
Como artista independiente y desde los márgenes del sistema del arte, tan exigente y exquisito como el circuito vienés, el artista realista argentino Helmut Ditsch bien puede decir que es profeta en tierra de adopción. En la Argentina, su tierra natal, el pintor nacido en Villa Ballester también lo es, claro que no en el territorio acotado de la Casa Rosada.
El artista plástico Helmut Ditsch. Archivo Clarín.De visita en Buenos Aires para visitar a su familia –padre y hermanos– y un largo etcétera de amigos, colegas y seguidores entusiastas de su arte, donde hoy brindará una charla a las 17 en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho de la UBA, coordinada por Zulma García Cuerva, Ditsch no solo habló con Clarín sobre el diferendo con el gobierno, sino que también trajo al presente buena parte de las vivencias que lo convirtieron en un artista que, desde los bordes de un sistema artístico que lo rechazó durante décadas en Austria, hoy tiene un reconocimiento vasto por pasión y por acción.
¿Cómo es Ditsch? Su imagen contrasta con la persona que luego se abre en la entrevista. El personaje es excéntrico. Pelo rubio y largo, como un hippie hibernado de finales de los años 60, aparece vestido de total negro, con un pantalón vintage pata de elefante (así se llamaban) y un suéter de lana fina. Para las fotos de Clarín en el exterior del Hotel Faena, donde tiene lugar la charla, se pone un saco de gamuza negro con piel hasta en los puños. En su atuendo resaltan los zapatos de color tiza.
En el ida y vuelta del diálogo, el artista comienza a desgranar momentos de su vida que lo conectan con sus propios recuerdos, de los que parece emerger el peso causado por la muerte de su madre, cuando tenía 7 años, y de su esposa Marion, cuando Ditsch tenía 46. La partida de su compañera lo alejó de la pintura durante diez años, hasta 2019, tiempo que necesitó para reconstruirse y volcarse a la música.
El artista Helmut Ditsch, tras el cruce con el Gobierno por su obra. Foto: Guillermo Rodríguez Adami. La obra de la discordia
En marzo último, una semana antes del debate de la ley de glaciares, el gobierno nacional retiró, por supuestas fallas estructurales, la reproducción en alta calidad de la obra “The Triumph of Nature”, con la que Ditsch había reemplazado el trabajo original (hoy en su atelier en Viena, Austria) en 2018. La obra original había sido cedida en 2013 en comodato al Estado argentino, durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, con motivo de inaugurarse el entonces Salón Eva Perón. La obra original es una magnífica pintura del Glaciar Perito Moreno.
Esa pieza fue sustituida por una copia durante el gobierno de Mauricio Macri, en 2018. A pesar de las facilidades para la importación de obras de arte concedidas por el Decreto 217/18, ese año se venció la importación temporaria de cinco años. Por encima de ese lapso, Ditsch tenía que pagar una tasa, según nos cuenta en la charla.
Por tal motivo, en una operación relámpago y con la colaboración de personal de la Casa Rosada, la obra original fue sustituida por una reproducción.
El entuerto está en punto muerto entre Ditsch y el gobierno nacional debido a las condiciones que la Secretaría General dispuso para el retiro de la pieza que ya no está colgada. Y el artista nos dice: “No estoy dispuesto a firmar que renuncio a nada, porque me parece una extorsión”.
–¿Por qué aceptó en su momento el comodato de su obra original al gobierno nacional en lugar de venderla?
–Cuando (Oscar) Parrilli, que era el secretario general en el gobierno de Cristina, me llamó para pedirme una obra, me dijo que no tenían plata para comprarla. Y entonces decidí prestarla como un homenaje a mi tío abuelo, que murió acribillado en Plaza de Mayo durante la Revolución Libertadora. Mi tío abuelo era taxista y no tenía afiliación política. Luego de su muerte, toda mi familia se hizo peronista. Nunca vi una póliza ni de la obra original ni de esta copia. Espero que la hayan hecho.
–¿Por qué cree que desmontar la obra por parte del gobierno se conecta con el debate de la ley 27.804 de glaciares, que se aprobó en abril último?
