
«Los irlandeses somos muy buenos en dos cosas: con las canciones y con las historias. Bueno, y con las papas también», afirmó Claire Keegan al reflexionar sobre la musicalidad interna de sus relatos y la complicidad única que mantiene con su traductor al castellano, el escritor y poeta argentino Jorge Fondebrider.
Durante su paso por Buenos Aires, Claire Keegan protagonizó encuentros multitudinarios en el Malba, donde leyó uno de sus cuentos más emblemáticos. Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.Keegan remarcó, en charla con la prensa en el marco del Festival Internacional de Literatura (Filba), que acompañan Clarín y revista Ñ como media partners, que Fondebrider no solo conoce en profundidad la literatura de su país, sino también su ritmo, su historia y su métrica, cualidades determinantes para trasladar a nuestra lengua la cadencia exacta de su prosa.
Esa sintonía encontró su momento culminante en la última actividad de la escritora en la Argentina, cuando ambos compartieron esta noche el escenario del Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA) para repasar los secretos del oficio ante una multitud.
Ante una sala colmada y un público que la recibió con incansables aplausos, el director del festival, Pablo Braun, recordó que la autora –nacida en Irlanda en 1968– ya había estado invitada en la primera edición del Filba, destacando la importancia de su participación y el modo en que su literatura se instaló en el público local.
La llegada de la autora de Tres luces y Cosas pequeñas como esas a la capital argentina para la 18.ª edición del Festival Internacional de Literatura comenzó con un imprevisto: al aterrizar, descubrió que la aerolínea había extraviado su valija. Sorteó el contratiempo y aprovechó para salir de compras.
Única e íntima conferencia de prensa
A diferencia de la otra gran figura internacional del festival, el francés Emmanuel Carrère –quien desplegó una intensa agenda con entrevistas individuales–, Keegan optó por no ofrecer notas a solas. En cambio, concentró todo su contacto con los medios en una única e íntima conferencia de prensa en la librería Eterna Cadencia.
CUL / Claire Keegan
Fiel a la economía de recursos que guía sus ficciones, se mostró sin adornos ni estridencias: «Lo que me gusta es la brevedad», remarcó, tras explicar que cuenta las historias tal como le surgen, sin reparar en su extensión. «No creo en la trama y jamás he planeado un argumento. No creo que puedas meterte en un párrafo si ya has decidido dónde debes estar».
Durante ese encuentro en Palermo, la narradora evocó sus orígenes en una granja rural del condado de Wicklow, en el seno de una familia católica numerosa y «en una casa sin libros». Al repasar el machismo estructural de la sociedad irlandesa –donde las mujeres carecían de derechos de propiedad–, compartió un recuerdo doloroso: la escena en la que su padre le dijo a su madre que jamás sería dueña de una sola piedra de la casa, a pesar de haber trabajado toda la vida en la granja, criar seis hijos, cocinar cada comida y cultivar la huerta sin descanso. Esa memoria íntima es el motor de la novela en la que trabaja actualmente, concebida como una «respuesta imaginativa» a la vida de su madre y a las heridas del mundo rural.
Sin embargo, detrás de aquella infancia austera, su amor por los relatos se encendió muy temprano. Su fascinación se despertó tras asistir a la proyección de Blancanieves y los siete enanitos en un cine del pueblo de Tullow, una experiencia fundacional. Ese descubrimiento de que la ficción podía conmover reaparece en su propia obra: en la novela corta Tres luces (Foster), la pequeña protagonista encuentra refugio en los cuentos clásicos de la célebre editorial Ladybird.
Durante su paso por Buenos Aires, Claire Keegan protagonizó encuentros multitudinarios en el Malba, donde leyó uno de sus cuentos más emblemáticos. Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.Pese a ello, en su juventud no imaginaba ser escritora; solo pudo ver posible ese camino a los 19 años, mientras vivía en Estados Unidos, al comprender que el dinero no resolvería sus carencias: «Crecí en una familia muy pobre. La única manera era hacer algo que me gustara para sentirme bien. Ahora escribo, cobro por ello y puedo mantener a mis caballos y animales».
Fascinación por Jorge Luis Borges
En esa misma charla con la prensa, entre cafés y medialunas, Keegan desplegó su fascinación por Jorge Luis Borges, a quien comenzó a leer a los veinte años cuando su profesor de poesía en la Universidad de Loyola (Nueva Orleans) le regaló un ejemplar de Ficciones. Destacó la compasión, la magia y la vocación igualitaria del autor argentino, capaz de convocar al lector sin caer en elitismos y con gran sentido del humor, al punto de afirmar que no conoce a nadie a quien no le guste Borges.
Claire Keegan y el escritor y poeta argentino Jorge Fondebrider, en el escenario del Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.También comparó su audacia narrativa con la de James Joyce, deslizando con picardía que comprendía por qué el argentino no apreciaba al autor de Ulises: «Estaban compitiendo».
En el plano político global, tildó de ignorantes las especulaciones de Donald Trump sobre la reunificación de Irlanda –a las que comparó con el Anschluss nazi en Austria– y defendió la lectura como el ejercicio básico de empatía que les falta a los gobernantes.
Al día siguiente, la cita fue en un colmado Auditorio del Malba, con entradas totalmente agotadas. Presentada por su editora argentina, Leonora Djament, la autora leyó con voz grave, pausada y cadenciosa su emblemático cuento «Recorre los campos azules» (Walk the Blue Fields), mientras en pantalla se proyectaba la traducción de Fondebrider.
Durante la lectura, mientras su cabello largo y pelirrojo brillaba bajo las luces del escenario y ante los rayos de un sol esquivo que se colaban por el ventanal, Keegan hipnotizó a la sala jugando con las voces de sus personajes, modulando acentos y marcando la sutil sombra de malicia o vulnerabilidad de sus palabras.
