En una pizzería del microcentro porteño, el escritor Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977) toma un café. La luz del otoño indica que es pasado el mediodía. En unas horas, Katchadjian se irá a su trabajo de docente universitario (“Me divierte dar clases, es el trabajo que se me fue dando”), pero antes dice lo siguiente.

El escritor Pablo Katchadjian. Foto: archivo Clarín.

“Hay algo raro de escribir y es esto: siempre que termino un libro siento que por ahí no voy a poder escribir más otra cosa. Y cuando empiezo a escribir un libro nuevo pienso que por ahí es una basura, y mientras lo escribo dudo mucho si estará bueno o no. Cuando lo termino pienso si ese libro será el mejor o el peor o quizá no será nada. Hay una frescura en ese momento que solo se encuentra cuando estás inseguro de vos mismo, de sentir que no estás en ningún lugar. De hecho no estás en ningún lugar. Si vos creés que estás en algún lugar algo te lo va a desmentir enseguida».

El recorrido de Katchadjian en la literatura argentina tuvo cun comienzo que podría calificarse de habitual ya que empezó dentro de la poesía: publicó cuatro libros y hasta tuvo su propia editorial, Imprenta Argentina de Poesía.

A partir de acá, las cosas comienzan a ponerse un poco extrañas, se podría decir saludablemente extrañas. Saca libros que son, en esencia, procedimientos que pueden leerse como divertimentos, objetos literarios inclasificables o desafíos extremos para lectores desprevenidos. Ahí están El Martín Fierro ordenado alfabéticamente, Mucho trabajo y La cadena del desánimo para demostrarlo. El quiebre, en su camino, vino con la salida de El Aleph engordado.

Un juicio ganado

Hubo un juicio de María Kodama por plagio que resultó a favor de Katchadjian. Y este momento, demasiado público, agotador y absurdo, podría haber derribado a cualquier otro escritor. Sin embargo, Katchadjian siguió adelante y lo que vino después fue una seguidilla de novelas y relatos (Qué hacer, Gracias, La libertad total, En cualquier lado, Amado señor, El caballo y el gaucho, entre otros) que tiene como norma y fuego interno el hecho de que son historias donde nada detiene la deriva y peripecias de sus protagonistas.

No se trata de la famosa fuga hacia adelante, sino de narraciones sólidas donde hay mucha trama, pero donde lo discursivo hace que el lector constantemente se sienta desestabilizado respecto de lo que está leyendo. Y ahí reside, en ese tipo de prosa que viene ampliando Katchadjian en cada texto, reside la belleza de su obra. Lo que nos lleva directamente a su último libro publicado Medio real (Blatt & Ríos).

Dice Katchadjian sobre su momento actual como escritor con un gran pasado, pero también con mucho por hacer: “Hay una acumulación de textos, sí, algo así como una suerte de técnica incorporada, y de cierta seguridad de arrojarte a resolver narraciones de maneras inesperadas para vos. Pero lo que creo que es importante para mí es animarme a estar cada vez más inseguro. Meterme en lugares donde no sé qué hago y seguir adelante de todas formas. Y siempre estoy pensando en hacer algo distinto y no sé bien qué es eso».

Medio real nos trae a un protagonista que deja las drogas y los excesos para emprender un viaje hacia el Nuevo Mundo. Ese es el inicio. Lo que viene después es un viaje hacia esa promesa de liberación en una tierra desconocida. También se trata de un relato que tiene a la lectura y a la escritura como elementos importantes. De ahí que el título pueda referirse a un cuestionamiento tan antiguo como actual: ¿con qué palabras contar la novedad absoluta?

Un encuentro con Katchadjian para hablar de esta nueva historia que retoma algo que se profundiza con cada nuevo libro: la confianza total en que la literatura todavía importa.

–Aparece nuevamente este enfrentamiento conceptual entre la libertad y la esclavitud. ¿Tiene que ver con un cuestionamiento filosófico que te acompaña hace tiempo?

