Camila, acomodándose sus anteojos oscuros de marco color verde aturquesado.

“Estás terminando El libro de los reproches (Tusquets), ¿cuál fue la imagen que te disparó el comienzo? ¿Tuvo que ver con el concepto psicoanalítico de los diques anímicos?”, preguntó el periodista. Los diques anímicos, explicó la escritora, son aquellos que construís para contener la vergüenza, el asco, el miedo, y se supone que el amor es el único que puede tumbar esos diques.

“Con mi mamá vivíamos solas en Cruz del Eje y habíamos tenido una experiencia muy traumática, que había sido una broma que habían hecho en el pueblo: habían dicho que el dique se había rajado, entonces, en el medio de la noche, toda la gente salió huyendo por miedo a que los alcanzara el agua”.

Ese acontecimiento, recordó Camila, fue el 22 de febrero de 1992. “Corrimos no sé cuántos kilómetros intentando alejarnos del dique sin posibilidad de escapar porque en realidad nos hubiéramos muerto igual. Esa fue una de las imágenes que me apareció. Y la otra fue la idea de escribir sobre amores que no debieran ocurrir nunca. El protagonista de la novela es este nene que está enamorado del fantasma de su mamá”, contó la escritora.

La escritora Camila Sosa Villada protagonizó una conversación a sala llena en el Filba, donde habló sobre su nueva novela. Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.

Armentano quiso saber más sobre el personaje principal del libro, Lili, la mamá de ese niño. “Es dañina como todas las madres y es inolvidable. Los libros son mis compañeros de alcoba. Cuando escribía Las malas era todo una fiesta. Cuando escribí El viaje inútil era una despedida. En La novia de Sandro todo era desconocido, en Soy una tonta por quererte todo era venganza. Y con Lili y el nene que la cuida entré en una especie de sótano al que no había entrado nunca, algo muy triste de habitar, que es donde estaban estos personajes y adonde los tuve que ir a buscar. Hay algo de volver a la madre, de volver a la panza de tu madre, o porque te comió o porque está a punto de darte a luz”, confió Sosa Villada.

Y agregó: “Es muy terrible y muy solitario y no lo podría haber escrito si no hubiera enfermado mi mamá y no hubiera tenido los problemas que empecé a tener cuando empecé a escribir este libro”.

Retórica del reproche

El periodista le preguntó si la retórica del reproche le había habilitado algo que antes no había explorado y la escritora dijo que el reproche tiene un efecto muy melancólico: “Es alguien que se quedó atrapado en un dolor y no pudo pasar la página. Alguien que está mirando hacia atrás todo el tiempo. A la vez, es un sentimiento que goza de mala reputación, como los celos, pero es un afecto muy literario. ¿Y qué otra cosa se le puede hacer a una madre más que reprocharle?”.

CUL / Sosa Villada

Durante la conversación, íntima y pública al mismo tiempo, también hablaron sobre las mujeres que la subyugaron. “Con Marguerite Duras fue preciso. Yo había ido a ver una obra de teatro en Córdoba. Era inmersiva, se entraba y había actores que recitaban libros que habían sido quemados a un grupo de espectadores, y te iban llevando por ahí, y una de las actrices, parada como arriba de un lugar muy peligroso, que era como el borde de una escalera por la que detrás había un vacío enorme, recitaba el último fragmento. En ese momento el tema del spoiler no tenía importancia y ella recitó el final del libro, que es cuando ella deja el teléfono sobre el escritorio y se va llorando y él la escucha llorar en la otra habitación. Y yo dije: «¡Guauuuu!». Entonces, esperé hasta que la chica saliera de actuar y le pregunté de quién era ese libro. Y me dijo: ‘Se llama El amante, de Marguerite Duras’. Al otro día, con las monedas que tenía, me fui a comprar el libro”.

El tema del lenguaje, medular en La traición de mi lengua, fue otro de los grandes ejes de la conversación, así como el de la identidad travesti. “Una va persiguiendo su ser travesti, que es como un deseo. Cuando una dejó de ser pobre, dejó de sobrevivir y de ser viva, que es diferente a ser inteligente, porque es saber hacer y saber vivir, saber hacer una cortina con un trapo, por ejemplo, podría correr hacia atrás pisándole el pelo a la virgen como se decía antes. Me da mucha nostalgia ese pasado, ahora me aterran los haters, por ejemplo, me insulta alguien en Instagram y desinstalo la aplicación porque me aterran”, compartió la escritora.

No tiene que ver con la pérdida del lenguaje, explicó, sino con la pérdida de un saber hacer que ya no está y que sigo buscando constantemente, y esa exploración no la puedo hacer de otra manera más que escribiendo.

