El «caso Wallace» es, sin duda, uno de los capítulos más oscuros y complejos de la historia judicial mexicana contemporánea. “La empresaria mexicana Isabel Miranda de Wallace era muy solicitada para acudir a eventos, para dar conferencias. No había actor mediático, político o del mundo de la cultura que no quisiera tener a Isabel en la mesa, porque literalmente era tener a la Madre Teresa, aunque a Isabel más bien la llamaban la Thatcher”, explica Ricardo Raphael, uno de los periodistas, analistas políticos y académicos más influyentes de México, autor de Fabricación (Planeta, 2025).

La activista mexicana Isabel Miranda de Wallace. Foto: EFE.

Con una exposición sostenida en televisión, radio y medios gráficos en su país, el exdirector del Centro Cultural Universitario Tlatelolco (UNAM) y autor de más de siete libros –entre ellos los éxitos de ventas Mirreynato e Hijo de la guerra– llegó a Buenos Aires impulsado por el impacto de su última y revulsiva investigación periodística.

En Fabricación, Raphael desarmó minuciosamente, a fuerza de años de investigación y sorteando persecuciones, amenazas, matones a sueldo y cibervigilancia, el brutal entramado de corrupción, tortura y tráfico de influencias más resonado de México en los últimos veinte años.

La empresaria arruinó más de sesenta vidas, con la connivencia del poder y con total impunidad. Fabricó causas, encarceló a inocentes –a los que les arrancó confesiones autoincriminatorias bajo tortura y violaciones–, destruyó reputaciones, separó familias, quebró la moral y la dignidad de personas sin culpabilidad probada, para ocultar un hecho que aún hoy no está del todo esclarecido.

Abanderada de las madres del dolor

Dueña de una importante agencia de publicidad especializada en cartelería gigante en vía pública en Ciudad de México, fue –para la mayoría del pueblo mexicano– la gran abanderada de las madres del dolor. En teoría, su hijo, Hugo Alberto Wallace, había sido secuestrado y asesinado el 11 de julio de 2005 y ella se había puesto la causa al hombro, descubriendo –supuestamente–, antes que la justicia, las pistas del crimen.

Pero esta mujer inventó todo. Fabricó la causa para permitir que su hijo huyera, con una identidad falsa, presumiblemente a Canadá, y así evitar que Édgar Valdez Villarreal, más conocido como «La Barbie», un narcotraficante de alto rango dentro del Cártel de los Beltrán Leyva, le “cobrara” una importante deuda por drogas.

“Imaginarte que ese gigante tenía pies de barro era inconcebible. Creo que no existe en América Latina un personaje más noble, más respetado, con mayor peso moral que el de una madre de desaparecido. El que haya una persona que usurpe ese papel es imperdonable”, reflexiona Raphael, en diálogo con Clarín.

–Vamos al punto de partida. Investigando el caso, diste con David Bertet, dirigente de una ONG canadiense de derechos humanos. ¿Cómo fue ese cruce?

–Quería entender cómo la violencia en México se construye no solo desde los pandilleros a ras de tierra, sino desde el cuello blanco; en realidad es una sola estructura, no se explicaría una sin la otra. Me ocupaba mucho el fenómeno creciente de la fabricación de culpables: para que el crimen organizado avance se necesitan «chivos expiatorios» que distraigan la atención. Ahí es cuando David Bertet organiza en la Ciudad de México un conversatorio. Yo conducía entonces un programa de televisión llamado Espiral e invité a David y a otras personas. Minutos antes de cerrar el programa, me dice al aire: «El caso Wallace es fabricado». Con dos minutos de aire no podía desarrollar esa pregunta. Se apagaron las luces y le pedí: «A ver, muéstrame las pruebas».

–Y ahí te entregan toda la batería de documentos.

