A 40 años de su fallecimiento, el Centro Cultural Recoleta inauguró Borges: ecos de un nombre, una monumental exposición poliédrica de 800 metros cuadrados que desacraliza al mito para devolverlo a su dimensión más humana y textual. La renovación se completa con dos potentes apuestas dedicadas a la contracultura de los años 70 y al videoarte satírico actual.

Borges ecos de un nombre en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

Un Borges joven recibe a los visitantes en el vestíbulo; un Borges adulto los despide en la salida. En el medio, unos 800 metros cuadrados de la emblemática Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta se transformaron en un dispositivo vivo, un «libro abierto» que invita a perderse y encontrarse.

Con motivo de los 40 años de la muerte del mayor escritor argentino –que se cumplirán el próximo 14 de junio de 2026–, el Centro Cultural Recoleta, en conjunto con la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, inauguró Borges: ecos de un nombre, una importante exhibición que se podrá visitar hasta fines de agosto.

Megamuestra literaria y objetual

Lejos de las puestas tradicionales basadas puramente en la interpretación de artistas visuales, esta megamuestra asume un compromiso estrictamente literario y objetual. «Queríamos una exposición más relacionada con la literatura que con las artes visuales. Tratar de traer objetos, manuscritos y volver un poquito al Borges escritor, que es nuestro favorito», explicó Maximiliano Tomás, director del CCR y cocurador de la muestra junto a Rodrigo Alonso y Daniel Fischer.

Borges ecos de un nombre en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

El diseño del espacio, desarrollado por el artista visual Pablo Lema, funciona como un laberinto borgeano: estructuras en forma de hexágonos que evocan los alvéolos de la Biblioteca de Babel y estratégicos juegos de espejos que hacen que la obra estalle y se duplique ante los ojos del espectador.

Un tabique central divide la experiencia en dos mundos: de un lado, la línea histórica y la vida pública; del otro, la ficción y la intimidad. Es precisamente en ese sector privado donde la muestra regala sus mayores impactos emocionales. Gracias a la cesión de los cinco sobrinos de María Kodama (actuales herederos de su obra, con Mariana y Victoria a la cabeza del proyecto), se logró reconstruir de manera idéntica la habitación de Borges en el departamento de la calle Maipú al 900, donde vivió más de 40 años junto a su madre. Cada objeto expuesto es real.

Al observar la austeridad extrema de su pequeña cama, sus libros y la ausencia de grandes lujos, el mito monumental se humaniza. «Tratamos de abarcar todos sus intereses para que cada uno pueda disfrutar su propio Borges, pero también se buscaba desacralizarlo. Mucha gente lo tiene como una persona muy refinada o lejana, y acá descubrís que fue un hombre, más allá de un gran escritor», señalaron los organizadores durante la recorrida de prensa.

Para los buscadores de tesoros literarios, la sala es un festín de archivos poco vistos: se exhibe el manuscrito original de Las ruinas circulares, ilustrado por el propio autor; la carta natal de Borges diseñada por su amigo Xul Solar; un retrato de María Kodama pintado por Norah Borges e incluso documentos de la censura de la época.

Además, la muestra cuenta con una sala de cine que proyecta las películas sobre las cuales él escribió y una completísima sala de lectura equipada con las Biblias de su biblioteca personal, pensada para que las nuevas generaciones tomen contacto directo con sus textos.

Borges ecos de un nombre en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

Un avatar de altísima fidelidad

El punto tecnológico más comentado y disruptivo de la exhibición es un holograma hiperrealista de Borges, desarrollado a lo largo de varios meses por un estudio de diseño y animación profesional utilizando herramientas avanzadas de inteligencia artificial. No se trata de una animación estándar, sino de un avatar de altísima fidelidad que recupera su voz real, extraída de archivos de diferentes épocas.

Borges ecos de un nombre en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

Al acercarse, el espectador se encuentra con el escritor de paso cansino, aunque más erguido de lo que uno lo recuerda en sus últimos años, hablando sobre la argentinidad, los laberintos o el fútbol, con aquella misma cadencia mansa tan característica.

En uno de los pasajes más conmovedores, el avatar recita fragmentos de su «Poema de los dones» y reflexiona sobre la ceguera: «Precisamente uno de los colores de los que nos faltan a los ciegos es el negro o el rojo… Yo, que tenía la costumbre de dormir en la oscuridad, tengo que dormir en ese mundo de neblina vagamente luminosa… Yo hubiera querido reclinarme en la oscuridad». Minutos después, su voz artificial sentencia una de sus citas más icónicas: «Siempre me he imaginado el paraíso como una biblioteca».

