Hay autoras y hay protagonistas femeninas. Hay bestsellers y ediciones de pocos ejemplares. Hay, incluso, un boom femenino en la literatura hispanoamericana, aunque el editor Juan Casamayor, creador de Páginas de Espuma, le dijo a Clarín que ese fenómeno es, sobre todo, de lectoras y no de escritoras. Y sin embargo, aunque incluso las mujeres representan alrededor del 60% de la fuerza laboral del mundo del libro a nivel global, al momento de publicar, ellas son autoras del 38% de los libros, frente a cerca del 62% de autores varones, según un análisis de registros de ISBN titulado “Participación profesional de la mujer en la industria del libro (América Latina, España y referencias a Europa)”.

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes. Foto: archivo Clarín.

Además de ser las que más trabajan para producir libros y las que menos publican, son las que más compran: alrededor del 60% de los lectores de libros en la Argentina son mujeres, según el mismo relevamiento, que además agrega que 6 de cada 10 compradores o consumidores de libros suelen ser mujeres, ya que quienes más leen son también quienes más compran libros.

Por último, en espacios ligados a la lectura —como bibliotecas populares— la presencia femenina es aún mayor: cerca del 70-73% de quienes participan son mujeres. Un mundo lleno de mujeres, pero protagonizado mayoritariamente por varones.

En el Día de la Mujer, queda aquí un recorrido por los últimos cinco libros que pasaron por la mesa de trabajo. Una mujer que nunca volvió a casa, una mujer en la cárcel, una mujer anciana que recuerda, una joven violentada silenciosamente, la hija de una desaparecida. ¿Qué ve cuando nos ve la literatura? ¿Qué contamos cuando escribimos?

Una casa sola, de Selva Almada (Random House)

Cuando la Lorena lo conoció a Lucero, ella era poco más que una adolescente y él un hombre hecho y derecho. Ahí nomás ella se fue a vivir con él a la casa que el patrón le había prestado en el medio del monte. La Lorena se fue quedando y juntos fueron haciendo de esas cuatro paredes un hogar. Lo recuerda en la novela de Selva Almada la propia casa, ahora que ellos dos y sus cuatro chicos desaparecieron. La Lorena no es la protagonista de Una casa sola ni tampoco la única mujer que entra y sale de la trama. También está su madre, que la busca sin descanso. Y la Gringa, una blanca que quedó embarazada de un indio. Y la casa, que narra, que cuenta que la mujer del peón tiene que cuidar de la mujer del patrón cuando se enferma, que ser mujer puede ser peligroso, pero que también suele ser de mujeres corajudas que están hechos los pequeños momentos de justicia.

Una casa sola, de Selva Almada (Random House). Foto: gentileza.

Tocan a muerto, de Laura Vivar (Blatt & Ríos)

Milagros, la nieta, quiere saber. Por eso, le tira de la lengua a la abuela Milagros. Hay un secreto en esa familia y la única que lo conoce es esa mujer vieja que recuerda. “Tampoco hay mucho que contar, qué quieres que te cuente. Nada. En los pueblos era todo lo mismo, hija, en la ciudad sería otra cosa, pero en los pueblos qué, pues deslomarse a trabajar y a Dios gracias si tenías un cuscurro de pan para echarte en la boca”, le dice en las primeras líneas de Tocan a muerto, de Laura Vivar. Pero sí que había mucho que contar sobre ese pueblo. Por ejemplo, la historia de Inocenta Notario, esa mujer que vivía en el monte y que enseñaba a las vecinas a no quedar embarazadas. O la de la tía Isidra, a la que el marido golpeaba día sí y día también, moliéndola a palos mientras ella mandaba cartas a la familia: “decían por aquí muy bien, a Dios gracias, y que cuatro letras nada más y que muchos recuerdos. Esas eran todas las noticias”. O la de la prima segunda Ventura, a la que se le murió el padre en la víspera de la boda y se casó de negro por el luto. O la de las mujeres represaliadas, peladas, purgadas y arrastradas de los pelos por rojas o por putas. Hay muchas mujeres en la novela, pero felices, lo que se dice felices, no hay casi ninguna.

Tocan a muerto, de Laura Vivar (Blatt & Ríos). Foto: gentileza.

Solo quería bailar, de Greta García (Tránsito)

Como muchas chicas, Pili quería ser bailarina. No solo lo quería, como se sueña a lo grande, sino que le puso a ese anhelo cuerpo y sangre. Sobre todo sangre. Pasó años en la escuela de ballet, dale que dale a las zapatillas de punta. Talento tenía, el básico, poco, honestamente, pero la chica persistía con un compromiso obsesivo, irredento. Las otras, las que tenían las mismas condiciones que ella, iban abandonando. Lo que suele suceder, pero Pili no, Pili aguantaba y seguía. Ella solo quería bailar, como el título de la novela de Greta García. Pero, ¿cuánta frustración es capaz de soportar una mujer? ¿Cuánto destrato? Pili narra desde la cárcel. No es claro por qué llegó hasta ahí, aunque debe haber sido grave. Porque los sueños, cuando son más ambiciosos, también son más caros de pagar, especialmente para la hija de un obrero y de una ama de casa, que vive en la periferia y a la que le dijeron que si te esforzás, lo conseguís.

Hubo una vez un patio, de Ana Julia y Martín Bonetto (Planeta)

Ana Julia tenía dos meses cuando una patota de militares tiró abajo la puerta de su casa en febrero de 1977, secuestró a sus padres, Anna y Roberto, robó todo lo que encontró delante y le pidió a un matrimonio de vecinos que se ocuparan de ella y de su hermano, Martín, de quince meses. Nunca más los volvió a ver. Casi medio siglo más tarde, Ana Julia y Martín, que es fotógrafo de Clarín, reconstruyen la presencia de esos padres con los que casi no convivieron. ¿Quiénes eran? ¿Cómo eran? ¿Qué querían? ¿Hay algo de ellos en sus hijos? El resultado es Hubo una vez un patio, un libro en el que dialogan las fotografías familiares con los poemas de Anna, los recuerdos de amigos y hermanos, los testimonios ante la Justicia con un informe del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) y muchas anécdotas amorosas de esas dos vidas jóvenes e idealistas, de su militancia, del amor, la fe en un mundo más humano y de la más terrorífica de las ausencias. Dos hijos que siguen esperando respuestas.

Hubo una vez un patio, de Ana Julia y Martín Bonetto (Planeta). Foto: gentileza.

Comerás flores, de Lucía Solla Sobral (Libros del Asteroide)

Lo más inquietante de la primera novela de la gallega Lucía Solla Sobral, esa de la que habla toda España, es lo que no se ve. Marina tiene veintiséis años, acaba de terminar la carrera de grado y su padre ha muerto, cuando conoce a Jaime, un hombre de 45 años del que se enamora. Él es un adulto consolidado en su vida profesional que no quiere perder el tiempo: se quieren, se van a vivir a su casa (que es tan hermosa), él la colma de atenciones y cuidados. Una historia hermosa. Justo eso es lo que ve quien lee. Justo eso es lo que no hay. ¿Cómo empieza la violencia? ¿En qué momento preciso? Si no hay golpes, ni amenazas, ni moretones, ¿dónde, exactamente, nace el maltrato? Todas las señales están a la vista, solo que (como lectores y como sociedad) todavía no estamos preparados para verlas. Comerás flores es un libro angustiante en el que nada parece suceder… hasta que sucede.

Comerás flores, de Lucía Solla Sobral (Libros del Asteroide). Foto: gentileza.