“Lo mejor de estos lugares es el tiempo”, dice Fernanda Trías desde una residencia para escritores frente al Mediterráneo, al sur de Barcelona. Durante unos días todo parece suspenderse: las obligaciones, el ruido cotidiano, la sensación de estar siempre corriendo detrás de algo. “De pronto podés dedicarte solo a leer, corregir o pensar un texto”, reconoce la discípula de Mario Levrero. “Estoy en el lugar opuesto del paraíso turístico. Lo único que se escucha es el rumor del agua. El mar me conecta con una calma muy antigua, algo que viene de la infancia”.

La escritora uruguaya Fernanda Trías posa al finalizar una entrevista, en la 39 edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en Guadalajara(México). EFE/ Francisco Guasco

–Las residencias literarias funcionan como pequeños refugios para la escritura.

–Son salvadoras. Tenés la oportunidad de concentrarte en el trabajo, pero además los lugares están pensados para que te sientas bien, para que realmente puedas escribir. Es como un oasis de tranquilidad.

La autora uruguaya pasa allí algunos días de trabajo mientras circula su nuevo libro, Miembro fantasma (Páginas de Espuma), una colección de diez cuentos atravesada por una idea que la acompaña desde hace años: cómo narrar aquello que desaparece, pero sigue doliendo.

El título remite a un fenómeno médico conocido –el síndrome del miembro fantasma–: el dolor que algunas personas amputadas continúan sintiendo en una parte del cuerpo que ya no está. En los relatos de Trías esa imagen se vuelve metáfora: pérdidas que persisten, recuerdos que regresan, silencios que siguen presentes mucho tiempo después.

Ganadora en dos ocasiones del Premio Sor Juana Inés de la Cruz por las novelas Mugre rosa (2020) y El monte de las furias (2025), Trías vuelve ahora al cuento una década después de No soñarás flores (2016), su anterior incursión en la narrativa breve.

–La elección del título también tiene una raíz personal.

–Siempre me fascinó todo lo que tiene que ver con la medicina y los síndromes raros. Durante casi veinte años trabajé como traductora de textos médicos. Leí muchísimo sobre enfermedades, condiciones extrañas, historias clínicas. Creo que de ahí surgió esta tendencia a pensar ciertas experiencias humanas desde un lenguaje casi médico, pero usado de forma simbólica. Más allá de lo literal, siempre sentía que esas palabras decían algo más.

La escritora uruguaya Fernanda Trías posa al final de una entrevista con Efe, en la Ciudad de México. EFE / Sáshenka Gutiérrez

–¿Cuándo empezaste a investigar este síndrome y qué fue lo que más te interesó?

–Todos hemos oído hablar de este síndrome, pero yo quise entender un poco más. Investigué cuándo se había acuñado la expresión, cómo funcionaba realmente más allá de la metáfora, qué pasaba en el cuerpo. Me resultaba terrorífico pensar que, después de una amputación, alguien pudiera seguir sintiendo dolor en un lugar que ya no existe. Era algo que me producía miedo, pero que de alguna manera también reconocía. Después entendí que, en otro sentido, todos vivimos algo parecido. Hay dolores del pasado que siguen ahí, aunque el momento haya terminado.

–Como bien decís, el “miembro fantasma” describe un dolor que persiste cuando el cuerpo ya perdió esa parte. ¿Qué tipo de pérdidas te interesaba explorar con esa imagen?

–Las pérdidas del pasado que siguen presentes. Esos dolores que no se van y que siguen doliendo, incluso cuando uno cree que ya pasó página. Muchas veces tienen que ver con la infancia. Ya no sos una niña, pero algo de ese dolor sigue alojado en el cuerpo. Empecé a hacer todas esas conexiones y me di cuenta de que, en el fondo, llevo escribiendo sobre eso desde el principio: sobre heridas tempranas, recuerdos que permanecen.

–¿Creés que el pasado de buena parte de América Latina sigue funcionando como un “miembro fantasma” en la sociedad?