–Lo creo, porque aunque el gobierno no puede tener nada ideológico en mi contra, ya que hace años dejé de hablar de política, mi obra sí es política, porque muestra una cosmovisión. Tengo un corazón militante y lo que mi trabajo artístico muestra no son paisajes, sino la soberanía argentina, son fenómenos naturales casi sacrales, porque son esenciales para la vida humana. A tal punto que cuando vendo una de mis obras en Europa, ya sea hielo, desierto o mar, nadie me pregunta dónde están esos lugares que pinto. La gente se apropia porque son parte de la naturaleza humana. En los Alpes, por ejemplo, ya no hay glaciares. Había en 1850, pero ya no quedan. Entonces, para los austríacos, el Glaciar Perito Moreno es lo que los bisabuelos de las generaciones actuales vieron y vivieron.
–¿Y cómo sigue este diferendo?
–No me dejo extorsionar. ¿Qué seguridad tengo de que la obra no esté dañada? Me dicen que pase a retirar la obra a cambio de renunciar a demandar al Estado. He recibido un trato humillante. Y siento que también es un ataque a la argentinidad, a nuestra identidad y a los valores básicos que tenemos. Es tiempo de que los argentinos nos juntemos a dialogar y a debatir todos.
El artista plástico Helmut Ditsch. Archivo Clarín.–Todos los gobiernos tienen una relación de tensión con la cultura y el arte. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner lo ideologizó y este gobierno lo deja en manos privadas.
–Nunca estuve en ese grupo de artistas durante el gobierno de Cristina. Me hubiera gustado, pero mi lenguaje artístico es demasiado popular y en el equipo de la presidenta había un progresismo medio elitista. Yo no entraba ahí. Por eso quedaba afuera de los eventos oficiales. No me ofendía no estar en los museos o en los eventos argentinos, porque siempre supe que podía montar mi obra en una plaza pública y que el público la disfrutara. Eso no me impedía cantar la marcha peronista en homenaje a mis abuelos. Y en cuanto a este gobierno, no veo un interés real en la cultura ni una relación con el arte.
–Conocemos el talento de los artistas argentinos, pero ¿qué llegada real tienen al mercado europeo?
–Para los austríacos yo soy argentino y mi arte es argentino, pero tiene peso para no quedar fuera de las colecciones austríacas. Fue a través del coleccionismo y de mecenas, que son muy abiertos, que mi obra se integró junto a artistas austríacos. Por suerte, en Austria no hay tanto nacionalismo como en Suiza, donde los coleccionistas solo tienen artistas de su país. Igual es muy difícil que las galerías de arte o el circuito en general tengan artistas contemporáneos argentinos. Hoy el sistema de las galerías no está funcionando. Están sufriendo una enorme saturación del mercado. Demasiada producción ha bajado los valores. Lo que antes se vendía en 10 mil dólares, hoy se vende en 3.500. En Buenos Aires hay una galería que no hace bazar: es Barro. Me gusta mucho el concepto del galerista Nahuel Ortiz Vidal. Y es importante decir que el mercado secundario del arte es un embudo donde abajo te espera una picadora de carne. El que entra sufre las condiciones de la galería y del mercado. Yo no quise entrar en ese sistema que, por supuesto, tiene excepciones.
–¿Cómo pasó de vender obras por 30 dólares a una megaobra como “Cosmigonon” por 1,5 millones de dólares?
