“Le voy a poner una demanda a Wim Wenders”, dice Jacobo Bergareche, y una sonrisa pícara y oportuna se dibuja rápidamente en sus labios, debajo de los lentes que no se quitará y de los rulos que intenta acomodar. La camisa blanca, que aparenta ser fresca y hace frente al calor abrasador, la lavó esa misma mañana y, aún húmeda, se la colocó para la entrevista. “Ya está seca”, se jacta del sol de enero en Buenos Aires. Perfect Days se estrenó después de que se editara su novela Los días perfectos(publicada en 2021 y reeditada en Argentina por Libros del Asteroide en 2025); además, el protagonista lee también Las palmeras salvajes, de William Faulkner.

El escritor Jacobo Bergareche, nacido en Londres y residente en España, comparte su pasipón por en Buenos Aires. Foto Maxi Failla.

Buenos Aires lo vuelve loco, y la confesión incluye la razón por la que aceptó que Daniel Veronese llevase al teatro Los días perfectos, su libro homónimo, que llegó al escenario del Teatro Cervantes –tras su paso por España, Rosario y Córdoba– con un imponente Leonardo Sbaraglia. “Fue Julieta Novarro, la hija de Chico, la que me llamó. A lo que le respondí: ‘Si me lleváis al estreno en Argentina, haced lo que queráis’”.

–¿Dispuesto a entregar tu obra?

–Me ofrecieron adaptarla varias veces, pero… De hecho, para que veas mi historia de amor con Argentina –no sé si es una condena o no–, yo adapté Los simuladores. Me llegaron los guiones de Damián Szifrón y me tocó adaptarlos para España. Tengo amigos que son de por aquí, así que no fue difícil aceptar. Veronese vino a casa y me explicó lo que quería hacer.

Como buen guionista, Jacobo está acostumbrado a entregar su trabajo y a que le echen mano. “Nadie se siente dueño en exclusiva de lo escrito –reconoce el hombre que nació en Londres en 1976, es español y vivió en Estados Unidos, Colombia y Chile–. Le pedí referencias a Pablo Messiez, otro dramaturgo argentino que trabaja en Madrid, y me aseguró: ‘El tío es muy bueno’. Así que lo mejor que podía hacer era correrme, porque no hay nada peor que tener a un autor ansioso y angustiado intentando controlar el proceso”.

La novela comienza con la carta de Luis a Camila, la arquitecta, la amante; en cambio, en la obra, Veronese utiliza la segunda de las dos cartas, la que le escribe a Paula, su mujer, para centrar el texto en una reflexión sobre el matrimonio, el deseo y el tedio.

“Leo estuvo en casa y empezó a recitar como si fuera este periodista enamorado de las cartas que el escritor Faulkner le escribió a su amante, Meta Carpenter –cuenta Bergareche, periodista, productor y guionista, que comenzó a escribir literatura pasados los cuarenta años, tras fracasar en su intento de volverse rico como empresario–. Yo escribo frases muy largas, párrafos larguísimos, y él consiguió darles oralidad, como si fuese natural. Eso me sorprendió. Luego, cuando lo ves en el escenario, de verdad te lo crees: Leo es Luis. Entonces, a mí me da igual que sea español de Santander o un argentino porteño”.

–El estreno de Los días perfectos fue en España. ¿Qué te pasó ahí como escritor al ver el texto cobrar vida?

–Lo sorprendente para un autor es que nosotros, los escritores, no vemos la reacción del público en tiempo real. La gente lee en su propia soledad; es un arte muy asíncrono. Entonces es muy interesante ver a la gente reaccionar. Los oigo reír donde yo quise que se rieran y los oigo sufrir donde yo quería que sufrieran. Veo el fruto de mi manipulación en la gente y lo disfruto cruelmente.

Vivió un tiempo en Austin, Texas, la ciudad donde se encuentra el Harry Ransom Center, un centro de investigación en humanidades, clave en la historia y disparador para que escribiera Los días perfectos.

Es probablemente el archivo literario más grande del mundo: tiene dos Biblias originales de Gutenberg, algunos first folios de Shakespeare, todo Gabriel García Márquez, libros raros; está Joyce, está Faulkner, está Beckett, todo en medio de Texas. Fue un cliente quien me lo enseñó. Por ese entonces estaba tratando de convencer a mi mujer de que se viniera a vivir a Austin. ‘¿Cómo vamos a ir a vivir a Texas? ¿Solo hay biblias y pistolas?’, me decía. Y yo le respondía: ‘También hay cultura’. Todo lo que quieras investigar está allí. Me ofrecieron ser consejero del centro”.

