Héctor Abad Faciolince estuvo en Buenos Aires como invitado de la Feria Internacional del Libro pero sus actividades no se limitaron al evento donde presentó Ahora y en la hora, su último libro. “Así como los creyentes hacen peregrinajes a los sitios de sus devociones”, fue a buscar la casa donde vivió Borges, en Maipú 994, pasó por la librería Alberto Casares, “uno de los sitios donde voy siempre cuando vengo a Buenos Aires”, y recorrió la calle Suipacha, por “Carta a señorita en París”, el cuento de Julio Cortázar que la menciona. “Las ciudades son para mí los nombres de una calle, una plaza, unos árboles, las librerías”, dice el escritor colombiano.

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince vino a Buenos Aires a presentar su novela Ahora y en la hora. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

Jurado de Honor del Premio Clarín Novela, Abad Faciolince (Medellín, 1958) insiste no obstante en que tiene mala memoria y se define como “experto en olvidos”. Aun a su pesar, porque por ejemplo “mi memoria no sabe decir hace cuántos años, pero más de diez seguramente, que no viajaba a Buenos Aires”. Pero el recuerdo y la pérdida son indisociables en su escritura: El olvido que seremos (2006), un eje de la obra, sostiene la memoria de su padre, el médico y activista por los derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín el 25 de agosto de 1987.

La relación con la Argentina y su literatura también proviene de ese drama. El padre llevaba en su saco un soneto manuscrito y firmado con las iniciales JLB, lo que derivó en una polémica por la atribución del texto a Borges. Y se extiende con un reciente “nieto argentino”, como cuenta en esta entrevista el escritor.

El 27 de junio de 2023 Abad Faciolince sobrevivió a un ataque ruso cuando se encontraba en un restaurante de la ciudad de Kramatorsk, en Ucrania. A su lado falleció la escritora ucraniana Victoria Amélina, con quien un instante antes había cambiado de lugar. El suceso fue el disparador de Ahora y en la hora, una crónica en la que narra su experiencia en el contexto de la guerra y pone en cuestión la indiferencia de los intelectuales latinoamericanos ante los crímenes de Rusia.

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince es Jurado de Honor del Premio Clarín Novela. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–“Mi más querido aliado es el olvido”, afirma en Ahora y en la hora. ¿De qué le sirve?

–El olvido purifica. Casi todo desaparece, no me acuerdo mucho de mis viajes anteriores a Buenos Aires, que han sido varios, incluso vine una vez con mi madre y con mis hijos, y la paseábamos a ella en silla de ruedas. La memoria se va convirtiendo en un sueño mal recordado cuando uno despierta o como decía Borges “cuando uno recuerda”, como en español antiguo, donde despertar y recordar son lo mismo. “Recuerde el alma dormida”, dice Jorge Manrique al empezar la Coplas a la muerte de su padre, “avive el seso y despierte contemplando como se pasa la vida”.

–¿Cómo funciona el olvido en la escritura?

–Cuando uno se dedica a este oficio probablemente lo que más recuerda son poemas, palabras, algunos nombres, escritores que serán para siempre compañeros en la vida. Cuando cumplió 70 años Borges escribió un poema sobre sus cosas: el bastón, el llavero… cosas muy táctiles. Borges contaba cómo se había ido despidiendo de la vida, muy despacio, él decía que era “un largo crepúsculo” desde el año en que nació. Pero tal vez eso es toda la vida, un largo crepúsculo; yo no he perdido la vista pero he perdido el oído, sobre todo el derecho, el izquierdo funciona más o menos y he perdido dos sentidos, lo que nadie nota: no puedo saber a qué hueles tú, ni a qué huelo yo, y para mí el olfato era fundamental; y en buena medida he perdido también el gusto. Son dos sentidos que me han abandonado poco a poco, como el crepúsculo del que hablaba Borges. Sin embargo, por mala memoria que tenga, uno puede oler con el recuerdo, comer con el recuerdo, y me doy cuenta de que he perdido muchos hechos de mi pasado. Entonces vengo a Buenos Aires y las cosas que me trae la memoria son pocas pero bien elegidas, son importantes para mí como escritor y están teñidas de colegas que admiro, de afectos, y hacia el futuro se teñirán de otras cosas. Hace un mes me nació un nieto argentino. La madre es argentina y el padre, mi hijo, es colombiano. Cuando tu padre es argentino te sientes muy argentino, ¿qué sientes cuando tu nieto es argentino? Es muy bonito y es extraño que el destino y el azar me hayan escogido un futuro argentino, el futuro que para mí se desdibuja y es tan desconocido muchas veces como el pasado.