–Yo lo veo también, pero casi que lo veo como lector. Me pasa que estoy escribiendo y digo, ¡oh, apareció un esclavo! ¡oh, la libertad otra vez! No escribo con un plan para tratar un tema. Salvo en esta, quizás sí pensé que estuviera. Me gustan mucho los relatos de la época de la conquista de América, ese tipo de relatos que son medio brutales. Pero más allá de eso nunca sé bien adónde voy. No hay un tema al principio. Después el tema va apareciendo y le presto atención a ver qué aparece. Uno se propone algo y no está preparado para hacerlo. Entonces es como si lo que querés hacer te pidiera a vos que te transformes para poder hacerlo y que te transformes mientras lo hacés. Es una propuesta de transformación.

–Pensaba si esta metamorfosis tiene que ver con una búsqueda de liberarse de los formatos establecidos que siempre se relaciona con tus textos. ¿Eso empezó con tu banda punk adolescente?

–Tener una onda punk adolescente no es ser un punk, es como una aspiración. Conocí punks y yo no me animaba a ser así. Como que uno se va liberando de a poco. Y tal vez sí, es el mismo impulso de incomodidad, de sentirte un poco fuera del lugar y querer cambiar algo para estar más cómodo. En el libro anterior, Una oportunidad, yo defendía la idea de buscar la zona de confort. Vos querés estar cómodo, no querés estar incómodo. Alguien que dice que querés estar incómodo es alguien que dice, el mundo está perfecto, cada tanto tenemos que incomodarnos. No, estamos todos re incómodos, el mundo es un desastre y tenés que hacer esfuerzos enormes para encontrar lugares donde poder moverte.

El escritor Pablo Katchadjian. Foto: archivo Clarín.

–Antes de venir para acá vi que alguien en X recomendaba Medio real y decía que se había reído mucho. ¿Qué te sucede con esas reacciones?

–Cuando alguien me dice que se divirtió me asombra y no, porque por un lado yo me divierto con las cosas que me gustan, me parece que está bueno que te diviertas, pero muchas veces la cosa es con qué te reís. Vos te reís con un chiste, pero también te reís cuando algo te parece raro o con cosas que no son cómicas. Yo no trato de hacer reír nunca. Yo tengo como una vieja idea que culturalmente no estamos habilitados para expresar que algo es dos cosas: gracioso y emocionante. Muchas veces cuando alguien me dice me divertí, pienso, ¿y qué más? Y me dicen nada más, y pienso, bueno, qué lástima. Me acuerdo de una cosa que decía Rothko, que le decían “vos trabajás con los colores». Bueno, si pensás eso está bien, pero yo creía que trabajaba con las emociones. Yo cuando escribo novelas me pasan un montón de cosas, y en ese sentido me pasa que si alguien se divierte me sorprendo, y a la vez pienso, bueno, qué sé yo, cada uno también puede reaccionar. Eso es lo lindo de los libros. Puede gustarle a alguien, a otro no, alguien se puede divertir. Me pasa muchas veces con el mismo libro que alguien me dice qué divertido, y otra persona me dice qué oscuro. Yo creo que el lugar que más me interesa es eso de que algo sea oscuro y a la vez que sea amable. Hay algo de timidez en eso. Como si me diera un poco de vergüenza decir, quiero venir a plantear algo oscuro. También es divertido, tranquilos. No los quiero molestar tanto.

–¿Cómo trabajás la prosa para que genere incertidumbre al lector en momentos donde necesita certezas?

–Yo quiero escribir. Es algo que hago y me gusta hacer o por algún motivo termino haciendo. Y en ese sentido pienso que no tengo por qué hacer nada que no tenga ganas de hacer, nada que no quiera. Nadie está esperando nada. En general, son las formas que se te imponen. Como, bueno, ahora viene el momento de la descripción. Y no viene nada. Entonces a veces me pasa que estoy escribiendo y digo, bueno, ahora se bajó del barco y no tengo ganas de describir. Entonces, ahí aparece el narrador y dice, no tengo ganas de describir. En realidad soy yo que no tengo ganas de describir. Ahí empieza a aparecer esa cosa metanarrativa casi. Pero que siempre trato de meterla dentro del relato, saltemos directamente a lo otro. O pongo algo y digo, por ahí no está tan bueno eso. Bueno, en vez de sacarlo, que dude el mismo narrador si estaba bien lo que dijo y que quede todo como en suspenso. Y en ese suspenso ya no va a ser muy raro. No se trata de exhibir un recurso en sí como procedimiento, eso no me interesaría.

