

“Yo me callo, pero el silencio grita!”. Son palabras del personaje de Dolores en “La malasangre”, una de las obras fundamentales de Griselda Gambaro, la dramaturga que falleció a los 98 años.
Se estrenó el 17 de agosto de 1982 en el Teatro Olimpia con la dirección de Laura Yusem y los protagónicos de Soledad Silveyra y Oscar Martínez, junto a Laura Murúa, Susana Lanteri y Patricia Contreras.
Aquellas palabras resumen el espíritu de esta impecable pieza, que desde entonces forma parte ineludible del repertorio teatral argentino: tanto lo que se dice como lo que se calla juega un lugar clave en el armado de un rompecabezas en el que cada elemento cumple una función dramática contundente.
La obra está ambientada en la Argentina rosista, dominada por los caprichos del Restaurador. Y así este territorio, y la casa de Benigno y su familia, se rigen bajo un método similar: violencia, terror. La violencia de la casa familiar de La malasangre y el territorio de Rosas son contemporáneas.
Dolores, la protagonista, fue criada en ese ambiente de violencia y, al encontrar el amor, es obligada por su padre a regresar al mismo. “Yo dicto la ley. Los halagos. Los insultos”, le dice Benigno a su esposa, débil y sumisa.
Con su hija Dolores ejerce una violencia más sutil. Para ese ejercicio del poder utiliza todos los medios, inclusive el arte y la educación.
Y la historia se desenvuelve en torno al amor prohibido de Dolores y el personaje de Rafael. Gambaro apuntó que “Quise contar una historia que transitara esa zona donde el poder omnímodo fracasa siempre, si los vencidos lo enfrentan con coraje y dignidad, si se asumen en el orgullo y la elección”. La hija enfrenta, con coraje y dignidad, la represión en su propia casa.
El silencio –elemento siempre poderoso en las obras teatrales– se va llenando de contenido. Porque, ¡cuánto dice la no palabra de esa madre siempre solícita, siempre considerándose menos y merecedora del maltrato, siempre leal a su propio verdugo!
Ella, tal vez sin querer, o quizá queriéndolo, es quien desencadena la tragedia. ¡Cuánto dicen los juegos perversos y humillantes que el padre impone a Rafael y a sus secuaces! ¡Cuánto dicen los gestos obsecuentes de Fermín! Y ¡cuánto más aún dice ese “te amo” de Dolores que despierta, primero, risas, luego indignación y por último una pasión dormida en Rafael!