“Porque qué voy a hacer, irme a parar a una zona roja de nuevo. No, no tengo edad para eso, ya, ni cuerpo, ni defensas. Tiene que ver con la experiencia, que no es lingüística, es como una ilusión. Vos no tenés una ilusión por una sustancia, sino por un código que interpretás siempre de la misma manera. Bueno, de esta misma forma es el travestismo. Es un código de existencia que va camaleónicamente pareciéndose a algo de lo que está ocurriendo en tu ambiente”.

Desde el pasado de supervivencia al presente como escritora, Camila dijo que no tenía ningún derecho a estar furiosa, pero aclaró: “Bueno, más de lo que puede estar cualquier argentino en este momento, como un jubilado o una jubilada”.

La escritora Camila Sosa Villada protagonizó una conversación a sala llena en el Filba, donde habló sobre su nueva novela. Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.

Y en relación con su carrera como escritora contó que cuando escribió Las malas muchos decían que no lo había escrito ella, sino Juan Forn: “Sigo tratando de demostrarle a esos fantasmas que fui yo quien lo escribió. Sé que no le caigo bien a todo el mundo, pero es porque soy difícil de maltratar. Yo no tengo nada más importante en lo que pensar más que en que la gente no me maltrate”.

Otra de las preguntas de Armentano fue sobre cómo había sido su decisión de no interpretar a Blanche en Un tranvía llamado deseo. La respuesta dejó a la sala en un absoluto silencio: “Tengo un problema con el alcohol y otras sustancias y temía por la oscuridad de Blanche, por lo oscura que era, por lo siniestro que es un personaje que pierde absolutamente todo, que va a pedirle ayuda a su hermana y termina seduciendo a su cuñado. Alguien que, antes de empezar, antes de salir a escena, sabe que cualquier paso que dé la va a conducir a un psiquiátrico. Que la única alternativa a este sistema, a esta sociedad, sea perder la razón es un poco lo que me está pasando en este momento a mí. Estoy tratando de perder la razón porque no sé cómo lidiar con la enfermedad de mis padres y con Milei y con Internet y con el odio ajeno y con mi propia soledad y mi propia incapacidad para amar a un hombre que se ofrece como el pan y yo lo destruyo como a la miga”.

Volverse loca

La escritora contó que en ese momento había leído el libro de Lili Anolik, Didion y Babitz, y le había pegado muy fuerte esa frase de que lo único que se podía hacer fuera terminar volviéndose loca: “Beber de más y meterse cinco gramos en un fin de semana con una botella de whisky japonés, sola, sentada frente a una computadora, mirando absolutamente nada sin poder levantarte a tomar agua, sin poder comer, sin poder pedirle ayuda a tus amigos, sin poder llamar a tus padres para decirles que te estás matando. Entonces dije: ‘Yo no voy a llegar a esa función, no voy a llegar al ensayo, me voy a reventar el fin de semana anterior y la gente va a llegar al teatro y no van a tener a quién ver’. Así, con esas palabras, siendo absolutamente franca, lo hablé con la gente del teatro, con el director, y recibí mensajes diciéndome: ‘No puedo creer que me hayas dejado sin trabajo’”.

El silencio de la sala se transformó en aplausos que fueron como un abrazo colectivo y Armentano le dijo: “Gracias por toda tu sensibilidad, que tiene que ver con el hecho de estar vivos”. La respuesta de Camila lo dijo todo: “Mi vida entera es la literatura”.

La escritora Camila Sosa Villada protagonizó una conversación a sala llena en el Filba, donde habló sobre su nueva novela. Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.

Aunque había prometido que la conversación estaría atravesada por el humor, y en algunos momentos lo estuvo, fue también una continuidad de su lectura del día anterior, cuando compartió, también a sala llena, un fragmento de su próximo libro: “Ver a una madre con el corazón roto es de las cosas más tristes que existen. Una imagen inolvidable, uno no quiere dejarla ir. Olvidarse de la tristeza de tu madre es como romper la última copa que sobrevivió a la torpeza, como la última gota de gin en la botella cuando la noche recién empieza. La fatalidad de tu madre se vuelve insoportable y no ha nacido quien pueda desviarte de su desasosiego. Este acontecimiento, el dolor materno, trastorna la atmósfera de nuestra vida, la vida de los hijos. Deseé su abandono, su renuncia, quise que me dejara y confiara en que yo sabría qué hacer con el regalo de su partida. Las madres son los seres más difíciles de abandonar. Ser hijo es pertenecer a una especie de prisión hecha de huesos. Las madres, por alguna razón, han dejado un habitante en tu corazón, alguien que estará ahí por siempre para recordarte en qué agua fuiste gestado. El habitante que mi mamá dejó en mí me odia”.