
Julieta Venegas siempre dijo que le gustaba contar historias en sus canciones. Habló de querer a alguien con limón y sal o de la necesidad ir cada vez más lento, pero también de los desaparecidos en México y de las mujeres que quieren quedarse bailando, pero tienen miedo a caminar solas de noche. En Norteña. Memorias del comienzo(Blatt & Ríos), por primera vez, Venegas decidió llevar las historias –su historia–, a un libro que acompaña la salida de su último disco.
Julieta Venegas acaba de publicar Norteña. Memorias del comienzo, (Blatt & Ríos). Foto: Víctor Benítez, gentileza.En marzo, la cantante mexicana anunció a través de sus redes la publicación en simultáneo en México, Chile, Colombia, España y Argentina. “Elegí publicarlo en editoriales independientes, porque creo en los proyectos de escala humana, que trabajan localmente y en red”, decía en su mensaje, en el que presentaba al libro como una suerte de “bitácora” y una memoria de recuerdos familiares, los primeros años en Tijuana, la mudanza a Ciudad de México hasta el lanzamiento de su primer disco.
Para los seguidores de Venegas, el salto al papel era solo cuestión de tiempo. Desde sus inicios, las referencias literarias estuvieron ahí. Empezó su carrera solista bajo un seudónimo inspirado por un libro de Carmen Bullosa, la canción «Andamos huyendo» tomó su nombre de Andamos huyendo Lola de Elena Garro.
Venegas es una usuaria muy activa en la red Goodreads, en donde se puede ver el abanico de sus intereses: su amor por Mircea Cărtărescu, autores de Europa del Este y latinoamericanos, narrativa, ensayos y poesía.
Mientras vivió en Buenos Aires, en donde se instaló por 2017, mantuvo vínculos personales con el circuito de librerías independientes, condujo junto a Nacho Damiano el podcast Pila de Libros y trabajó junto al dramaturgo Santiago Loza.
Venegas volvió a vivir recientemente en México y su álbum Norteña refleja ese regreso a las raíces de su Baja California natal, un territorio fronterizo al norte del país. Un movimiento de vuelta al origen que, por otra parte, parece estar atravesando a varios artistas latinoamericanos.
Bad Bunny como exponente global, Cazzu con Latinaje, Milo J y el folclore, Jorge Drexler y el candombe de Taracá son algunos ejemplos. También, pionera del rescate del bolero desde su disco de homenaje a Agustín Lara del 2012, Natalia Lafourcade, amiga de Venegas y colaboradora en una de las canciones de Norteña.
Julieta Venegas acaba de publicar Norteña. Memorias del comienzo, (Blatt & Ríos). Foto: Josefina Alen, gentileza.Arco narrativo reconocible
El libro, por su parte, se lee con independencia del disco, pero acompaña esa mirada hacia atrás. El arco narrativo es reconocible: la de Venegas es la historia de una chica rara –“rarotonga”, como le decía una de sus hermanas– que no se sentía a gusto con su lugar y que tenía la intuición (palabra que surge una y otra vez en el relato) de que debía irse a otra parte. La historia de quien se va la gran ciudad siguiendo un deseo y recorre el mundo, solo para volver al hogar.
“Me fui muy chica de la frontera, pero siento que la llevé conmigo. Sin darme cuenta siempre he cargado una línea invisible que me divide. Una cicatriz latente que no desaparece, no solo es una marca, sino un dolor. En realidad, si lo miro todo está lleno de líneas, de diferencias que conviven contradictoriamente en casi todas las personas”, escribe Venegas sobre su infancia en un territorio limítrofe, en el que el cruce a Estados Unidos era parte del día a día.
Esa frontera en la que lo diverso convive es metáfora también del proceso de síntesis artística. “Para nosotros The Cure se llevaba bien con Juan Gabriel”, resume Venegas. El acordeón, sello distintivo de la cantante mexicana, evoca tanto el sonido de Los Tigres del Norte como el de Tom Waits.
