
“El desamor no es el hachazo que corta el vínculo, es el amor deshaciéndose, parte de su propio ciclo. Es un desamor a última vista: ese momento de conciencia total en el que mirás al otro y decís ‘no te quiero ver más”, intenta explicar el escritor y académico Martín Kohan (Buenos Aires, 1967) el motor de La separación, su última novela.
El escritor y académico Martín Kohan. Foto: Victoria Gesualdi.“Me propuse escribir sobre algo que claramente no se sabe en qué consiste –confiesa en una de las mesas de un café de Villa Crespo–. En las separaciones siempre se pregunta ‘¿qué pasó?’, y a veces la respuesta más inquietante es ‘nada‘. Y, sin embargo, en esa nada pasó algo. El desamor es, en definitiva, eso que de pronto deja de pasarte”.
–En el libro aparece una distinción gramatical sobre el final de una relación que parece marcar un antes y un después en la conciencia. ¿Cómo fue ese aprendizaje personal entre el «con» y el «de»?
–Fue una marcación que recibí en una de mis propias separaciones. Yo decía “me estoy separando con…” y me marcaron que no es “con”, es “de”. Es lo primero que uno tiene que hacer sin el otro: separarse de él. A veces usamos la ironía o cierta distancia como protección, pero cuando abrís esa zona aparece una fragilidad muy grande. El desafío fue escribir sobre algo que uno mismo tampoco termina de entender del todo: cómo es que el amor se acaba y cómo le pasa eso a uno.
–También aparece una reacción contra esta época donde los algoritmos pretenden garantizarnos la pareja ideal como si completáramos un formulario de Excel.
–Absolutamente. Esta época pretende pautar y controlar los espacios de seducción mediante formularios de deseos. Llenás un casillero con lo que querés: que le guste el cine, que coma tal cosa… y el algoritmo te indica tu candidato con una ilusión de garantía. Pero el amor tiene algo completamente contingente. Podés encontrar a alguien que cumpla todos tus requisitos y no sentir nada; y de pronto aparece alguien que come en McDonald’s y no tiene idea de cine, y te pasa algo totalmente inesperado. El amor es, como dice el tango «Malevaje», desconocerse: “no sé más quién soy”. Hay una descolocación ahí que me interesa mucho. Y me parece que esta época, tan empeñada en evitar el riesgo, también intenta evitar esa parte más incierta de los vínculos.
–Con tu pareja, Alexandra Kohan, compartís búsquedas y una sintonía intelectual. Ella es la autora de, Sin embargo, el amor, donde dice: “El deseo puede proliferar ahí donde se suspende la pretensión de garantías…”. ¿Cómo fue transitar ese diálogo entre tu ficción sobre el desamor y tu mirada sobre la zona inescrutable del deseo?
–Fue un punto de encuentro muy especial porque, aunque tenemos formaciones y escrituras muy distintas, inevitablemente aparecen cruces. Alexandra planteaba en su libro algo con lo que coincido mucho: que el amor no necesariamente tiene que ver con el reconocimiento mutuo o con sentirse completado. A veces pasa más bien al revés. Hay algo del desconocerse, incluso de no terminar de entender quién es uno ahí, que forma parte de la experiencia amorosa.
–Le dedicaste La separación y no puedo dejar de pensar que Alexandra es psicoanalista.
–Sí, fue una gran duda. Ella misma me preguntaba: «¿Es de mal agüero o es un conjuro?». Yo le decía que sería de muy mal gusto que me deje justo después de dedicarle una novela sobre el desamor. Pero, más allá de la broma, hay algo en ese diálogo que me interesa preservar; a veces le digo cosas, aunque tampoco quiero preguntar demasiado para no romper el embrujo. Ambos escribimos bastante a contrapelo de los manuales de autoayuda. No nos interesa tanto dar respuestas como dar vueltas alrededor de algo que probablemente no se termina de resolver.
–¿Sentís que hay una educación sentimental, especialmente en los varones, que los obliga a ser «cancheros» frente al dolor de la pérdida?
–Hay algo en la formación del patriarcado que nos insta a ser cancheros, como si no sufriéramos tanto cuando sufrimos. Existe esa idea de «dejá que pase un momento y volveremos a querernos», como si el tiempo fuera a resolverlo solo. Yo creo que durante mucho tiempo la música sentimental fue una especie de zona permitida para la sensibilidad masculina, algo que quedaba vedado en otros ámbitos frente a cierta idea del “malevaje”. Mi novela Bahía Blanca era más extrema en ese sentido, sobre la locura del que no puede entender que lo dejaron de querer; acá el punto es más silencioso, más ligado al desgaste.
