«¿Soy un odontólogo que mata por gusto o un asesino que de lunes a viernes se dedica a quitar sarro, curar encías y extraer muelas?«. Miguel Kresnica es dentista. Pero no uno cualquiera: uno muy particular que colecciona dientes de sus víctimas: «No hay dos dientes iguales», dirá, «eso hace que sean útiles para la identificación de personas». Kresnica es un personaje perturbador y perturbado, oscuro y pesimista –»¿Quién pidió existir?», se pregunta–, y además de asesino, es un suicida fracasado. Una suerte de Hannibal Lecter criollo que bien podría haber salido de la pluma de Carlos Busqued –no en vano citado al comienzo de la novela en cuestión, El que no sabe morir soy yo–, pero que salió de la mente de David Muchnik.

¿Es acaso David Muchnik un avezado odontólogo profesional? No. Es terapeuta gestáltico. Aunque antes fue muchas otras cosas: estudiante de cine, redactor publicitario en Nueva York, San Francisco y Los Ángeles, counselor bilingüe en el Centro de Prevención de Suicidio de Los Ángeles, traductor del libro Magia para principiantes, de Kelly Link, y, el año pasado, finalista del Premio Clarín Novela con una obra aún inédita. El que no sabe morir soy yo, ahora editado por La Crujía, ganó en 2024 el Primer Premio de Narrativa del Fondo Nacional de las Artes.

–¿Cómo nació este thriller psicológico?

­–Recordé una muestra de Sophie Calle, una artista francesa, que me dejó marcado. Era una colección de cartas que recopilaban la correspondencia entre ella y su expareja. Las cartas estaban todas pegadas y, al leerlas, uno veía la evolución de su relación hasta llegar a una ruptura muy cruda. Una segunda muestra era un proyecto donde ella trabajó como empleada de limpieza en un hotel de una ruta en Francia. Antes de limpiar las habitaciones, las fotografiaba e imaginaba a quienes las habían habitado. Creaba historias a partir de los detalles. Empecé a hacer algo similar con los autos estacionados: me acercaba para observar su interior. Miraba cómo estaba organizado, si era impecable o desordenado, si tenía algún vaso, ropa tirada, la crucecita colgando o algún objeto. Trataba de imaginar quién podría conducirlo y cómo sería su vida. En algún momento, pensé en un dentista. Imaginé cómo sería observar el interior de la boca de un paciente, como si al abrir la boca se pudiera ver la casa o la vida de alguien.

"El que no sabe morir soy yo", de David Muchnik (La Crujía).

–¿Fue una ardua investigación sobre odontología?

–Pasé un par de meses estudiando. Busqué trabajos de universidades de México y España. Solía revisar estudios de odontología e imágenes, buscando más allá de lo técnico. Me interesaba encontrar cierta musicalidad en las enfermedades odontológicas, algo que tuviera un toque peculiar: divertido, un poco tétrico y oscuro. Como si el dentista pudiera interpretar tu vida a través de lo que ocurre en tu boca, de la misma forma en que algunos leen la borra del café.

–Tenemos un personaje que es asesino y suicida a la vez. ¿Cómo surgió?

­–Trabajé en el Centro de Prevención del Suicidio mientras viví en Estados Unidos. Llegué a hablar con unas 1500 personas en diversas situaciones. Hubo una experiencia que me marcó: una persona me confesó que había pensado mucho tiempo en quitarse la vida, pero que un día reflexionó: «Si me matara a mí mismo, estaría matando a la persona equivocada». Esa frase me impactó, porque pensé que podía estar conversando con alguien peligroso, que podía ser un asesino. Por supuesto, hubo un seguimiento adecuado de esta situación, pero esa charla me dejó pensando. Cada conversación con alguien en riesgo es sumamente íntima, porque estas personas te cuentan cosas que no comparten ni con su psicólogo ni con nadie más.

–¿Cómo se trabaja en un centro como ese?

–Los que trabajan son instruidos para acercarse al mundo de los demás, no con el objetivo de convencerlos, sino para empatizar con el sufrimiento que atraviesan y validar lo que sienten. Me acuerdo de que en el primer día de entrenamiento a todos nos hicieron la misma pregunta: «¿Cree que la gente tiene derecho a quitarse la vida?». Quienes responden que no, no pueden trabajar ahí. Porque cuando una persona considera terminar con su vida, no es porque desee hacerlo necesariamente, sino porque siente que ya no puede más. Es fundamental entender esta perspectiva, sin juzgar, y reconocer que el sufrimiento puede llevar a ese límite. No hago una apología del suicidio; más bien, por el derecho a decidir. Hay lugares en el mundo donde no solo se acepta este derecho, sino que además se facilita, intentando reducir el dolor y haciéndolo más «llevadero». En Suiza, por ejemplo, existe una organización llamada Exit que ofrece un espacio especializado para quienes toman esta decisión.

David Muchnik nació en Buenos Aires en 1976. Foto: Juano Tesone

–¿Qué es lo que te convoca de estos temas?