En un tramo conmovedor, leyó: «Él nunca tuvo la intención de tocarla, pero cuando ella se quedó mirando el fuego, el sacerdote contempló la línea blanca en su cuero cabelludo donde se partía su cabello rojo oscuro. Había extendido la mano simplemente para sentir el calor del fuego sobre su cabello», un pasaje donde resuena la inquietud central del relato: «¿Por qué la ternura es mucho más paralizante que el agravio?».
Tras la lectura, abrió un espacio de diálogo con el público en el que respondió a cada inquietud con calidez, precisión y humor, agradeciendo a cada participante. A propósito de su infancia sin bibliotecas, dejó una de las reflexiones más memorables de la jornada: «No creo que haber crecido sin libros haya sido malo; solo había libros de cocina y la Biblia. Tuve que usar mi imaginación. De otra forma, quizá mi cabeza se habría estancado en un libro».
En esa misma línea, reafirmó la distancia entre su obra y la autobiografía al declarar que su imaginación es mucho más interesante que su vida. Al concluir la actividad en el museo aceptó dedicar ejemplares de esos libros cuya potencia ha trascendido la página para llegar al cine.
La adaptación de Tres luces al cine, bajo el título The Quiet Girl, alcanzó una histórica nominación al premio Oscar como mejor película internacional, mientras que Cosas pequeñas como esas llegó a las salas producida y protagonizada por Cillian Murphy.
Al reflexionar sobre el traspaso audiovisual, Claire lanzó una advertencia con humor: «Jamás me inviten si les sobra una entrada; puedo estar toda la película comentando: «esto no podría pasar» o «ese personaje no funciona así»». Por esa razón prefiere mantenerse completamente alejada del proceso de adaptación de sus obras: «No me interesa ser una molestia». Sí confesó, en cambio, su admiración por el cineasta y guionista austriaco Michael Haneke, reconocido por su estilo sombrío e inquietante.
Al intentar explicar cómo surgen las ideas, señaló que la clave reside en lograr que el deseo ocurra físicamente en el cuerpo de los personajes: el deseo entra por los ojos, recorre el cuerpo y desciende hasta los pies. «Tus pies nunca mienten. Tus pies siempre avanzan hacia lo que deseás».
Claire Keegan y el escritor y poeta argentino Jorge Fondebrider, en el escenario del Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.Durante la charla, Jorge Fondebrider indagó sobre su manera de leer y de enseñar escritura creativa desde hace más de tres décadas, y se atrevió a realizarle preguntas más personales, como su pasión por los caballos. «De niña siempre quise tener un poni. Lo pedía todo el tiempo y finalmente lo tuve –confesó–. Los caballos conocen bien el corazón del ser humano; nos han acompañado en todos los momentos de la historia».
Adiestramiento y cuidado equino
Keegan recordó además su paso por Queensland (Australia), donde aprendió equitación, adiestramiento y cuidado equino. Evocó también una anécdota en el establo cuando cruzó el patio cantando y asustó al instructor, escena que le sirvió para ilustrar cómo el canto y el relato son actos cotidianos en su tierra natal: «En una fiesta se supone que cada persona tiene algo para aportar; en Irlanda, por lo general, es una canción».
Asimismo, al introducir la lectura en el Malba, Leonora Djament definió el núcleo de su poética: «El deseo en las ficciones de Keegan es el deseo de estar vivos aun sabiendo que las cosas pueden salir mal». Una observación que la autora ratificó al explicar el motor de sus historias: «Me gustan las narraciones sobre personas con problemas que pierden algo».
Claire Keegan y el escritor y poeta argentino Jorge Fondebrider, en el escenario del Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.Idea que profundizó luego en el Aula Magna de la UBA: «Un personaje central para mí es alguien que está perdiendo. Y de ahí surgen las consecuencias; la tensión viene de la pérdida. Sabemos que al final lo perderemos todo; a medida que envejecemos, vamos ensayando la pérdida».
En esa misma línea, en la Facultad de Derecho, lanzó una sentencia que muchos anotaron como en una clase magistral: «La buena literatura trata sobre la estupidez. La estupidez humana«.
Respecto a su marcada preferencia por los «escritores muertos» frente a la ficción contemporánea, Keegan se mostró tajante tanto en la prensa como en su diálogo con Fondebrider: «Prefiero leer a Jane Austen antes que el libro más reciente publicado en Irlanda, Estados Unidos o donde sea. No sé nada de ficción contemporánea. Si alguien dice que intento escribir como algún autor actual, no puede ser cierto, porque no los he leído».
Su sensibilidad literaria se formó leyendo y releyendo con paciencia a los grandes clásicos: «Mi gusto se desarrolló leyendo a los muertos, porque saben cómo reunir las cosas con elegancia. Mis alumnos suelen bromear cuando fallece algún autor famoso y me dicen: «Tal persona ya murió, Claire; ahora podés leerla». No es muy amable, pero es verdad».
Claire Keegan y el escritor y poeta argentino Jorge Fondebrider, en el escenario del Aula Magna de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Foto: Jiniva Irazabal, gentileza.Con su paso por Buenos Aires –guiada por el principio flaubertiano de estar presente en todas partes pero ser invisible, y por esa compasión chejoviana que se abstiene de juzgar–, Claire Keegan demostró que la literatura no requiere de grandes estridencias para conmover: basta con colocar la palabra exacta en el lugar preciso y permitir que el silencio revele lo esencial. «La exageración es deshonesta», concluyó, sintetizando su propia máxima.