–También hay cosas que quedan “impresas como un tatuaje”, según escribe también en Ahora y en la hora.

–Borges decía “vida y muerte le han faltado a mi vida y por eso –no son las palabras exactas cito de mala memoria– me ocupo obsesivamente de estas minucias”. Diría que mi experiencia es opuesta. No es que me esté comparando con él, simplemente siento que me ha sobrado vida y muerte y por eso me he tenido que ocupar de cosas que parecen importantes, de la guerra, de la Historia con mayúsculas, de la invasión rusa en el último libro, del asesinato de mi padre, del asesinato de Victoria Amélina. En Kramatorsk me salvó de morir mi sordera, uno de mis achaques. Cambié de sitio porque no oía bien. Por eso estoy contando el cuento. Cuando uno ha dedicado su vida a la literatura y a la escritura, piensa que le pasen cosas o que no le pasen. Si no le pasan, las imagina, las vuelve extraordinarias. O si le pasan, como a mí, trata de condensarlas, de transmitirlas con algunos recursos, si se puede, de exactitud y, si lo consigo, con alguna belleza.

Con Borges en el bolsillo

–Dice que al escribir el libro pensó o imaginó que Victoria Amélina lo asistía. ¿Visitar la casa de Borges fue una forma de refrescar la memoria o de también de invocar una presencia?

–En la calle Maipú salió el portero, con una escoba (sonríe), y le pregunté si algunos familiares conservaban el departamento de Borges. Recordé esa visita de Vargas Llosa, sus comentarios sobre lo pequeño que era ese departamento, y luego Borges, con ese humor tan sarcástico, dijo que lo había visitado un escritor muy preocupado en asuntos inmobiliarios. Vargas Llosa estaba muy interesado en la obra de Borges, que quería mucho, pero hizo ese comentario desafortunado. Y el portero me dijo que habían vendido ese departamento, que vivía gente que no era de la familia. Había una placa de bronce que lo recordaba, aunque Borges se burlaba del bronce de las estatuas, y él me dijo que se la robaron y ahora la placa es de piedra. Nada dura, ni el bronce, ni el mármol ni la casa de Borges, pero me extraña y me pregunto por qué el municipio de Buenos Aires no compró ese pequeño departamento. Bueno, a Borges no le hubiera gustado porque no era supersticioso como yo ni amante de alguna reliquia, pero me hubiera gustado entrar a su casa y ver dónde tenía su Enciclopedia Británica, sus pocos libros, su grabado de Durero. Ir a una ciudad es revivir cosas de la memoria. Borges estuvo dos veces en Medellín. Una vez en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, y yo era muy joven, no lo había leído y no fui, y otra en la Biblioteca Pública, donde estuve de oyente. Fue muy bonito y al final, cuando se abrieron las preguntas, una persona dijo eso que muchas veces le reprocharon: “Borges, es que usted nunca ha vivido en el pantano y en la mierda, y discúlpeme la palabra”. Lo único que Borges contestó fue “sí, hace bien es disculparse”.

–Más que una pregunta, era una acusación.

–La gente es muy rara. Si uno no se hunde en el pantano y en la mierda, como dijo ese señor, entonces le dicen que esa falta de horror o de muerte es una carencia, y si uno usa la experiencia, como me ha tocado hacer contra mi voluntad, dicen que uno es una especie de vampiro de los demás y de las muertes ajenas. Nunca estamos contentos.

–¿La conferencia de Borges que presenció fue antes del crimen de su padre?

–Sí, debió ser en 1978 o 1979. Borges no estaba con María Kodama, había viajado con otra de sus amigas.

–Supongo que la lectura de Borges cambió después del hallazgo del soneto entre las ropas de su padre.