–La angustia humana es lo que más me interpela, como terapeuta y como ser humano. Ser escritor implica atreverse a adentrarse en esos territorios. Todos seguimos patrones similares: vamos a la escuela, nos moldean según ciertos valores con una visión binaria de las cosas, clasificando todo como bueno o malo. Pero las personas pueden experimentar emociones tan profundas que ni siquiera tienen palabras para describirlas. Pienso, por ejemplo, en Dostoievski y su Crimen y castigo. Ese libro es como recibir una patada en el estómago; la obsesión que refleja es brutal, los pasos hacia la casa de la anciana… En mi novela, es el dentista planeando sacar la muela del cadáver de su ex.

–Mencionás a Dostoievski y la novela empieza con un epígrafe de Busqued: «Me gustaría ser una persona». ¿Qué otros referentes te acompañaron?

–Es genial, ¿cómo superar eso? La novela Magnetizado me acompañó mientras escribía. La leía, o más bien la releía, intercalando momentos de escritura con fragmentos del libro. Era como un dulce que me ponía a tono. Redacté esta historia en apenas cinco meses, en 2024, y la envié al Fondo Nacional de las Artes, donde ganó el Primer Premio de Narrativa. Luego, comencé con otra, que fue finalista del Premio Clarín el año pasado e incluso Mariana Enriquez, que fue jurado del Premio, destacó mi manuscrito como «una criatura muy oscura y profundamente nacional».

Humor y terapia

–¿Qué permite contar el humor negro en un thriller psicológico?

–El humor que despierta una carcajada profunda y visceral nace de tocar una fibra conectada al sufrimiento. Está también la risa más «intelectual», vinculada a la astucia, cuando hay juego de palabras o un giro inesperado y nos sorprende. Luego está ese otro humor, el que viene desde un lugar más crudo. Pienso en Woody Allen, que se desnuda a través de su humor, y se ríe de sus propias obsesiones. Esa capacidad de mostrar una obsesión, exagerándola ligeramente, logra conectar con nosotros. Creo que mucho del humor surge de exagerar el sufrimiento. Dentro de la arquitectura del drama, las paredes son más rígidas. En el humor, las paredes son un poco más blanditas. Esto lo trabajo mucho en terapia con pacientes. Le puedo pedir a una persona que está contando algo dramático, siempre y cuando haya confianza, que lo diga más exagerado. Y el drama se termina convirtiendo en una oportunidad de reírme de mí mismo.

–¿Por qué hacés terapia gestáltica y no psicoanalítica?

–Ofrece otros recursos diferentes a los del psicoanálisis, y la elección de cada uno depende del momento en que se encuentra. El psicoanálisis, en general, va hacia atrás para ver cómo algo del pasado te afecta hoy. Y se hace a través del habla. Pero Wilhelm Reich, discípulo de Freud, observó que no solo hablamos con palabras, sino también con nuestro cuerpo y gestos. Existen otras alternativas como la Gestalt, el psicodrama o terapias basadas en herramientas artísticas, teatrales o literarias que ofrecen maneras de abordar aquello que, muchas veces, resulta difícil de verbalizar. Cuando comunicamos nuestras experiencias, lo hacemos con relatos pulidos donde presentamos una versión conveniente de nosotros mismos. Pero el cuerpo también revela cosas y es ahí adonde estos enfoques apuntan. Es cercano al psicodrama, que permite conectar con emociones y situaciones desde un lugar distinto al discurso habitual. Entre los 18 y los 23 años, antes de irme a los Estados Unidos, participé en terapia grupal y psicodrama. Fue un antes y un después, yo era un chico callado y resultó una experiencia transformadora.

–¿Qué pasa con los malos, como Kresnica, qué empatía generan?

–Lo que más me interesa, tanto como lector como escritor, es el villano, el malo. Porque el malo carece de moral, y ahí es donde encuentro una libertad absoluta al escribir. El héroe, en cambio, está limitado: tiene reglas, códigos, como Batman, que no puede matar. Pero el Guasón se ríe en nuestras caras. Es malo, pero al mismo tiempo es irresistible, fascinante. La maldad no tiene moral, y el arte tampoco debería tenerla. Porque si el arte se forma bajo reglas morales, pierde su esencia y se vuelve rígido. Por eso disfruto tanto trabajar con lo monstruoso, con lo que reprimimos. Creo que mucha gente disfruta de los personajes malvados como un «permitido».

–¿Desde esa amoralidad surgen las escenas más truculentas?

–Cuando escribo, busco perderme en el proceso, dejar de lado el control y permitir que las ideas fluyan. Después llegará la etapa de revisar, corregir o reescribir. En las novelas que escribí busqué sentirme incómodo. Quería explorar territorios donde habitan mis propios temores o inseguridades. Me inspiro mucho en una frase de Philip Roth que dice: «Escribí como si todas las personas cuya opinión te preocupa estuvieran muertas». Esto me permite meterme en escenas que podrían parecer tabú: sexo, violencia, narcisismo, egoísmo. Jugando incluso con lo que me daría vergüenza. Porque aunque no soy mis personajes, algo mío está en ellos, siempre desde la ficción. Me permití escribir sobre un dentista chusma, obsesionado con las bocas de sus pacientes, que opina como un panelista y guarda los dientes como souvenirs. Me permití escribir personajes con defectos y conductas cuestionables. Porque al final es eso: un juego, algo ficticio.