

El estreno de La Joya lo encontró de viaje –ahora mismo Martín Hubermann responde a esta entrevista desde un tren que lo lleva de Zurich a Milán–, pero confió. “Es la primera vez que no estoy en un montaje directo. Confié en el festival, que tiene un equipo muy preparado desde hace tiempo, y una estructura curatorial de punta a punta. Con Ernesto Romeo tuvimos empatía directa: a mí me gustaba que esté él, y a él le gustaba que esté yo.” El Festival es MUTEK.AR, la edición local del encuentro insignia de arte digital y tecnología, que es vanguardia en la escena global, que cuenta con el apoyo de Clarín y Revista Ñ. Y La Joya, la instalación lumínica creada junto al Estudio Normal, que fue presentada en el set inaugural de MUTEK.AR, junto al grupo Klauss de Ernesto Romeo. La obra volverá a encenderse el próximo sábado a durante la programación nocturna del club Deseo.
Arquitecto, docente, curador, desde 2008 Martín Huberman viene desarrollando con Estudio Normal una práctica interdisciplinaria en diseño y arquitectura que se propone redefinir la noción de espacio y materia, con un lenguaje propio, e interés de generar un diálogo entre la ciudad y espacio público. La Joya los encuentra en buena forma, girando por el mundo y con equipo consolidado. Quizá por eso se animaron al desafío de Mutek: “El desarrollo de la instalación llevó varios meses de trabajo, y desde hace un mes y medio que venimos produciendo con un ritmo constante de ensayo, prueba, error, ensayo, con muchas iteraciones, hasta que encontramos el módulo, la forma, la lógica del pensamiento”.
Lo que vieron los asistentes al set presentado en el Teatro San Martín fue un primer cierre de esas iteraciones, que Estudio Normal podrá reactivar a futuro. “Nos interesaba usar el festival como un proceso de experimentación. Aprovechar que se presenta en dos contextos diferentes: un teatro, donde la gente está sentada, y con una performance que es súper analógica; y en otro ámbito, una discoteca, en horario nocturno, donde la gente va a bailar. Verla crecer, ver cómo muta la forma al cambiar las configuraciones lumínicas”.
El desarrollo de La Joya es una suerte de spin-off del proyecto-madre Autopartes, una investigación material de carácter escultórico sobre la industria automotriz, que hace foco en la relación de las personas con la escala urbana, a partir de la resignificación de sus componentes. El primer desarrollo que llegaron a concretar fue Capot para el Lollapalooza, 2023, con una narrativa de los usos particulares que damos a los autos estacionados, que remiten a lo cotidiano: “sentarse, apoyarse, comer, quizás mirar las estrellas, intimar o dormir un rato”. En La Joya, el elemento investigado –atesorado– son las ópticas de los automóviles: “Nunca había hecho una obra pensada de luz. Siguiendo la referencia automotriz, nos interesó la idea de que las luces brindan un halo de protección, están diseñadas para iluminar el camino, para que los veas, para dar avisos. Cuando en la ruta, en la oscuridad, te vas haciendo altas, es casi un sistema de comunicación; también las balizas y las luces de guiño, que reconocemos. La idea de La Joya tiene diez años, fue el primer elemento que nos apareció en el universo Autopartes, pero era compleja de desarrollar. Creo que fue el core de Mutek, un espacio para la experimentación, y también un ambiente, el que nos permitió ahora sí concretarla”.
En la performance de la sala Martín Coronado, La Joya flotaba en el escenario, iluminando la sala. Una obra que no se toca, que se aprecia a la distancia, que es parte de una escenografía. “Buscamos que la obra estuviera enfocada a la sala, hacia las personas, alternando desde luces mínimas hasta el encandilamiento que permite una óptica. Me gusta la idea de que al cerrar los ojos sigamos viendo las luces fijadas en la retina.”
¿No hay cierto oxímoron entre las autopartes y la joya? Huberman recuerda que, en la cultura popular, el auto es la joya. “Joya, nunca taxi”, se dice, “cuando un auto va, porque en la industria del auto y de la economía popular el auto es tu joya, el objeto de deseo de la clase media –y si va subiendo el precio, para otras clases, también–.
Huberman recupera toda una narrativa en torno a la idea de urbanidad, que va desde la cultura fierrera, el mecánico, el universo de la Avenida Warnes, hasta el relato que podemos hacer de los autos (propios) que tuvimos. Esa búsqueda estética o artística tiene un correlato con la realidad: “La industria argentina está muy golpeada, antes por ser industria, ahora por ser pymes, o por ser nacional. Las autopartes tienen una microindustria alrededor, un anillo de pymes, que tienen una máquina que inyecta plástico y que produce la óptica. Ir a Warners, y ver todas las ópticas, es como ir a un supermercado creativo. Me encanta que en mi ciudad haya una calle que tenga esa identidad particular”.
En tiempos de virtualidad, la performance del San Martín trazó un puente entre lo material, lo presencial y lo analógico. Siguiendo a Agustín Valle, y su idea de presentificación –“la restitución al presente de su potestad existencial y soberana”–, un set como el del miércoles fue, también, un momento presentificador y aurático, que apela los sentidos. “Es muy analógico… de hecho, casi que se podría hacer intervención chipera con millones de teclas, prende, apaga, loco”, fantaseó Huberman. Dice que en la búsqueda hay, también, un gesto antropomorfizante: “En las trompas de los autos hay casi una noción casi física, humana, que es feroz, la ferocidad”. Del mismo modo como cuando prendés las luces altas, que son incandescentes, producen calor, hay una predisposición. “Porque cuando uno va a los festivales tiene los poros re abiertos. Me gusta la idea que la obra nutra a esos poros: diría que el baile es un gesto creativo, mi cuerpo funciona por un lado y mi mente puede estar ahí. Me interesa sobre todo cómo absorben las personas la obra, cada uno a su modo. Creo haber construido La Joya también para ese momento. Lo voy a saber el sábado, cuando esté ahí, voy a ver si funciona”.