–Gracias a las decisiones que tomé. Esa obra mide 7,30 metros por 2,7 metros (es de comienzos de los años 2000). Las galerías no me aceptaban por el formato de mis pinturas, y porque mi lenguaje no era parte del dogma de moda a fines de los años 80. Todo era arte conceptual. Había manifiestos utópicos y el accionismo vienés era muy radical en el arte contemporáneo. Se hacían cosas muy chocantes. Yo había hecho cumbre en el Aconcagua y todo lo que quería era pintar lo que había vivido, no lo que había visto. El formato era lo mínimo disponible para reflejar esa experiencia. Le dije a mi papá que quería pintar y él me respondió que no ganaría dinero, pero que sería feliz. Así llegué a Viena. En las galerías no me querían porque estaban con la abstracción y el videoarte, y en la Academia de Arte de Viena tenía pocas chances dada mi pintura, pero igual rendí el examen y entré. Todo lo que yo quería era aprender las técnicas medievales de pintura. Ahí conocí al profesor Arnulf Rainer y a Ulrich Gansert, un realista increíble con obras fantásticas que le compré años más tarde. En la Universidad se reían de lo que yo hacía. Ellos habían escrito un manifiesto considerándose los últimos pintores de la historia. Entonces prohibieron las clases de técnicas, ¡pero yo había ingresado para eso! Nací con un talento, pero no podía hacer nada si no aprendía técnicas y practicaba mucho. Así aprendí las técnicas medievales. Por ejemplo, la técnica del temple, que hay que verla y vivirla; no sirve estudiarla en un libro. Esa es la que permite crear estructuras materiales en las telas. Así pintaba Vermeer. Esa es la luz de mis pinturas. La técnica que me permite pintar el fenómeno de la luz.
El artista Helmut Ditsch, tras el cruce con el Gobierno por su obra. Foto: Guillermo Rodríguez Adami. Algunos obstáculos
Helmut Ditsch se entusiasma al recordar los años de siembra, sin renunciar al arte que consideraba su destino, pero tuvo que atravesar algunos obstáculos. Por ejemplo, cuando el profesor Arnulf Rainer lo acusó de haberle arruinado varios trabajos.
Dice Ditsch: “Él hacía retratos y los mamarracheaba encima. La denuncia tenía como fin cobrar una póliza. La aseguradora descubrió que el trazo había sido del artista, pero el asunto llegó a la prensa y yo pasé a ser interrogado por la policía. Claro que cuando Rainer me denunció no estaba en Austria, sino en Italia, reunido con Reinhold Messner, el más famoso escalador del Everest, que me compró mi pintura del Aconcagua. Entré en los medios sin haber pasado por las galerías ni las ferias de arte”.
–¿Cómo sobrevivió al mal trago?
–Aprendí que había un poder real en ese círculo que quería que yo desapareciera como artista, y tuve que aprender la política de ese circuito para sobrevivir. Me enfrenté a mi destino. Con el apoyo de mi esposa Marion comencé a organizar eventos privados a los que invitaba a coleccionistas y mecenas del arte. La elite austríaca no me compraba, pero veía mi obra. La base de mis pinturas siempre fue el público joven. Como no quería ser millonario, me alcanzaba con vender obras por 80 o 100 dólares. En 2010, un coleccionista de Hamburgo me compró “El mar II”. No quería venderla, porque el proceso de producción de esa pintura coincidió con la enfermedad de Marion, que murió de la misma enfermedad y a la misma edad que mi mamá. La vendí en 865.000 dólares. Y seis años más tarde vendí la obra del glaciar en 1,5 millones.
El triunfo de la naturaleza, pintura de Helmut Ditsch. Gentileza.–¿Y hoy vive de su arte?
–Sí, vivo de mi arte y tengo como socio a un mecenas que me acompañó desde el inicio de mi carrera. Es un coleccionista extraordinario que reúne ya ocho mil obras y entre ellas entré yo. Me compró el 50 % de mi obra y me dejó la libertad de la venta.
–¿En qué está trabajando ahora?
–En una obra muy especial que está dedicada a mi madre y a mi esposa Marion. Yo no puedo pintar por dinero, porque me provoca mucho estrés. Tengo que pintar porque necesito hacerlo. Estoy agradecido porque las paradojas del destino hicieron que ganara mucho dinero, pero no me pertenece. Les corresponde a Marion y a mi madre, y en esa obra en homenaje a ambas estoy trabajando ahora y de la que no quiero hablar.
En 2016, Helmut Ditsch comenzó a desplegar su genio en la música y ha compuesto ya un álbum. Según dice el artista realista vivencial, sus pinturas están concebidas como partituras, pues los colores tienen una frecuencia tonal. Basta ver una de sus obras para comprender de qué habla. Es la música de la naturaleza en toda su magnificencia.