–Esa es otra cosa extraordinaria que le ha pasado a mi vida, una especie de cuento de Borges: que en el saco de un hombre asesinado, en la calle Argentina de Medellín, aparezca una lista de personas amenazadas de muerte, que en esa lista esté el nombre de la persona asesinada y que como arropando el pecho en el bolsillo izquierdo del saco, como protegiendo el corazón, aparezca un poema sobre la muerte, el olvido y el anonimato. Tal vez los versos más bonitos de ese poema sean: “No soy el insensato que se aferra/ al mágico sonido de su nombre./ Pienso con esperanza en aquel hombre/ que no sabrá que fui sobre la tierra”. Y que ese soneto estuviera firmado con unas iniciales con la letra del hombre asesinado, JLB. Todos negaron que pudiera ser de Borges, empezando por la señora Kodama, a quien le conté esta historia. Los especialistas y biógrafos más importantes de Borges, aquí y en el extranjero, dijeron “bueno, la historia es interesante pero el poema no es de Borges, es una mala imitación. Otro señor, Harold Alvarado Tenorio, dijo “yo escribí y publiqué ese poema en 1993”, es decir después que yo hubiera encontrado el soneto, en 1987. Entonces él me dijo “tu papá llevaba en el bolsillo ese soneto antes de que yo lo escribiera”. Era un cuento fantástico de Borges. Nosotros queremos creer que en la realidad esas cosas no ocurren, que solo ocurren en los cuentos fantásticos, aunque Borges dentro de unos siglos seguirá vivo en la memoria de la gente y para nadie será distinto el año 1987 de 1993 o de 1986, cuando murió.

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince vino a Buenos Aires a presentar su novela Ahora y en la hora. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–María Kodama nunca dio el brazo de torcer, ¿pero hablaron en buenos términos?

–Sí, ella fue amable. Así como yo transportaba a mi mamá por Buenos Aires en silla de ruedas a la señora Kodama la llevé en silla de ruedas por el Museo Picasso en Málaga. Fue entonces, durante un almuerzo, cuando le conté la historia. “No, Borges nunca descuidaba sus escritos, no se los hubiera entregado nunca a nadie”, me dijo. En cambio yo creo que sí los descuidaba y que sí le gustaba dejar por ahí huellas, papeles perdidos, anónimos. En el poema sobre la ceguera él duda si quien escribe es él o es Paul Groussac, su predecesor en la dirección de la Biblioteca Nacional. Me obstiné en hallar la autoría porque del hombre asesinado nunca se encontró quién fue el autor intelectual de su asesinato. En vista de que yo no podía encontrar, como un detective, quién era el asesino, quise escribir una historia real, verdadera, no de quién es el asesino sino de quién es el autor de un poema que todos los especialistas niegan que sea de Borges. Pero creo haberlo demostrado filosóficamente y con ayuda de argentinos ilustres como el pintor Guillermo Roux, su esposa Franca Beer, como Jaime Correas, en Mendoza. No me inventé esta historia, muchas personas honestas me ayudaron a reconstruirla fielmente.

El factor humano

–Escribir es, según dice, “lo único humano” ante la muerte y la guerra. ¿Allí se juega la memoria?

–Cuando un escritor tiene la suerte de ser genial como Borges los lectores lo reconocen y lo seguirán reconociendo. Borges es y seguirá siendo un clásico como Cervantes, como Shakespeare, como Homero, y si la humanidad sobrevive será eterno. A veces uno tiene una pretensión más modesta y es que alguien no genial pero con una vida digna y bonita como mi padre se recuerde más tiempo que su breve vida. Escribí sobre él veinte años después de su asesinato y ahora han pasado otros veinte años y por lo menos en Colombia mucha gente lo recuerda. Cuando uno es niño no quiere que su padre se muera y cuando ya está muerto uno quisiera lo imposible, que su padre resucitara, y como no puede obrar ese milagro quisiera que fuera recordado por lo menos más tiempo y entonces es un intento humano también. Victoria Amélina fallece frente a mí y era una colega, dejó escritas unas novelas y poemas memorables y se dedicó a un trabajo honesto y valiente de tratar de contar la verdad sobre los crímenes rusos contra Ucrania. También en este caso me parecía importante ayudar a que su memoria siguiera viva durante más tiempo que por su paso breve sobre la tierra, porque tenía 37 años cuando la mataron. Lo humano y, digámoslo con una palabra más rimbombante, lo artístico, es tratar de darles a algunas personas una supervivencia mayor a la injusticia de su muerte y hacerlo aspirando a que ese relato tenga verdad y tenga belleza.

Creo que Putin es de extrema derecha, pero no me importaría si fuera de izquierda o de extrema izquierda. En todo caso es un arrogante, un injusto.

Héctor Abad FaciolinceEscritor

–No es la geopolítica lo que permite comprender a las naciones sino las personas, afirma en su libro.

