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“El arte se me volvió un microplástico”, admite Fernanda Laguna y deja pensando. Como una presencia ineludible, su original producción creativa ocupa ahora dos salas del Malba con Mi corazón es un imán, una revisión exhaustiva curada por Miguel López, que cautiva y desconcierta. Son más de 200 piezas, entre pinturas, dibujos, collages, esculturas, instalaciones y videos que se despliegan en una coproducción con el Museo Reina Sofía de Madrid, donde se verá en 2027. La obra convive con materiales de archivo de su trabajo como gestora, escritora y editora, además de su propia vida. Como un microplástico, el arte lo inunda todo.

Es una de las figuras más influyentes del arte argentino de las últimas décadas. Y dentro del museo, Laguna y su curador designaron distintos sectores para proyectos de distintas épocas. Hay fotos de Belleza y Felicidad, el espacio de arte que fundó en 1999 junto a Cecilia Pavón tomadas por la artista Cecilia Szalkowicz. El living con muebles de jardín que permaneció en el local de Almagro hasta su cierre en 2007 ocupa el centro. Al lado de un móvil hecho de ramas cuelgan los ejemplares de Ediciones ByF, con poesía en fotocopias que se vendían dentro de una bolsa transparente con un objeto de obsequio. “Me encanta vender cosas”, dice en un pasaje de la entrevista, realizada durante el montaje.

Álbum de los 90. Imágenes de los eventos en Belleza y Felicidad, por Cecilia Szalkowicz.

Su rol activo en la ola feminista de 2015 y el colectivo Ni una Menos se revela a través de banderas y registro de las marchas realizados junto a muchas artistas y fotógrafas. Un sector importante está dedicado a Belleza y Felicidad Fiorito, su proyecto de arte relacional que le cambia la vida a una comunidad de mujeres en la tierra natal de Maradona. La muestra, insiste Laguna y cada pieza gráfica, está dedicada a los espacios y editoriales independientes.

Más allá pinturas, con “autoafirmaciones muy extremas para levantarme el ánimo”, una vitrina con objetos, cuadros de formas negras –los más vinculados al surrealismo y presentes en varias colecciones importantes–, pinturas enmarcadas en mimbre, dibujos que cumplen la función de diarios íntimos, videos y un sector de artesanías, su última producción.

Artesanías. La última producción de Fernanda Laguna.

“Son objetos fuera del mercado, que no pueden ser vendidos. Ingresaron sin seguro porque para eso tendrían que tener un precio, y pueden ser regalos o robarlos”, describe Laguna. Botellas con cerámica, maples de huevo, fotos sacadas de internet enmarcadas en cartón, tapices, un cementerio de insectos muertos enterrados. “A veces el precio influye en la visión que uno tiene de las obras. Si decís que vale 10 mil dólares, le sumás atributos que lo alejan de la ternura, pierden gracia”, reflexiona.

-¿Cómo llegaste a esa conclusión?

-Es una reflexión mía acerca del mercado del arte, y del arte. Todo viene de una visión que tuve, que detrás del arte había algo más espectacular, más increíble que el arte. Como a nivel de lo que sentía como experiencia. Me puse a investigar y me di cuenta que el mercado del arte es una cárcel. Para liberarme tenía que experimentar con alejarme de eso en la medida que pudiera. Y últimamente estoy haciendo más que nada artesanías.

La sala del subsuelo muestra su trabajo con los colectivos feministas en los últimos años.

-En la exposición, un video está dedicado a los diferentes espacios que creaste. ¿Qué creés vos que los une a todos?

-Cuando tuve a mi hijo tenía ganas de llorar y para no llorar delante de mi hijo abrí un local. El local como espacio de otra vida, una vida artística. Los locales para mí siempre tuvieron algo de living, para ir a sentarse. En mi casa tengo la sensación de estar en ojotas y con la escoba, y cuando voy al local estoy transmutada en otra identidad. Tenemos muchas identidades, algo que siempre se vio como negativo. Al revés, es muy positivo ir cambiando de identidad.

-¿Alguno de estos locales tuvo alguna característica particular?

-Tu rito fue como too much, muy extremo: pasaba de todo. Como no tenía puerta, la gente podía entrar cuando quería y lo usaban de comedor al mediodía. Era en el Patio del Liceo, en la calle Santa Fe. Teníamos que pensar cómo montar algo que sea propio pero no desde los objetos, o con cosas que no nos importara. Esa era la estética: no me importa que lo roben. Entonces no era demasiado lindo pero nos representaba, tenía cierta belleza.