–Sí, creo que es un miembro fantasma colectivo. Un dolor que está enquistado en el tejido social, como una herida abierta en la memoria. En Uruguay lo siento muy fuerte porque no hubo un proceso profundo de reparación. Durante mucho tiempo hubo silencio alrededor de la dictadura. Pasamos a la democracia, pero casi no se hablaba de lo que había pasado. Parecía que había que pasar la página demasiado rápido. Yo lo viví también en lo personal: en la escuela no se hablaba y en las familias muchas veces tampoco.

Una voz singular

Autora de las novelas Cuaderno para un solo ojo, La azotea, La ciudad invencible, Mugre rosa y El monte de las furias, Trías se consolidó en los últimos años como una de las voces más singulares de la narrativa latinoamericana. Desde 2015 vive en Bogotá, donde enseña en la Maestría de Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo. Antes pasó por Francia y Estados Unidos y participó en distintos programas internacionales de residencias para escritores.

La escritora uruguaya Fernanda Trías posa al final de una entrevista con Efe, en la Ciudad de México. EFE / Sáshenka Gutiérrez

–Alguna vez dijiste que el cuento aparece como un relámpago.

–Sí, al menos para mí funciona así. De pronto aparece una imagen muy breve, una escena que se ilumina por un momento. Es algo muy fugaz, como un fogonazo. Si no la anoto enseguida, desaparece. En los períodos en los que no estoy escribiendo cuentos, siento que nunca más voy a poder escribir uno. La idea de que vuelva a ocurrírseme una historia con forma de cuento me parece casi fantasiosa. Me resulta mucho más difícil hablar de un cuento que de una novela. De las novelas puedo explicar más el proceso creativo, porque es lento, en capas, lleno de desvíos. El cuento, en cambio, tiene algo casi misterioso.

–En el cuento “Si el mundo parara de hacer lo que hace”, uno de los personajes dice: “Me fui pensando en todas las mentiras del mundo y cómo lo primero que aprendés no es a esperar, sino a mentir”. La mentira como belleza y creación.

–Claro. El artificio, la ficción, las historias que nos contamos. Creo que nunca llegás a conocer del todo a nadie, pero a veces me pregunto hasta qué punto uno llega a conocerse a sí mismo. Siempre hay algo que se escapa. Se habla mucho de la vida pública, la vida privada y la vida secreta. A mí me interesa esa tercera zona. Mis cuentos van sobre la vida secreta, incluso la que es secreta para una misma. Hay cosas que nos ocultamos, que no queremos ver.

–Las adicciones, otra constante en tu literatura, aparecen como una especie de anestesia.

–Sí, es un tema que conozco de cerca. En mi familia hubo experiencias de adicción y eso marcó mucho mi infancia. Siempre hay una búsqueda de poder afuera. Sentís que te falta algo y lo vas a buscar. A mí misma me pasó en algunos momentos pensar: “Tomo este whisky para poder escribir, para poder salir, para socializar”. Cuando uno siente que no puede enfrentar algo, busca una sustancia o una fuerza externa que lo ayude. A veces es el alcohol, otras veces la religión o cualquier otra cosa. Es doloroso porque nace de esa sensación de incapacidad. En mi familia el “no puedo” era casi un motor.

–También aparece desde la dimensión de género.

–Las adicciones femeninas suelen ser mucho más silenciosas. Ocurren puertas adentro, muchas veces en soledad. En los hombres, en cambio, pueden formar parte de un ritual social. Esa diferencia me interesaba explorar desde la ficción.

–Y esa soledad la vinculás con la escritura.

–Durante mucho tiempo, para una mujer la escritura fue algo que ocurría puertas adentro y casi en secreto. La mujer que escribía era vista como una desubicada. Cuando yo empecé a decir que quería escribir, esa sensación era muy fuerte. Con el tiempo esa incomodidad se volvió parte de mi identidad literaria. Terminé apropiándome de esa desubicación. Me gusta pensar que escribir también tiene que ver con eso: correrse del lugar esperado.