–Ese «desgaste» del que hablás en la ficción parece haberse trasladado al aula. En tu caso, como docente de la UBA ¿Cómo sostenés el deseo de enseñar cuando la realidad parece exacerbada con la universidad pública?
–Es un desastre y es muy desgastante. Existe un imaginario que supone que el docente busca el paro, pero es exactamente al revés: tenés el curso preparado, la bibliografía organizada, pensaste las clases, y es muy frustrante perderlas. Estamos viviendo un momento muy extraño, con algo incluso de distopía. Y el daño es enorme, sobre todo para quienes no tienen demasiados márgenes de maniobra. Los salarios nunca estuvieron bien, pero ahora el deterioro es muy fuerte. Entonces muchos docentes tienen que multiplicar trabajos y eso termina afectando algo básico: el tiempo para leer, preparar clases, seguir pensando. Y cuando ese tiempo desaparece, algo empieza a apagarse también.
–Ese es el famoso «tiempo invisible» del que nadie habla.
–Exacto. El otro día, en una clase sobre Jean-Paul Sartre, una estudiante me preguntó por Roberto Bolaño. Pude retomar y desarrollar el planteo porque había pasado parte del sábado leyendo Los detectives salvajes. Ese tiempo de lectura después entra al aula, aunque el sistema no lo reconozca como trabajo. Hoy todo parece medirse por horas formales o acreditaciones administrativas, pero hay una parte del trabajo docente que pasa por otro lado y que no entra en ninguna planilla.
El escritor y académico Martín Kohan. Foto: Victoria Gesualdi.–¿Qué es lo que más te alarma de la postura actual del Estado frente a la universidad pública?
–Que el aparato y el poder del Estado se hayan orientado frontalmente con el propósito de dañar la educación es algo que yo no había vivido nunca. No estamos discutiendo proyectos o alternativas; hay un proceso de destrucción muy evidente. Y no es solamente económico. También hay un vaciamiento de estímulos culturales y de espacios de pensamiento. Ya se empieza a ver en el cine que no se hace, en el teatro que se desfinancia. Hay cosas cuyo valor no puede medirse solamente por el impacto inmediato en el mercado. Si ese hubiera sido el único criterio, probablemente hoy no tendríamos ni a Jorge Luis Borges ni a Leonardo Favio.
–Aprovecho que nombraste a Jorge Luis Borges para hablar de Lo que entiendo por Borges (Godot), que reúne años de lecturas. ¿Qué buscás al agrupar estos textos que van desde el ensayo de largo aliento hasta la viñeta mínima sobre un adjetivo?
–La idea fue revisar, seleccionar y reunir distintos materiales que fui escribiendo a lo largo de los años para ofrecer una mirada que no sea la del fetiche. Borges no escribió solamente una obra, escribió una literatura, y eso produce un efecto casi abrumador: pareciera que ya escribió todo. Con Godot buscamos mostrar tanto las elaboraciones críticas más extensas como esos detalles mínimos, casi gestos, que aparecen en el uso de la lengua. Me interesa correr un poco esa figura demasiado solemne, ya sea para reivindicarla o para atacarla, y volver a los textos.
–Suele decirse que Borges es un escritor «cerebral» y frío. Sin embargo, vos bromeás con dictar un curso titulado «Sexo y violencia» basado en su obra. ¿Dónde está ese Borges corpóreo que nos negamos a ver?
–Es que se construyó una admiración muy inhibitoria alrededor de Borges, ligada a la erudición y la solemnidad, y eso dejó bastante afuera la dimensión más pasional o incluso más paródica de su escritura. ¿Cómo se puede decir que no hay cuerpo o sentimientos en Borges? Si tomás cuentos como «La intrusa» o «Emma Zunz», hay una carga de violencia y deseo muy fuerte. Incluso en «El Aleph», detrás de toda la maquinaria conceptual, late una pasión amorosa desesperada por Beatriz Viterbo.
–¿Por qué persiste la imagen de un Borges «extranjerizante» o elitista cuando sus textos están plagados de mitología popular?