Borges ecos de un nombre en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

La muestra está pensada tanto para los lectores versados como para aquellos jóvenes que se acercan a su universo por primera vez. Logra el milagro de bajar del bronce a la figura inalcanzable para devolvernos al Borges de carne y hueso: el poeta de los patios, los zaguanes y los antiguos balcones de casas bajas de Buenos Aires.

Proyecto visual y antropológico

El viaje por el Recoleta continúa en la Sala J con Hijo de la Luna, una propuesta de Archivo Caminante, el proyecto visual y antropológico que el artista Eduardo Molinari lleva adelante desde hace 25 años. Curada por Javier Villa, la exposición fue pensada especialmente en el marco de los 50 años del último golpe de Estado y se sumerge en las intensidades de las juventudes de los años 70; aquellas que, en palabras de los creadores, «decidieron no encajar».

Hijos de la luna, de Eduardo Molinari en la sala J del Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

La muestra pone en un diálogo eléctrico y sanguíneo dos imaginarios gráficos de la época: por un lado, una colección casi completa de la mítica revista de rock Pelo (que abarca desde 1969 hasta 1983) y, por el otro, las publicaciones clandestinas de la militancia armada y la guerrilla. «Me interesaba poner en diálogo ambos relatos porque percibía que había un único campo de fuerzas frente a los mismos acontecimientos históricos», explicó Molinari, quien transitó su propia adolescencia en aquellos años pesados.

El recorrido histórico de la sala está enmarcado por dos tragedias que llegaron desde el cielo: arranca cronológicamente en 1955 con una gigantografía de los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo –cuando esa generación era apenas lactante– y cierra en 1983 con la recuperación democrática, signada por la sombra de los vuelos de la muerte y el lanzamiento del emblemático disco Clics modernos de Charly García.

Hijos de la luna, de Eduardo Molinari en la sala J del Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

Entremedio, el espacio se despliega con la mística de los códices prehispánicos, la astrología y el esoterismo, reivindicando al rock y a la militancia como rituales colectivos. El título de la muestra, inspirado en el filósofo Santiago López Petit, funciona como un faro para los desvelados del presente: «Los hijos de la luna son los que asumen el malestar de no querer encajar en las formas de vida dominantes. Hay que atravesar esa noche y aguantar hasta que salga el sol».

Humor, farsa y paranoia

El cierre de esta gran renovación del Recoleta llega de la mano del humor, la farsa y la paranoia contemporánea en la Sala C. Allí se despliega Entusiasmo público, la primera exposición individual institucional en el país de la destacada artista audiovisual porteña Liv Schulman, bajo la curaduría de Carla Barbero. La muestra reúne 15 años de un corpus de obra (2011-2026) fuertemente anclado en la escritura y el formato audiovisual, donde el absurdo se convierte en la herramienta principal para metabolizar los traumas de la realidad y la economía local.

Liv Schulman expone en el Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

«A mí me interesa cómo socialmente estamos un poco sobreadaptados a las sucesivas crisis políticas y económicas. Siento que eso es constitutivo de nuestra identidad y que, si bien es una tragedia, también es una farsa. El humor es un arma crítica para adaptarnos y resistir», explica la propia Schulman.

Con una duración total que supera las seis horas de metraje, fragmentadas en cortos, películas y series, la artista propone una experiencia libre influenciada por la cultura televisiva del cable de los años 90: entrar a las salas y entregarse al puro «zapping» o dejarse caer dentro del videoarte.

Entre las piezas destacadas se encuentra su obra de autoficción documental del 2013, donde Schulman recorre las casas de cambio de la Triple Frontera intentando canjear un premio de mil dólares hasta que el dinero desaparece por completo y su psiquis pierde el foco. También resalta su emblemática serie detectivesca para YouTube Control (2011-2018), que utiliza el prisma de la historia del arte para intentar explicar el mundo y develar sistemas ocultos.

Liv Schulman expone en la sala C del Centro Cultural Recoleta. Foto: gentileza.

El recorrido por la Sala C se corona con sus producciones más recientes: por un lado, una pieza grabada durante la pandemia en su departamento de París –convertido por tres meses en un caótico set de televisión degradado y cubierto de slime– que parodia la explosión de emprendimientos hogareños de kimchi y cerveza artesanal.

Por el otro, su obra más nueva (2025): una hipnótica película de 63 minutos sobre vigilancia y opacidad financiera en el microcentro porteño. Filmada sin cámaras directas, Schulman dirigió a un grupo de actores por WhatsApp mientras registraba sus movimientos únicamente a través de los reflejos en los vidrios espejados de las torres del banco BBVA, logrando plegar el espacio urbano en una quimera semántica inigualable.

Las muestras del Centro Cultural Recoleta se pueden visitar de martes a viernes 12 a 21 y sábados, domingos y feriados 11 a 21. Lunes cerrado. Residentes en la Argentina, sin cargo y no residentes mayores de 12 años: $6000.