No es lo mismo un adversario que un enemigo. Un adversario es alguien a quien derrotar. Un enemigo, por otra parte, es alguien a quien destruir. “Con los adversarios, los acuerdos son virtuosos: después de todo, el adversario de hoy puede ser el aliado de mañana. Pero, con los enemigos, alcanzar acuerdos supone una conciliación insatisfactoria. En nuestra época, se está perdiendo la distinción entre unos y otros”, se lee en la apertura de Los cuchillos largos, la última novela del escritor escocés Irvine Welsh, famoso por Trainspotting y autor de otros títulos célebres como Éxtasis, Escoria y Porno.

El escritor Irvine Welsh en 2028. Foto: Silvana Boemo.El escritor Irvine Welsh en 2028. Foto: Silvana Boemo.

Allí entra en escena el inspector Ray Lennox, viejo conocido de los lectores de Welsh, desde su primera aparición en Escoria y, ya como protagonista, en Crimen, novela con la que Welsh inauguró la trilogía policial que prosigue ahora con Los cuchillos largos, su segunda entrega.

Estructurado en el tiempo de un semana, desde el “Día uno”, que cae martes, hasta el “Día siete”, el thriller arranca con alguien en calzoncillos atado a una silla de plástico, con las muñecas y los tobillos blancos por la presión de las ligaduras.

“La piel de gallina; está temblando. Aparte de los calzoncillos a rayas, solo lleva una cosa más: la capucha de cuero marrón que le hemos puesto en la cabeza”, continúa el narrador, a la postre el punto de vista de un secuestrador. Luego se acerca una mujer. “Son las mierdas en las que este capullo tendría que haber pensado antes de arruinarle la vida de los demás”, sigue su verdugo.

La esquiva vida hogareña

“Cómo debe de anhelar él en este momento la vida hogareña y aburrida que nunca llegó a tener porque su firme entrega a la corrupción y al enriquecimiento de los ya adinerados consumía todo su tiempo. Es el capítulo más fascinante de la biografía de un narcisista. El desenlace que en el fondo anhelan, a pesar de los absurdos con los que deciden engañarse”.

Los negocios, la política, los medios de comunicación. La vida de los peces gordos y Ray Lennox que concentra la acción en Edimburgo, alguien capaz de observar cadáveres y de sostenerles la mirada a asesinos y a familiares angustiados que siente vértigo y es incapaz de atravesar un túnel.

Lennox parece un imán para los problemas de la peor clase. Un agente policial, entonces, le trae la noticia de un homicidio. Alguien desnudo, atado, castrado y desangrado. Se dice que es un parlamentario conservador: Ritchie Gulliver. “A lo largo de su vida ha visto unas cuantas escenas de crímenes horrendos, pero el baño de sangre que se esparce por el suelo de cemento formando un estanque oscuro y semicoagulado a los pies de Gulliver la coloca entre las más escalofriantes”, se lee mientras Lennox tiene que agacharse para verle la cara al parlamentario.

La agonía del político ha sido atroz: se fue vaciando de sangre, al tiempo que se ahogaba poco a poco. De lo que Lennox no consigue apartar la vista es de la horrible amputación; siente que un estremecimiento le recorre el cuerpo. Al diputado Gulliver, además, lo conoce de un antiguo altercado.

Se abre la investigación, entran en juego otros compañeros de Lennox en la Unidad de Delitos Graves de Edimburgo –algunos, aliados; otros, rivales– como Bob Toal y Amanda Drummond, “perros viejos que aún le quedan fuerzas para ladrar”.

Circula el humor negro, y a Lennox le cuesta sacudirse su extrema antipatía personal por la víctima, consecuencia de un conflicto que los había enfrentado anteriormente: “Consideraba a Gulliver un provocador intolerante, ostentoso y cínico que intentaba sembrar división a base de racismo y sexismo para ganar impulso político”.

Hay diálogos inquietantes y una tensión política que escala en la Europa intolerante y con el ascenso de los ultraconservadores, a la vez que activistas trans y profesores orientales se camuflan para buscar la integración.

“Necesitamos investigar el pasado de Ritchie Gulliver”, dice Lennox. Y luego, yendo a su núcleo íntimo: “Da la impresión de que la vida de este tío ha sido un monumento al beneficio personal y el interés propio, así que sospecho que no serán pocos los que le guarden algún rencor: socios, rivales políticos, prostitutas, novias, novios, compañeros celosos”.