Di con las cartas que Faulkner le dedicó a Meta Carpenter, su amante. Treinta años de una relación: Faulkner era extraordinariamente fiel en su infidelidad.

Jacobo Bergareche

–¿Cuál fue la razón por la que te eligieron?

–Por ningún otro mérito que el de ir. Yo era la única persona que se presentaba entusiasta todas las tardes. Así empezaron a conocerme y me lo propusieron. Obviamente acepté y pregunté cuánto me iban a pagar. “No, no, eres tú el que tiene que pagar. Para ser consejero, mínimo son 5.000 dólares al año, pero hay gente que paga hasta un millón”. Yo estaba en la ruina –acababa de cerrar mi empresa de diseño de aplicaciones móviles–, en la ruina más absoluta. Solo tenía 3.000 dólares y tenía que pagar 5.000. Le pedí un crédito a mi hermano y me convertí en asesor del Harry Ransom Center. Mi mujer me dijo: “Tú eres imbécil completamente”. En ese momento le aseguré que iba a encontrar algo en el archivo que me ayudara a recuperar todo el dinero. Durante tres años estuve en la búsqueda hasta que di con las cartas que Faulkner le dedicó a Meta Carpenter, su amante. Treinta años de una relación: Faulkner era extraordinariamente fiel en su infidelidad y, durante todos esos años, le escribió. Es muy interesante porque uno ve toda la curva de lo que es el amor.

La edición de Los días perfectos, publicada por Libros del Asteroide, incluye la reproducción de algunas de esas misivas y dibujos de Faulkner, el mismo material que se comparte en escena durante la obra. “Como consejero pensé que no iba a tener problemas en conseguir el material, pero debía hablar con la familia de Faulkner para reproducirlo”.

–¿Te llevó mucho tiempo convencerlos?

–Un año. La familia no quería ese tipo de publicidad mientras su hija Jill estuviera viva.

El escritor Jacobo Bergareche, nacido en Londres y residente en España, en Buenos Aires. Foto Maxi Failla.

–Recién hacías mención a la película de Wenders y el contrapunto es interesante: los protagonistas buscan el ‘día perfecto’ de maneras diferentes.

–Luis busca la excepción, el día que se sale de la rutina, el día de oro. En cambio, en la película, el protagonista no busca eso en absoluto: es la ritualización de lo cotidiano. Busca asombro en lo cotidiano. En la novela hay una mirada sobre el desgaste, el paso del tiempo, la predictibilidad de las relaciones. Nos irrita que podamos ser de otra manera y buscamos hacer algo distinto con la emoción de intentar recuperar algo de esa pasión perdida.

–¿Tu personaje se rebela contra la nostalgia?

–Intenta recuperar la luz de esos días pasados para alumbrar el futuro. No busca en el pasado una fórmula para volver atrás; no mira lo que no se puede recuperar. Creo que la derrota en la vida es no usar el pasado para iluminar el futuro. Albert Camus decía: “En medio del invierno descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible”. Eso lo tienes dentro de ti: úsalo para dar calor en el frío.

–En tu novela incluís una frase de Faulkner, de Las palmeras salvajes: “Entre la pena y la nada, me quedo con la pena”.

–Eso está muy presente en mí.

El 12 de octubre de 2012, Roque Bergareche, hermano de Jacobo, fue asesinado en Luanda, Angola, durante un intento de robo. Tenía 29 años. El dolor y el tránsito del duelo lo llevaron a escribir el ensayo autobiográfico Estaciones de regreso (Círculo de Tiza, 2019).

“Estoy terminando un libro nuevo –anticipa el nieto de Luis Bergareche, autor del primer gol del Athletic en la Liga, y de Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid entre 1985 y 1995–. Me quedan solo cinco páginas, pero Buenos Aires me distrae demasiado. Es un libro sobre el duelo y la migración, un viaje real que hice con Amadou Dialo, un joven de Guinea que se fue de su casa cuando todavía no había cumplido los trece años. Dos amigos murieron en el camino. Fue un viaje terrible hasta llegar a España”.

–¿Cómo lo conociste?