Sala dedicada al proyecto Belleza y Felicidad Fiorito. (Foto: Matias Martin Campaya)

-¿Y de Belleza y Felicidad qué eventos recordás?

-Belleza marcó algo de lo popular. Hicimos muestras de gente que vivía en la calle o que vendía sus cosas en la calle, como que tenía mucha relación con el contexto. Los artistas del barrio expusieron en el baño… Lo importante no era que nos gustaran las cosas, sino que nos moviera. A veces el gusto es una cárcel, porque estás atada a lo que te gusta. Hacer cosas que no te gustan también te mueve hacia otras tensiones fuera de vos. Lo que no te gusta es lo que está fuera de uno también.

-¿Nos das un ejemplo?

-Una vez con Mariela Scafati organizamos una muestra en la que quemamos los cuadros para un exorcismo, con muchos artistas quemando cuadros en la esquina y con las cenizas hicimos en unas cajitas que eran muestras colectivas. Era probar… Otra vez rematamos una obra en vivo: la obra se iba haciendo y la gente iba ofertando a medida que veía cómo avanzaba. Eran 20 artistas en escena, en ronda modelando, y los coleccionistas alrededor… Se llenó de gente.

-Ese es el espíritu de esta exposición, lo colectivo.

-Cuando esto se llene de gente en la inauguración recién voy a decir «Está terminada la muestra». Sin gente no es una muestra. Lo que se vivió en los locales es algo totalmente social. Soy fanática de los grupos de arte. Con Belleza y felicidad Fiorito somos un colectivo y a veces nos matamos, pero cuando se empieza a solucionar es wow. Cuando en un colectivo se solucionan las cosas te das cuenta de que tenés que mover un poco algo de vos para poder entender al otro. Entender a los demás es hermoso.

La serie de los mimbres. Pinturas que estuvieron en la feria ARCOmadrid.

-Aquí en el auditorio del Malba sucedió el famoso debate Rosa Light / Rosa Luxemburgo, en el que ante la crisis social y política Belleza y Felicidad había quedado del lado de la superficialidad. No había mucho entendimiento. ¿Cómo leés hoy ese episodio?

-Tuvo que venir Suely Rolnik a hablar de micropolíticas para entender qué era lo que estábamos haciendo. Tener una editorial en fotocopias en 1998 y publicar textos queer era súper político, por popularizar la edición y generar espacios de colectividad, de encuentro. En una sociedad que ahora vemos que se busca mucho el aislamiento, y tenemos un presidente que dice que lo colectivo es un horror, te das cuenta de que cuando hacíamos algo colectivo en los 2000 estábamos haciendo política.

-¿Te sentiste reivindicada?

-Fui entendiendo un montón de cosas. En ese momento yo me sentía bien con lo que hacía, pero me costaba responderles a otros. Crecer me hace poder defender a la que fui. El Rojas era súper político enfrentándose al arte profesional y fue la puerta de entrada de un montón de artistas que provenían de otros estratos sociales. Lo cambió todo.

-Creo que también los contenidos eran políticos. La fluidez de género que parece un descubrimiento reciente, la reivindicación del deseo dentro del discurso feminista, eran pilares de esta comunidad.

-Lo queer no existía y estaba mal visto desear algo. Y pienso en lo blando como identidad. Lo blando en el sentido de lo flexible, que no se quiebra. Teníamos lo blando frente a lo estructural tanto desde lo formal como los museos a los grupos políticos. Ahora se entiende todo de otra manera, que uno puede ir y venir de un lado al otro.

Obra abstracta. Arriba, "La belleza 2013 (La fiesta), 2013", es parte de la Colección Malba. (Foto: Matias Martin Campaya).

-¿Cómo te explicás ahora este desconcierto que generó siempre tu obra, incluso hacia adentro del mundo del arte?

-Sí, ahora me pasa que hay más gente que me entiende. Antes pasaba que como tenía Belleza y Felicidad además de mis cuadros nadie miraba lo mío. Me pasó en una muestra que hice en el Rojas con obras de los 2000 y un artista después de muchos años me dijo: «Yo entré y me quedé indignado». Es como querer jugar con el mundo del arte y no tomármelo en serio. No me la creo pero porque sería una catástrofe. Para mí misma, sería algo muy malo. Me parece sano que la gente no se crea el reconocimiento que te dan, aunque está bueno que te reconozcan, es lindo, pero de ahí a pensar que un museo es más importante que un espacio alternativo, no sé. Para mí es un flash igual todo esto que vivo acá. La joya es tomar el museo.