El detective reúne información y reflexiona sobre su crisis existencial, sale con su prometida, Trudi Lowe, visita a su hermana, y acude a lo de su psicoterapeuta, Sally Hart, y recorre la belleza de los paisajes occidentales en su Alfa Romeo, entre Escocia e Inglaterra. A la vez que piensa en un probable ascenso, recuerda que se metió en el policía para detener a los depredadores sexuales que acechan a los más vulnerables, en concreto, a los niños.

“Capturar a alguien que ha cometido un acto tan abierta e inefablemente maligno y desquiciado contra un hombre corrupto que, al servicio de sus opulentos amos, demonizaba a los miembros más marginales de la sociedad, nunca estuvo en su lista de cosas pendientes”, escribe Welsh sin esquivar, alrededor del crimen, frivolidades, pensamientos sombríos, nuevas pistas, pesquisas forenses y el submundo del poder.

En otro fragmento, el retrato cultural es demoledor: “La política no debería ser aquello en lo que se ha convertido: un pasatiempo para sociópatas aburridos, ricos y narcisistas, inútiles para cualquier otro tipo de ocupación; y no debería estar programada solo para absorber los recursos de la comunidad y meterlos en los bolsillos de sus patrocinadores de las élites”.

Desfilan hombres aburridos en medio de apariencias ocupadas y misiones magnánimas, donde todos esconden algo y buscan ventaja en las relaciones personales, y los fantasmas de viejas adicciones y de un viejo caso sin resolver acechan a Lennox, que sigue con aquella investigación en su tiempo libre.

El caso de un depredador de niñas no ha acabado para él: “Para que los padres de las niñas y las jóvenes desaparecidas puedan pasar página, tiene que encontrar ´las páginas amarillas´, los famosos cuadernos de Mr. Confectioner, los diarios que escondía en distintos puntos y en los que anotaba sus crímenes con detalle. Para conseguirlo, no le queda otra que reanudar sus tratos con el monstruo”. Trudi, su pareja, le sugiere: “La vida es demasiado corta, Ray. Sé amable y no te metas en mierdas que no te tocan”.

Entre victimarios y víctimas

Los delincuentes sexuales de las élites siempre habían estado en su punto de mira. “¿Dónde empezó toda esta locura?”, se pregunta un personaje, entre victimarios y víctimas. Aparecen nuevos casos de agresión anónima.

El escritor Irvine Welsh en 2028. Foto: Silvana Boemo.El escritor Irvine Welsh en 2028. Foto: Silvana Boemo.

“No basta con castrarlos. Es necesario que rindan cuentas por sus crímenes y que comprendan que forman parte de una maquinaria represiva”, es uno de los tantos mensajes que en la trama expanden la Escocia de Irvine Welsh y la mugre que se esconde debajo de la alfombra hasta que sale a la superficie sin piedad, entre trampas y chantajes, venganzas y planes fríos y analíticos, y otros personajes como Christopher Piggot-Wilkins, un pez gordo del Ministerio del Interior, y detectives como el inglés Mark Hollis, y reflexiones que miran a un conjunto más vasto: “Toda actividad delictiva es hasta cierto punto social: una red de amigos y familiares que, o bien favorece abiertamente al delincuente sexual que hay en su seno, o bien, la mayoría de las veces, se niega a reconocer el problema. La política del amiguismo que practican las élites no es más que una extensión tradicional de eso”.

Con el pulso contemporáneo del policial europeo y bajo cambios de puntos de vista que alteran la narración en algunos capítulos –un relato sobre Teherán es otra clave cifrada–, Los cuchillos largos posee el atractivo visual de una serie, en su ritmo temporal y cronológico, en la era del paradigma posdemocrático y la polarización ideológica, y donde el poder y el privilegio parecen intocables.

Allí se suceden las desventuras de Ray Lennox, que arriesga su cuerpo ante amenazas y peligros constantes en una nueva dosis de Irvine Welsh con su sello irónico, incorrecto, ácido y trepidante, donde los ajustes de cuentas y los hombres violentos y ordinarios están a la orden del día como que nada debe descartarse en la bruma de las ofensas, las humillaciones y la corrupción social, una red atravesada por el delito tanto como los escándalos y secretos que se refugian en los rincones más oscuros de la fachada y ejemplar civilidad del viejo continente.

Los cuchillos largos, de Irvine Welsh (Anagrama).