Norteña es una historia de iniciación, del descubrimiento de un amor y una voz personal. En medio de esa casa en la que había varios hermanos, Venegas encontró su refugio en el piano y cuenta que cuando falleció su primera profesora se quedó sin palabras y sin poder tocar durante meses. Eventualmente, la música y las letras regresaron, pero todavía el destino de cantante profesional no había aparecido como horizonte.
“El sueño de ir a un conservatorio se terminó cuando por fin acepté que mi familia no era de esas que mandan a sus hijos a estudiar música”, dice Venegas, que alguna vez soñó con ser directora de orquesta y sigue sentándose derecha en el piano, como cuando tocaba piezas clásicas.
Fueron los amigos de la adolescencia, esos que su padre de ideas más bien conservadoras miraba con malos ojos, quienes trajeron consigo el rock y la posibilidad de escribir canciones propias.
Su primer hit
Así, entre amigos, Venegas escribió su primer hit para la banda Tijuana No! Pero apenas consiguieron dinero para grabar, la intuición habló:tenía que retirarse del grupo. Y aunque el destino no estaba claro, ella decidió escuchar.
“En el fondo, quería hacer canciones que mi madre disfrutara. Porque ella siempre estaba cerca en todos mis conciertos, con mis tías, con mi abuela, pero no la veía cantando”, reflexiona la autora de Me voy.
Años después, en su disco Algo sucede (2015), Venegas iba a recordar esos años a la espera de que llegara algo que sacudiera su mundo. Lo que llegó fue la invitación de un chico de Ciudad de México que conoció por casualidad: “si alguna vez vas de visita, puedes quedarte en casa de mi abuela”. Y Venegas, que dice que no se considera audaz, allá fue.
“Recuerdo que cuando estaba por salir hacia el aeropuerto mi padre me preguntó ‘¿para qué te vas?’, y yo sin pensarlo le respondí ‘¿para qué me quedo?’”, evoca Venegas. A los 21 años, se instaló en la capital con un demo y suficiente conocimiento del inglés como para ganarse la vida dando clases.Tijuana era la raíz, Ciudad de México era una promesa.
“Esa ciudad era mi deseo. Como si se tratara de un amor”, describe. Allí vivió en una casa sin llave ni teléfono, empezó a ser adulta. El DF era también una ciudad que “se la comía viva”, en la que la soledad era a veces difícil de llevar. Escribir era una herramienta de supervivencia, un acto de fe.
Julieta Venegas acaba de publicar Norteña. Memorias del comienzo, (Blatt & Ríos). Foto: Víctor Benítez, gentileza.“Soy una pequeña mitómana del amor”, declara Venegas. Una confesión, después de todo, no tan sorpresiva para quien prestó atención a la letra de «Canciones de amor». Si el romance se frustra, si resulta un territorio difuso, deseado y temido al mismo tiempo, por lo menos es una fuente de inspiración. En cambio, en Norteña el amor por la música, la ciudad, la familia y las amistades es más decidido.
Proceso de composición
Venegas comparte esbozos de su proceso de composición, inspiraciones, su encuentro clave con un miembro de Café Tacvba y algunos detalles sobre sus primeros pasos en la industria con la palabra como valor innegociable: nunca quiso escribir en inglés, no aceptó cambiar sus letras cuando se lo sugirieron.
La narración se detiene mucho antes de los Grammys, de los estadios, de las miles de personas coreando «Eres para mí». El punto de arribo es la grabación de Aquí, aquel disco que tuvo a Gustavo Santaolalla como productor y que incluyó fotos de Yvonne Venegas, gemela de la cantante. No por nada, también en la tapa de Norteña la Julieta de aquel entonces aparece fotografiada por su hermana, otro guiño del viaje de vuelta al origen.
En Aquí, una Julieta Venegas de labios oscuros, pelo renegrido y arito en la nariz afirmaba con convicción que aprendía de sus pasos, que entendía en su caminar. En las páginas de Norteña, comparte una certeza de lo aprendido: “las canciones pueden ser historias de las que estamos hechos”.
Norteña. Memorias del comienzo, de Julieta Venegas (Blatt & Ríos)



