
Después de muerto, Juan Domingo Perón nunca pudo descansar en paz. Durante su velatorio en 1974 fue tratado con químicos para poder esperar la despedida más larga que se tuviera memoria. Durante el gobierno de su esposa y vicepresidenta, Isabel, su cuerpo fue reunido con el de Evita y se dice que tanto Isabelita como López Rega hicieron rituales nocturnos con los dos cuerpos. Y habría más.
El periodista y escritor Facundo Pastor posa en su casa. Foto: Pedro Lazaro Fernández.Con el golpe de 1976, una operación de inteligencia secreta los separó y, en 1987, tras uno de los mayores enigmas de la política argentina, robaron las manos de Perón, profanando su tumba. En El cuerpo de Perón (Aguilar), el periodista y escritor Facundo Pastor no sólo recorre e investiga estos hechos, sino que también se convierten en una metáfora sobre los últimos 50 años de historia argentina. Este sábado a las 20.30 presenta su libro en diálogo con el periodista Diego Iglesias, en la Sala Rodolfo Walsh.
–¿Por qué te interesó trabajar sobre el cuerpo de Perón específicamente?
–Desde 2022 vengo trabajando algunas zonas del peronismo con algún grado de vínculo con los 70, como una zona que cruza específicamente el peronismo con la ruptura constitucional y con el comienzo de la dictadura cívico-militar. Hice un libro sobre la desaparición de Rodolfo Walsh y otro sobre Isabel Perón, que no es una biografía sobre ella, sino que es como una suerte de crónica de lo que pasó la noche del 24 y lo que vino después, y de qué manera su silencio persiste hasta el día de hoy. Cuando escribí ese libro me había acercado a algunas escenas que tenían que ver con la muerte de Perón y lo que había pasado con su cuerpo. Este es un libro que dialoga con los otros dos desde dos aspectos. Primero, el silencio de Isabel y seguir indagando en ese silencio. La gente cercana a Isabel me decía que ella no había vuelto a ser la misma después de todo lo que le pasó al cuerpo de Perón. Y ahí entendí que al cuerpo de Perón le pasaron muchas más cosas que aquel atentado político donde le roban las manos. Por otro lado, me interesaba mucho una frase que Rodolfo Walsh escribe en la tapa del diario Noticias el 2 de julio del 74, cuando, sin usar una foto, sino sólo palabras, un título, una bajada y un copete, Walsh escribe: “La noticia tardará en volverse tolerable». Y esa idea de que una noticia tardará me pareció, primero, otro acierto periodístico de Walsh y, por otro lado, algo abierto, algo vigente, porque yo creo que la Argentina nunca superó la muerte de Perón. Con esas dos ideas empecé a trabajar este libro que abarca desde la muerte hasta el traslado que se hizo de sus restos a San Vicente en 2006.
–¿Lo que pasó con el cuerpo puede leerse como una metáfora de lo que pasó en la Argentina?
–Sí, sin duda. Trabajé esta suerte de novela histórica de no ficción con un protagonista central que es ese cuerpo, y ese cuerpo es una metáfora de los últimos 50 años de la Argentina, en tanto la idea de cómo se disputa ese cuerpo en distintos momentos de la historia argentina. Cuando lo terminé y mi editor lo leyó, quedó esa idea dando vueltas. Y también recorre la idea de cómo se disputan los cuerpos en la Argentina. Cuando en el velatorio en la Casa Militar, se les pidió a los médicos que lo estiraran porque había mucha gente afuera; cuando luego Isabel y López Rega se lo llevan a la Quinta de Olivos y lo ponen en una capilla, son maneras de querer apropiarse de ese cuerpo. Después viene el golpe militar y están ahí también los militares queriéndose apropiar de un cuerpo peronista y viendo de qué manera se lo sacaban de encima. Creo que hay una obsesión de algunos sectores conservadores de este país por los cuerpos peronistas. Se vio con la enfermedad y luego la muerte de Evita y su cuerpo: aparece una idea de dominación. Como si el poder necesitara corporizarse para poder ejercerse. Aparece algo más del orden ensayístico, filosófico, que no está volcado en el libro, pero que lo pienso ya con el libro terminado.
El periodista y escritor Facundo Pastor posa en su estudio. Foto: Pedro Lazaro Fernández.–Hablás del silencio de Isabel, ¿ese silencio se mantiene hasta hoy?