–¿Medio real tiene que ver con la imposibilidad de ver la realidad en su totalidad o que la realidad es muy inestable para percibirla bien?

–Para hacer una realidad tan dudosa está bueno que la trama sea firme porque si no te queda otro tipo de libro. Puede estar muy bien también pero se te vuelve todo como vaporoso. Cuando era chico leí un texto de Lukács y decía que el arte es algo así como la selección de lo útil y la supresión de lo inútil, y yo pensé, está equivocadísimo. Y ahora cada vez más pienso eso. Hay algo como de responsabilidad, como de hacerte cargo de las cosas que vas poniendo y eso termina haciéndote armar trama. Si puse esto acá, para qué lo puse. Entonces lo uso, y se te empiezan a hacer unos hilos que se cruzan y eso es lo que produce ese efecto de aventura, de peripecia, que las cosas están encadenadas. Porque si fuera una huida hacia adelante sin trama sería como otro tipo de libro, pero acá viste que lo que pasa al principio tiene que ver con lo que pasa al final y lo que pasa en el medio también, está todo como cruzado y es porque me produce un placer enorme cuando algo que puse sin saber para qué era, sirve y resuelve.

–Tus libros transmiten cierto goce de la escritura.

–Es un placer estar haciendo algo que no entendés qué es y que te llena de un tipo de alegría medio pura y luminosa a la vez.

El escritor Pablo Katchadjian. Foto: Diego Waldmann, archivo Clarín.

Medio real es una historia sobre la lectura y sobre la escritura también.

–Eso sale de la lectura de libros del 1500, 1600, 1700, y también de libros de historia sobre cómo escribían estos aventureros. Se habla de las prácticas de escritura de estos tipos y muchos aprendieron a escribir en el ejército para relatar sus aventuras. Me gustó un narrador que cuenta en qué momento empezó a escribir. Y eso es bastante realista, preciso en función de lo que leí y de hecho, casi que en el libro las cosas más raras son leídas o tomadas de este tipo de textos. Por otra parte, la idea de la huida a América del protagonista, y que sea un adicto no es de época sino que es Luca Prodan. Es cruzar dos tipos de tramas.

–¿Cómo estás con la poesía actualmente?

–Estuve mucho tiempo sin escribir poesía, porque es otra cabeza. Y el año pasado, después de terminar Medio real, me puse a escribir poesía. Me salieron algunas cosas pero no me convencieron. Evidentemente no tengo ganas. Si tuviera ganas seguiría escribiendo poesía hasta que seguro aparece un momento, un acercamiento a la experiencia de escribir poesía que es como entrar en una casa en que no se puede estar mucho tiempo. Lo que sigo haciendo mucho es tocar instrumentos. Para mí o con amigos, en eso nunca paré. Toco cuerdas: violín, oud y la guitarra, que fue lo que más estudié. Improviso, hago canciones y es todo para divertirme. Es bueno cuando te cansás de escribir porque es muy distinto.

Pablo Katchadjian básico

  • Nació en Buenos Aires en 1977.
  • Publicó La cadena del desánimo (Blatt & Ríos, 2012), Gracias (Blatt & Ríos, 2011), Mucho trabajo (Spiral Jetty, 2011), Qué hacer (Bajo la luna, 2010), El Aleph engordado (IAP, 2009), El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (IAP, 2007).
  • También tres libros de poesía: el cam del alch (IAP, 2005), dp canta el alma (Vox, 2004) y, en colaboración con Marcelo Galindo y Santiago Pintabona, los albañiles (IAP, 2005).

Medio real, de Pablo Katchadjian (Blatt & Ríos).