–Vivís fuera de Uruguay desde hace muchos años. ¿Cómo cambia la lengua cuando un escritor vive lejos de su país?

–La extranjería se va filtrando en la lengua. Al principio me preocupaba mezclar registros o palabras de distintos lugares. Después entendí que soy producto de esos cruces. En mi libro anterior de cuentos, No soñarás flores, aparecía mucho ese tema: el de no pertenecer del todo al lugar donde una está. Hoy lo veo como parte de lo que me constituye. También me permite sostener esa condición de desubicada, porque de algún modo estoy fuera del lenguaje. Ya no me obsesiona la pureza. Incluso la etiqueta de “autora latinoamericana” no me molesta: me siento cómoda con ella. Hay muchas diferencias entre nuestros países, pero también algo en común: una marca del origen, del territorio y de una violencia fundacional que sigue pesando.

–Los personajes de tus historias suelen quedar en los márgenes.

–Me interesan esos personajes que aparentemente no son “literarios”. Las mujeres mayores, por ejemplo. Muchas veces se piensa que nadie quiere leer una historia protagonizada por una anciana, pero a mí me parece un territorio fascinante. No me interesa la soledad romántica sino la que amplifica cosas. Podés estar rodeada de gente y sentirte sola. Me atraen personajes que a primera vista parecen insignificantes. En esa insignificancia hay profundidad.

La escritora uruguaya Fernanda Trías. Foto: Fernando de la Orden.

–Recibiste dos veces el Premio Sor Juana Inés de la Cruz. ¿Qué significó para vos?

–Lo viví como un reconocimiento a ciertos riesgos narrativos. En esas novelas tomé decisiones formales que podrían no haber funcionado. Que dos jurados distintos valoraran eso me dio impulso para seguir arriesgando. Los premios también amplían lectores, y eso siempre es bueno. Pero la escritura no es una carrera profesional: es un proceso. No podría repetir una fórmula exitosa. Cada libro tiene que ponerme en problemas nuevos.

–Vos misma dijiste varias veces que no ves la escritura como una carrera.

–Es la única forma en que puedo entenderla. Incluso si un libro mío fuera un éxito enorme, no podría volver a hacer lo mismo. Lo que me interesa es profundizar en ciertas búsquedas. La experimentación es lo que me mantiene viva como escritora. Busco que cada proyecto me saque de un lugar cómodo y me lleve a otro inesperado.

–Muchos de tus libros giran alrededor de la memoria y las pérdidas. ¿La literatura sirve para entender esas cicatrices?

–No sé si sirve para entenderlas, pero sí para mirarlas de frente. La escritura tiene algo de eso: volver sobre lo que duele hasta encontrar una forma de nombrarlo. Al final, escribir también es convivir con nuestros propios miembros fantasma. Tiene algo complejo: te obliga a mirar dentro del abismo, pero no necesariamente te sana.

Fernanda Trías básico

  • Nació en Uruguay, en 1976 y es autora de las novelas Cuaderno para un solo ojo, La azotea, La ciudad invencible, Mugre rosa y El monte de las furias, y el libro de cuentos No soñarás flores.
  • Por Mugre rosa recibió el Premio Nacional de Literatura (Uruguay, 2020), el premio Bartolomé Hidalgo (Uruguay, 2021) y el Sor Juana Inés de la Cruz (México, 2021).
La escritora uruguaya Fernanda Trías
  • En 2024, Mugre rosa estuvo nominada a los National Book Awards en Estados Unidos.
  • Tanto La azotea como Mugre rosa obtuvieron el British PEN Translates Award (2020 y 2022).
  • En 2025 volvió a recibir el premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela El monte de las furias.
  • Sus novelas se han traducido a veinte lenguas. Desde 2015 vive en Colombia, donde es profesora en la Maestría de Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo.

Miembro fantasma, de Fernanda Trías (Páginas de Espuma).