–Me mandaron el libro de la periodista Guadalupe Lizárraga y un altero de expedientes muy importante que había coleccionado Bertet. Al ver esos documentos, me volví loco: me di cuenta de que podría estar ante una usurpadora. Escribí una columna alertando sobre la posibilidad de que el caso fuera falso; ella respondió pidiendo réplica y la invité al programa. También invité a Lizárraga para tener un contrapunto. Ninguna de las dos quería confrontar, así que grabé dos programas por separado que se emitieron con una semana de distancia. Tuve escasos cuatro días para prepararme y estudiar un expediente judicial que pesaba 130 mil páginas. Decidí centrar la mirada en un elemento específico para que la entrevista tuviera sentido: la gota de sangre.

Ricardo Raphael, uno de los periodistas, analistas políticos y académicos más influyentes de México. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–¿Una sola gota de sangre, aparecida siete meses después del supuesto crimen y sin ningún otro rastro?

–En esos siete meses, la policía hizo las pruebas de luminol, tomó fotografías y no encontró absolutamente nada. Luego, detienen a la inquilina, Juana Hilda González, y la mantienen bajo un sistema llamado «arraigo» durante seis semanas sin pruebas. Ahí ella construye una versión: dice que llevó a la víctima al departamento, que entraron unos amigos encapuchados, que al joven le dio un paro cardíaco, murió, y que dos secuaces cortaron el cuerpo con una motosierra para tirarlo a un canal. Incluso, consiguieron un ticket de una motosierra supuestamente vendida a las doce de la noche. Mandan de nuevo a la policía a registrar y ahí es donde encuentran esa famosa gota, que presuntamente coincidía genéticamente con José Enrique Wallace, a quien presentaban como el padre.

–Una puesta en escena a todas luces…

–Ahí descubro que, entre el momento del supuesto secuestro y el hallazgo de la gota, un señor llamado Rodrigo Osvaldo de Alba rentó y habitó ese departamento durante siete meses. Un descuartizamiento te deja huesos, membranas y tejidos en las cañerías; sin embargo, nunca abrieron la coladera. Me pregunté quién era este inquilino y descubrí que era un empleado de la propia Isabel Miranda, a quien ella le pagaba la seguridad social y le hacía transferencias. Además, este señor terminó casándose con una sobrina de la señora Wallace. Él vivió ahí en el interín; así se explica cómo llegó la gota de sangre al baño. Pero, regresando a la entrevista de 2018, yo aún no sabía esto. Lo único que hice fue preguntarle en vivo el nombre del padre biológico de su hijo, y ella enfureció.

–Si José Enrique no era el padre biológico de Hugo Alberto, la única evidencia se caía…

–Exacto, era la única prueba física, ya que los restos jamás aparecieron. Ella me insistió, furiosa: «Es hijo de José Enrique, si yo hubiera sido madre soltera lo diría». Yo le aclaré que no agredía su maternidad, pero que ahí había actas de nacimiento con otros nombres entregadas por Bertet, como Hugo Alberto Miranda Torres, con sus apellidos de soltera. Hicimos el programa con una tensión enorme. A los tres días de la emisión, me llamó por teléfono Carlos León Miranda y me dijo: «Yo soy primo hermano de Isabel, me casé con ella, tuvimos a Hugo Alberto y luego nos divorciamos. Después ella conoció al señor Wallace y él le dio el apellido a mi hijo». En ese momento me di cuenta de la dimensión de la barbaridad ante la que estaba parado.

–Es como una hidra: cortás una cabeza y aparecen dos más. ¿Por qué Isabel se ensañó con la supuesta “banda de Chalma»?

–La «banda de Chalma» la bautizo así en el libro porque en realidad nunca tuvo nombre; era simplemente un grupo de amigos que un día fue a Chalma, un santuario de origen precolombino. Se bajaron del auto, se tomaron una foto junto a una cruz donde también había un nene de cuatro años y, excepto el chico, todos terminaron procesados por el secuestro de Hugo Alberto Wallace. Tu pregunta va al móvil: ¿por qué una madre inventaría el secuestro y la muerte de su hijo? Es algo completamente fuera de lo común. Las madres buscan a sus hijos, no inventan la desaparición de sus hijos. En la teoría penal, cuando alguien inventa un crimen, generalmente está escondiendo un crimen mayor.

