El terror es una experiencia personal, pero esta está educada a partir de a qué horrores estamos expuestos. A menudo, esta formación viene de lo que está más accesible, los estrenos comerciales, y estos pueden estar viciados de determinadas tendencias o fórmulas que acaban amoldando expectativas y descolocan cuando una obra intenta moverse con otro ritmo.
El cine de género mainstream actual nos ha acostumbrado a cierta montaña rusa con sus sustos, a tener ciertos tramos dramáticos luego interrumpidos por una secuencia escalofriante (que suele involucrar jumpscare, y a menudo jugando con mostrarte primero que no hay nada para luego saltarte con algo). Con este panorama, puede creerse que el ritmo a seguir tiene que ir por ahí, en lugar de un medido crescendo como exhibe ‘La casa del diablo’.
Una cosa conduce a la otra
Antes de consolidarse como un maestro del terror con su reciente trilogía con Mia Goth y A24, a Ti West ya le pudimos disfrutar exhibiendo talento, inventiva y conocimiento del género en una de las mejores películas de miedo del siglo XXI. Una exhibición de construcción meticulosa que protagoniza Jocelin Donahue y en la que también hay apariciones especiales de Tom Noonan y Greta Gerwig.
Samantha Hughes no puede seguir viviendo en la residencia universitaria con su desagradable compañera, así que busca una casa nueva que podría ser ideal. Pero tiene que conseguir rápido el dinero para poder pagar al alquiler, lo que le lleva a aceptar un trabajo rápido como niñera que tiene todo tipo de señales preocupantes. Sin darse cuenta, se ha metido en la boca del lobo.
West no decide empezar la película estableciendo cuál va a ser el elemento de terror que va a vivir su protagonista. Durante largo tiempo, lo que pasamos es viendo su situación financiera y sus problemas de vivienda que le empujan posteriormente al problema. Se toma su tiempo para desarrollarlo, pero sin engañar, aquí has venido a ver algo que se llama ‘La casa del diablo’.
‘La casa del diablo’: manejando la construcción
La película no es que evoque a la construcción pausada de muchos terrores de finales de los setenta u ochenta, es que parece casi salida de una cápsula del tiempo enterrada en esa época y desvelada en este siglo. Sus dejes más contemporáneos están en ciertos trucos de montaje realizado por el propio West, que deja claro qué algo va a pasar pero deja siempre la intriga de cuándo va a explotar la olla que se está cocinando y por dónde.
En el camino hay un estupendo ejercicio de atmósfera casi atemporal y una secuencia de baile completamente icónica que juega de nuevo con la posibilidad de que se desate el horror. West va completamente a contracorriente, casi como desafío a la paciencia del espectador, pero su manera de engatusarlo es también una manera de jugar con sus expectativas e incluso educarlo de cara a no pensar en estímulos fáciles.
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