-Ahora, con una muestra para un público más amplio, dijiste que buscabas que las obras en el museo se vieran frágiles. ¿Cómo se hace?

-Algunas cosas están milimétricamente medidas, pero lo levemente corrido es muy importante. Creo que un museo no es lo mismo que un espacio alternativo, no sé si se puede, o si yo puedo mantener cierta gracia. Bueno, la ternura es algo que me han dicho que tengo. Yo peco de ternura. A veces siento que soy como un chorro de dulce leche. Es que todo lo mío tiene algo de ternura, pero también de bardo, como esas obras con papel higiénico. Llevar al mundo del arte materiales así… Siempre digo que como pintora soy una ama de casa que pinta. Ordeno los objetos como si estuviera ordenando las cosas en una alacena. Tengo una lógica muy doméstica.

Fernanda Laguna en Malba. (Foto: Ariel Grinberg).

-La estética y ese modelo de espacio alternativo se expandieron en generaciones posteriores, como una posibilidad real de hacer una carrera en el arte.

-Sí, total. Para mí ser artista es tener un espacio de amor. Para mí la potencia está en buscarse un espacio y gestionarlo, sin que nadie que te lo habilite. Antes autopublicarse era un quemo, ahora es lo más común y es genial. En los los 90 la belleza era kitsch y la poesía era cursi. Después en los 2000 la poesía fue rock. Y la belleza se transformó, pero había una especie de marginalidad sobre las cosas.

¿Y qué sigue ahora? ¿Cómo mantenés la motivación?

-El arte se me volvió un microplástico. Vamos a un campito los fines de semana y hago videos con cuadros, los tiro por ahí y los voy encontrando como si fueran cadáveres. Me divierto poniéndolos a actuar. También unas chicas divinas me invitaron a España y sigo en Fiorito. A mí me gusta todo el proceso de una obra colectiva, desde sacar la basura con los acrílicos viejos hasta pintar un cuadro. Me gusta hacerlo.

Fernanda Laguna básico

  • Es artista visual, escritora, curadora y docente. En 1999 creó el espacio de arte y editorial Belleza y Felicidad junto a la también escritora Cecilia Pavón, abierto hasta 2007. En 2003 abrió una sucursal de la misma galería en Villa Fiorito. Forma parte del colectivo Ni Una Menos y con Cecilia Palmeiro desarrolla el archivo vivo «Mareadas en la marea».
  • Como curadora, participó de doscientas muestras en espacios independientes y museos de Argentina y del exterior.
  • Obtuvo las becas Kuitca y la Foundation for Arts Initiatives. En 2008, junto a un equipo de artistas, desarrolló un proyecto de Escuela Secundaria especializada en Artes Visuales en el barrio de Fiorito, proyecto que recibió dos becas del Fondo Nacional de las Artes (FNA).
  • Su obra fue adquirida por el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Museos de Arte Contemporáneo de Rosario y Salta, Fundación Cisneros, Museo de Arte contemporáneo de Los Ángeles, Museo Pérez Miami y por la colección Guggenheim.
  • Fue una de las creadoras de Periférica, la primera feria de espacios independientes en el Centro Cultural Borges, también del espacio de performance y poesía Tu rito (2010-2013) y del espacio de arte Agatha Costure (2013-2016), Para vos… Norma mía (2020), La lengua (2025) y, junto a Javier Barilaro y Washington Cucurto, fundó la Eloísa Cartonera, un proyecto fundamental de reciclaje y distribución editorial en los 2000.
  • Desde 1995 publicó su poesía de manera independiente. En 2012 Editorial Mansalva editó Control o no control y Fernanda Laguna para colorear en 2017. En 2018 publicó Los grandes proyectos (Página/12) y La princesa de mis sueños (Iván Rosado, editorial rosarina). En 2015 su obra literaria fue traducida al inglés y publicada en los libros Belleza y Felicidad (Editorial Sand Paper press) y Dreams and nightmares (Editorial Les figures).
  • Algunos de sus libros en prosa, como Durazno reverdeciente, Me encantaría que gustes de mí, Dame pelota y Sueños y pesadillas fueron publicados con el seudónimo Dalia Rosetti, su alter ego. Publicó además ¡Muy espectacular! (Random House), un texto con lecturas y cartas sobre arte. En abril de 2026 se edita un nuevo volumen junto a su colega Cecilia Pavón.

March Mazzei