–Hay una escena que me acuerdo de cuando me la contaron. La escena es en 1987, cuando profanan la tumba de la bóveda de la familia de Perón y le roban las manos. Isabel vivía en España. La llaman, le cuentan lo que pasó y ella planifica un viaje a la Argentina. Cuando llega se reúne con Alfonsín y se abre la causa que hasta el día de hoy sigue abierta por el robo de las manos de su marido y, cuando se dispone a regresar a España y está en el aeropuerto de Ezeiza, el avión recibe una amenaza de bomba y la policía aeroportuaria para la salida de ese vuelo. Ella estaba arriba del avión, era un vuelo lleno de pasajeros, revisan todo y después de 4 o 5 horas permiten que ese vuelo salga. Cuando llega a España, sus colaboradores le avisan que habían entrado ladrones, o no estaba bien claro quién, a Puerta de Hierro. Le pide a su chofer que la lleve y cuando abren la puerta se encuentran con la residencia dada vuelta. Ella se desespera, le agarra mucho miedo, llama a una periodista del diario El País, la periodista llega con un fotógrafo, documentan todo lo que había pasado en la casa y cuando me cuentan eso accedí a las fotos que le sacaron porque me gusta mucho trabajar con esos documentos visuales para ver lo que se veía. Vi el desorden, la cara de ella, cómo estaba vestida y, en un momento determinado, cuando está en el medio de una sesión de fotos como si fuera una publicidad, una mucama la llama y le dice: ‘Señora, venga a la cocina que hay algo que le queremos mostrar’. Ella se acerca a la cocina y en la mesa redonda donde muchas mañanas desayunaban con Perón mirando el jardín, había en el centro de la mesa una estatuilla del Sagrado Corazón de Jesús que era parte de la casa, pero la estatuilla tenía las manos cortadas. Sus colaboradores le preguntan: ‘Señora, ¿qué está pasando?’. Y ella responde: ‘Son los mismos de siempre’. Fue esa respuesta la que me convenció de escribir el libro.
–¿Quiénes son ‘los mismos de siempre’?
–Mi interpretación, que no necesariamente es la misma que la de Isabel, es que hay sectores conservadores, sobre todo sectores vinculados a la inteligencia militar, que siempre han tenido una obsesión muy marcada por los cuerpos peronistas. Cuando uno revisa todo lo que pasó con el cuerpo de Evita, y esto está muy claro para mí en una de las piezas más importantes de la literatura argentina, que es el cuento Esa mujer de Walsh, ahí estaba la inteligencia militar. Durante la dictadura, Videla se desespera porque no sabía qué hacer con esos cuerpos, involucra a espías militares para sacárselos de encima. En la profanación de la bóveda de la familia Perón, la causa arroja que habría sectores de lo que se llamaba el temible Batallón de Inteligencia 601 y también ahí está la mano de la inteligencia militar. Entonces, me pregunto si cuando Isabel decía ‘son los mismo de siempre’, se refería a esos sectores. Yo hago esa interpretación y veo esa línea de tiempo y siempre aparecen los mismos sectores involucrados.
–¿Podrían ser también los mismos del golpe del 55?
–También, claramente. Cuando le mandé mis preguntas a Isabel respecto a quiénes son los mismos de siempre, la respuesta fue: ‘Algún día la señora lo va a explicar’, y hasta el día de hoy no lo explicó.
–¿Qué aportaron todos tus años de ejercicio del periodismo para escribir el libro?
–Me parece que hay una búsqueda de escritura bastante visual. Me reconozco poniendo la mirada en un detalle o en un dato, que siempre es parte de un dato de la realidad, que me permite construir escenas. Es una escritura escénica, visual, y posiblemente eso tenga que ver un poco con mis otros trabajos. Escribo como pienso que va a ser grato para el lector. La descripción y el dato tienen esa potencia que hacen que quieras seguir leyendo. Lo que investigo y averiguo me deja pensando, quedo invadido por la escena por unos días y eso quiero transmitir. La mesa redonda con una estatuilla del Sagrado Corazón de Jesús, con toda una casa dada vuelta, de una mujer que venía de abrir una causa porque le habían robado las manos al cadáver de su marido, sea Perón, sea Isabel, sea quien fuera, me parece una escena súper potente que a mí me dejó casi una semana dando vueltas. Es una escena que bien podría ser de una novela de ficción.
El periodista y escritor Facundo Pastor posa en su estudio. Foto: Pedro Lazaro Fernández.–¿Venís de una familia peronista?
–No, no vengo de una familia estrictamente de militancia peronista. Mi padre era más bien radical, pero sí mi abuelo, que estuvo en el ejército cuando era muy jovencito, tenía arraigado ese momento de auge del peronismo, aunque él estaba en un rol administrativo, trabajaba en el ejército como archivista. Pero lo he escuchado contar un montón de anécdotas respecto a lo que pasaba cuando de repente Perón visitaba alguna oficina oficial. Siempre había una anécdota familiar de que mi abuelo le daba mate a Perón y esa imagen quedó dando vueltas. Si bien no vengo de una familia peronista, mi familia tenía mucho interés por la política, sobre todo mi padre, muy lector de libros y de diarios.
–¿Qué importancia tiene la lectura para poder tener pensamiento crítico, ¿no es cierto?
–Sí, creo que como están dadas las cosas hoy, concentrar la atención en un libro o en la lectura es casi un hecho político. Hay que ponerse más terco, más tozudo y decir: ‘Voy a sentarme a leer’, tomarte 40 minutos, media hora, una hora para sentarte en algún momento del día a leer un libro. A esta altura es un hecho de militancia política. No un hecho político en contra de algo o de alguien, sino en contra de quienes quieren quitarnos la atención y la concentración, que no es poca cosa. Porque el tema de la desatención y la desconcentración es que se fue filtrando también en los vínculos humanos.
Facundo Pastor presenta El cuerpo de Perón este sábado a las 20:30 en la sala Rodolfo Walsh.