–Porque se cristalizaron ciertos estereotipos: el Borges anglófilo, el de la biblioteca, el de los laberintos. Pero cuando uno vuelve a los textos, la construcción de lo popular aparece todo el tiempo. Su mitología de las orillas y los cuchilleros es una de las más fuertes de nuestra literatura. Es cierto que leyó el Quijote primero en inglés, pero eso no lo hace menos argentino. Más bien desarma una idea bastante rígida de identidad nacional.
El escritor y académico Martín Kohan. Foto: Victoria Gesualdi.–En tu libro Argentinos, ¡a las cosas! (Seix Barral) mencionás que la identidad es algo que «acontece». ¿Cuánto le debe esa idea a la concepción borgeana de lo nacional?
–Muchísimo; de hecho, esa fue la condición de posibilidad que me permitió escribir el libro. Para Borges, la identidad no es una esencia trascendente sino algo que sucede. No hace falta sobreactuarla ni declararla permanentemente. En el comienzo de «El Sur», por ejemplo, lo argentino aparece en un cruce de tradiciones, en cierta vacilación incluso. Y esa dinámica me resulta mucho más interesante que cualquier definición cerrada.
–Para los escritores que vinieron después, Borges fue un dilema. ¿Cómo se sale de esa presencia tan abrumadora?
–Varios escritores lograron resolver ese dilema para que los que vinimos después pudiéramos escribir con aire. Manuel Puig abrió un mundo completamente ajeno al universo borgeano, y Ricardo Piglia lo resolvió borgeanamente: usando las estrategias de Borges para desactivarlo desde adentro. Se trata de poder manejar esa sensación de que él ya escribió incluso la novela que uno todavía no empezó.
–¿La identidad es algo que se afirma o algo que se pierde?
–Para mí, la identidad no es una esencia eterna ni algo fijo. También se transforma, entra en crisis, se revisa. Por eso en el libro hablo de la hélice de un barco hundido o de un mural de Diego Maradona el día de la derrota. La identidad también está hecha de lo que se pierde.
–¿Sentís que hay un intento de apropiación de «lo argentino» por parte de ciertos sectores que excluyen al resto?
–Siempre existe esa tensión. Pasó con Borges y el nacionalismo de los años 30; él corría las cosas de lugar, y eso hacía que algunos lo consideraran ‘antiargentino’.” Hoy vemos algo parecido cuando se usa la bandera para excluir al otro. Pero lo argentino es bastante más complejo que una definición cerrada. La única identidad que estoy dispuesto a esencializar es la de Boca Juniors; todas las demás son dinámicas.
–En el lenguaje político actual parece haberse estatizado el insulto. ¿Qué le hace esto a la posibilidad de discutir ideas?
–Cuando vos insultás, anulás la discusión. No solo impedís acuerdos: impedís incluso la polémica. Para discutir tenés que darle lugar a la palabra del otro; si lo insultás de entrada, la conversación desaparece. Me preocupa esa idea de que hay que “aprender a soportar” o tener la “piel gruesa”, como si fuera una virtud acostumbrarse al maltrato. Yo creo más bien lo contrario: hay que tener la piel finita.
El escritor y académico Martín Kohan. Foto: Victoria Gesualdi.–Hablemos de fútbol, tu otra gran pasión. ¿Te resistís al VAR?
–El VAR es una ilusión de que no haya error, y esa ilusión fracasa todo el tiempo. Es parecido a lo que pasa con el algoritmo en el amor: la pretensión de eliminar el riesgo y la contingencia. Me acuerdo de una profesora de matemática que a un compañero le dio 36, el resultado correcto, aunque había sumado mal los pasos previos. “Acertó, pero por error”, dijo ella. El amor y la vida tienen bastante de eso: a veces uno suma mal y el resultado da bien. Esa imperfección es muy humana. Yo prefiero que me caguen tres en la cancha antes que estos ocho que están en un set de televisión y te cagan igual mirando milimétricamente un hombro o un pie.
Martín Kohan básico
- Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires.
- Publicó libros de ensayo, de cuentos y novelas antes de ganar, en 2007, el Premio Herralde de Novela con Ciencias morales, llevada al cine en 2010.
- Posteriormente publicó Cuentas pendientes, Bahía Blanca, Fuera de lugar, Confesión y La separación.
La separación, de Martín Kohan (Anagrama).