–Sí, mi aproximación a Ucrania no es política, de derechas o izquierdas. Es una aproximación que nace de mi relación con unas jóvenes editoras de Kiev que me escriben y me dicen que quieren traducir El olvido que seremos. Y ahí empiezo a preguntarme por ese país tan lejano, que puedo confundir con Moldavia o con Georgia y no estoy tan seguro si pertenece a Rusia. Después de este contacto, de la traducción y de no poder presentarla en Ucrania por la pandemia, ellas se vuelven víctimas de una agresión de un país más poderoso. Entonces también hay esto humano de no soportar que el más poderoso humille, destruya, invada y asesine al más débil. Creo que Putin es de extrema derecha, pero no me importaría si fuera de izquierda o de extrema izquierda. En todo caso es un arrogante, un injusto, y eso lo digo de gente que se dice de izquierda: el tirano de Nicaragua se porta como Putin, el de Venezuela también se portaba así y sus aliados en América Latina. O el tirano corrupto de Israel, que por un ataque inadmisible de Hamas contra ciudadanos de Israel hace una venganza bíblica, salvaje y genocida.

–¿Es posible intervenir desde la literatura ante esos sucesos?

–La literatura nos sirve para tener imaginación en el sentido de ser capaces de ponernos en el lugar del otro, para sentir lo que siente una madre ucraniana a la que le roban a sus hijos para llevarlos a Ruaia o una madre palestina a la que le matan todos sus niños. No me importa si el agresor es Putin, es Ortega, es Netanyahu o es Trump, creo que lo humano es ponerse de parte de las víctimas, de los que están sufriendo. Estas jóvenes ucranianas tienen el entusiasmo y el valor un poco absurdo de publicar autores españoles o latinoamericanos en una pequeña editorial, en una lengua marginal como el ucraniano, y eso me produce un afecto, me dan ganas de abrazarlas, de estar con ellas. También me lo producen las familias rusas, un millón de víctimas a las que Putin ha llevado a este matadero de la invasión a Ucrania, por arrogancia, por miedo, porque no quiere que un vecino dé el mal ejemplo en el sentido de que quiera libertad, democracia, expresarse libremente, publicar la verdad.

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince es Jurado de Honor del Premio Clarín Novela. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–En la Feria del Libro se refirió a una novela sobre Gaza que formaba parte de Ahora y en la hora. ¿Cómo surgió ese texto?

–Mientras escribía este libro sobre una realidad más lejana y desconocida para mí, la de Ucrania, ocurre lo de Gaza y por la misma indignación que me había provocado el estudio de la hambruna de Ucrania, el Holodomor (genocidio) que provocó Stalin en los años 30, me afectó muchísimo que en pleno siglo XXI hubiera un Holodomor en Gaza. Si en los años 30 era muy difícil escribir sobre lo que hacía Stalin en Ucrania, hoy yo puedo escribir sobre la hambruna de Gaza y tengo que hacerlo. Mientras escribía el crimen de guerra donde mataron a Victoria Amélina en mi lugar, me dije que tenía la responsabilidad de decir algo sobre Gaza. Como las herramientas del escritor son la memoria o la reconstrucción de hechos vividos, la imaginación o la construcción de algo que podría haber vivido, traté de imaginar un viejo, de algún modo parecido a mí, un poco mayor, que es viudo, va a Egipto guiado por una joven palestina y trata de introducir comida de contrabando en Gaza. En ese intento matan a la joven que lo acompaña, y él cae en el estupor de sobrevivir a una joven que merecería seguir viviendo. Era la misma historia de Ucrania trasladada a un escenario diferente. Pero esos libros combinados, según mis editoras y según mi mujer, que también es editora, funcionaban mal. El libro fue entonces podado. Sin embargo esa novela apareció en España, en una edición no venal. Se llama Con tres dedos se escribe, pero duele con todo el cuerpo.

Héctor Abad Faciolince básico

  • Nació en Medellín (Colombia), en 1958. Estudió Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín (Italia).
  • Además de ensayos, traducciones y críticas literarias, ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Asuntos de un hidalgo disoluto, Tratado de culinaria para mujeres tristes, Fragmentos de amor furtivo, Angosta, El olvido que seremos, La Oculta, Lo que fue presente y Salvo mi corazón, todo está bien.
  • Con su tercera novela, Basura, obtuvo en España el I Premio Casa de América de Narrativa Innovadora.
  • Ha publicado también un libro de poemas, Testamento involuntario; uno de ensayos, Las formas de la pereza, y otro de narrativa, Traiciones de la memoria. De sus libros hay traducciones a más de quince idiomas.

Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince (Alfaguara).