Ricardo Raphael, uno de los periodistas, analistas políticos y académicos más influyentes de México. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–Por lo que se desprende de tu investigación, Hugo Alberto se estaba escapando de acreedores del narcotráfico muy pesados que lo buscaban para matarlo.

–Édgar Valdez Villarreal, alias «La Barbie», era en ese momento uno de los sicarios más peligrosos y quien organizaba la violencia armada en México. Al parecer, Hugo Alberto tenía una deuda o relaciones con él que lo metieron en un conflicto severo. Originalmente, la mentira del secuestro no fue diseñada para el público, las autoridades o el poder. A quien había que convencer de que a Hugo Alberto lo habían secuestrado y matado era a «La Barbie», porque lo estaba buscando. Madre e hijo idearon la estrategia: Juana Hilda González Lomelí, la bailarina que detienen primero, había sido novia de «La Barbie» tiempo atrás. A partir de Juana Hilda empezaron a armar el rompecabezas: el amigo, la novia del amigo, el chofer, el amigo del chofer. Así se construyó artificialmente la banda.

–¿Lo único que tenían era una gota de sangre plantada y una confesión arrancada bajo tortura?

–Había otra supuesta prueba en la computadora de la madre de Brenda Quevedo Cruz, otra de las jóvenes de la foto. Dijeron que habían encontrado un archivo incriminatorio que vinculaba a la familia con la nota de rescate. Decían que el archivo se llamaba «Miranda». Cuando me metí al expediente a revisar qué contenía esa prueba supuestamente contundente presentada ante el juez, resultó ser una canción del grupo musical argentino Miranda. Así de bárbaro. Además, la nota de rescate llegó por correo postal cincuenta días después de la desaparición del joven. ¿Qué secuestrador manda un rescate por correo postal casi dos meses después?

–¿No tuviste miedo de que te fabricaran una causa o atentaran contra vos?

–Sí, por supuesto. No es la primera vez que hago investigaciones de riesgo; tengo mis protocolos y métodos, pero aquí el peligro escaló. Primero ella me acusó formalmente de ser parte de la banda de secuestradores. Luego, me mandó un grupo de choque en una ocasión; tuve que iniciar una transmisión en directo en Instagram para protegerme mientras corría, y me lastimé la pierna cuando se me echaron encima. En otra oportunidad dejaron amenazas en el teléfono de mi hijo. Hubo una ruta de miedo que vencer, pero si lo comparás con lo que les pasó a otros colegas, abogados y a las propias víctimas, lo mío no fue nada. Hubo una pugna de miedos: mi temor a lo que me pudiera ocurrir contra el pavor de ella a que se revelara la verdad. Esos miedos se cruzaron un año antes de su fallecimiento. Isabel Miranda murió en 2025, al día siguiente de que apareciera mi libro. Su muerte fue muy trágica, tal como me la contaron. Se hizo inyectar una sustancia para dolores de espalda y osteoporosis; el procedimiento fue mal administrado y provocó que su corazón se volviera de piedra y sus pulmones colapsaran.

Ricardo Raphael, uno de los periodistas, analistas políticos y académicos más influyentes de México. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–Como el mito de Medusa…

–Es que, como decía Italo Calvino, la literatura es el escudo que nos permite mirar a Medusa de reojo para poder enfrentar la realidad sin quedar petrificados. Por eso elegí el relato literario de no ficción para contar esto. El periodismo y la literatura operan como un tribunal de última instancia cuando la justicia está descompuesta, como sigue estándolo la justicia mexicana. Nuestro trabajo sirve para igualar las circunstancias frente al poder y darle voz a quienes les fue arrebatada. Tres periodistas que investigaron esto antes que yo tuvieron que exiliarse del país por amenazas; hubo abogados encarcelados que perdieron la matrícula para siempre. Hablamos de sesenta víctimas en total en los márgenes de este caso. Creo que los griegos tenían razón con el mito de Medusa y el destino. Es una historia tan terrible que si la mirás de frente, te volvés de piedra.

Fabricación, de Ricardo Raphael (Planeta, 2025).