–En un torneo de mus, que es como el truco, pero mucho mejor. Todos los años organizo un torneo para conmemorar a mi hermano: él era quien lo organizaba. Amadou, asistente de cocina –su voz puede escucharse en el pódcast Amistad, derivado del libro que publicó junto a Mariano Sigman–, me contó su historia. Después de ver en un video en la escuela cómo vivían los blancos en Occidente, decidió, junto a cinco amigos, partir desde Conakry –la capital de Guinea– hacia Europa. Atravesaron el desierto del Sahara y luego el mar para llegar. Él hizo el viaje contrario al de mi hermano. Algunos de sus amigos murieron y otros fueron arrestados en el camino. Llegó a España en busca de un futuro mejor. Así que volvimos a su casa, en medio de Guinea, y rehicimos un poco ese viaje los dos juntos, hablando de la vida. Es una crónica de ese recorrido, donde hablo de migración y de duelo.

El escritor Jacobo Bergareche, nacido en Londres y residente en España, en Buenos Aires. Foto Maxi Failla.

–En España y en buena parte del mundo hay un gran debate sobre la migración.

–Sí, un debate brutal, sobre todo con la inmigración de menores, que es la que están utilizando los partidos neofascistas españoles y europeos para justificar políticas terribles. Lo que traté de hacer es un retrato muy humano de un chico de África y, al mismo tiempo, contar la historia de mi hermano. Yo tengo una herida que tiene que ver con África y está también la exploración por el arte, la fascinación por las máscaras.

–En este sentido, pensando en el arte, tus obras están atravesadas por la música.

–Con mi hermano teníamos una obsesión con África. A finales de 1988 apareció un disco de fusión que se llamaba Songhai, una colaboración entre Ketama –el grupo madrileño– y Toumani Diabaté –el músico maliense fallecido en 2024–. Nos volvimos locos porque era algo nuevo, nos reventó la cabeza. Queríamos ir ahí, escuchar música africana, descubrirla.

Frente a su casa, en una calle del barrio de Chamartín, en Madrid, se mudó el neurocientífico Mariano Sigman. Los dos estaban desocupados por ese entonces, se hicieron amigos y, a cuatro manos, escribieron Amistad. Un ensayo compartido (Debate / Libros del Asteroide). A Tute, el dibujante, lo conoció en una de esas noches con las que uno sueña toda la vida: su primera noche en Buenos Aires.

“Hasta los 49 años no me he sentido lo suficientemente preparado para lo que sabía que se me vendría encima en esa ciudad que conozco por las descripciones de los peores de mis amigos, los tangos, las películas, los libros, las canciones del rock porteño”, escribió en su cuenta de Instagram.

–¿Recordás muy bien esa noche?

–Sí, cómo no hacerlo. Fue la noche del 30 de abril de 2025. Con Pedro Mairal, a quien había conocido caminando por Madrid, de asombrosa casualidad, fuimos a un sitio de tangos que me recomendó el guitarrista Lisandro Silva Echevarría, un gran amigo mío. De ahí, y por esas cosas mágicas, terminamos en la casa de Jaime Torres, el charanguista ya fallecido. Nos recibió su viuda. Había un pequeño escenario en el patio y otro en la cocina. Allí estaban Max Aguirre, Lidia Borda, Horacio Altuna, Valeria Lois, Tute y Pilar, su mujer, que es una bailarina increíble. Todos cantando y bailando hasta las seis de la mañana. Por eso digo que Buenos Aires me ha matado de amor. Y esta noche vuelvo a esa casa. La viuda de Jaime me escribió: “Jacobo, he visto que estás en Buenos Aires, te vamos a hacer una fiesta de milonga tanguera en la cocina”. Por eso estoy tan emocionado. En la cuenta de Instagram de Tute hay registro de esa noche mágica “jacobina”, como la llamó.

Como Luis, en Los días perfectos, Jacobo parece hacerse eco de Peter Handke cuando dice que “ya solo podemos aspirar a tener un buen día, un día logrado entre tantos días inútiles y olvidables”. Para él, la noche de Buenos Aires tiene esa felicidad casi perfecta.

Jacobo Bergareche básico

  • Nació en Londres, en 1976 y compagina la escritura con su trabajo como productor audiovisual. Además, colabora regularmente en diversos medios.
  • Es autor del poemario Playas (2004), la obra de teatro Coma (2015), la colección de libros infantiles Aventuras en Bodytown (2017), los ensayos Estaciones de regreso (2019) y Amistad (coescrito con Mariano Sigman; Debate/Libros del Asteroide, 2025), y las novelas Los días perfectos (Libros del Asteroide, 2021) y Las despedidas (Libros del Asteroide, 2023).

Los días perfectos, de Jacobo Bergareche (Libros del Asteroide).