El animal que aprendió a quedarse quieto reunió una serie de pinturas que Débora Pierpaoli creó en los últimos seis años, a excepción de «un pequeño roedor que persiste en mirarnos desde el año 2010», como aclara su curador Sebastián Vidal Mackinson y se desplegaron alrededor de una de las salas de la galería Linse.

El animal que aprendió a quedarse quieto reunió una serie de pinturas que Débora Pierpaoli. Foto: redes sociales.

A diferencia de su exposición anterior, donde presentó esculturas, la técnica por la cual se la reconoce hace tiempo, aquí regresó a sus orígenes, ya que su formación inicial es la pintura. Es por eso, que esta experiencia fue una excusa para volver al primer amor y reivindicar su admiración por los y las pintoras que tanto le gustan.

Como una artista de larga trayectoria y referente de su generación, Pierpaoli compiló distintas épocas de su carrera, que a su vez exponen momentos relevantes de su pasado reciente, desde las obras que realizó en pandemia hasta la maternidad.

Y si bien a primera vista, El animal que aprendió a quedarse quieto parecía exponer un conjunto de trabajos que fueron creados para convivir juntos, resultó que ese devenir estaba escrito en su destino, no a modo de retrospectiva sino como un análisis contemplativo que evidencia otras facetas de la artista y donde la intimidad se despliega en todo su esplendor. “Son como pequeños saltos, donde las obras se relacionan pese al tiempo que las separa».

Pierpaoli comparte que las pinturas más recientes son menos introspectivas ya que provienen de una especie de análisis del vínculo que la sociedad contemporánea mantiene con los gimnasios –acaso una institución urbana– algo que hace tiempo llama su atención y que pone en evidencia cómo a medida que pasa el tiempo, estos espacios se convierten en un fenómeno presente en todas partes, creando disposiciones casi invasivas, donde cada dos cuadras se hace presente una “nueva promesa”.

El animal que aprendió a quedarse quieto reunió una serie de pinturas que Débora Pierpaoli. Foto: redes sociales.

En una escena, alguien practicaba deporte con los ojos completamente apagados, ajena a su entorno, mientras otra levantaba unas pesas rusas al mismo tiempo que dos inmensas águilas negras le susurraban al oído, o quizás le aúllaban y trataban de devorarla.

Tinte fantasmagórico

Mientras tanto, una figura de tinte fantasmagórico se sentaba en una mesa y logreba que su rostro reposara por un rato en su regazo. Los límites en las pinturas de Pierpaoli resultan un tanto difusos o misteriosos, aunque es allí donde se encuentra su gran virtud.

Retratos de la maternidad, del aislamiento y la soledad también se hicieron presentes por medio de cuerpos que se desvanecían, donde los rasgos ya no parecían ser necesarios para que se las reconociera y visibilizara, porque sus espíritus van más allá, haciéndose una con la materia.

Es la madre que daba de mamar en el medio de la noche, que miraba a un punto fijo y dejaba que su mente se vaciara por un rato. Es la magia de inmortalizar el valor de cuidar a alguien con el propio cuerpo sin idealizar. Allí no había vírgenes canonizadas. Había escenas de desnudos, donde nuevamente también eran protagonistas los animales. Las aves y los felinos. El gato negro que una y otra vez encuentra un lugar.

Es el sueño, la pesadilla, la fantasía, la encarnación del trauma, la necesidad de enfrentarse a la muerte como un tema que pulula en la mente de todos, el lugar que ocupa el arte en la sociedad y la posibilidad de poner en imágenes aquello que pueda incomodar, habilitando la posibilidad de diálogo, la charla con un otro, solo o con las propias pinturas.

Ya que Pierpaoli, como si se tratara de una especie de acompañante terapéutica, habilita la confesión y, dado que las pinturas estaban colgadas en diferentes niveles y alejadas de las paredes, contenían, al mismo tiempo que rodeaban, a quien haya pasado a visitarlas. Los personajes no estaban allí para desafiar o interrogar, sino para escuchar.

Las escenas, confeccionadas de pinceladas cargadas, trazos brutos, nerviosos y fragmentarios, como alguna vez dijo Florencia Qualina al referirse al trabajo de la artista, son autorreferenciales y coquetean con su universo íntimo, algo que dejaba en evidencia por medio de obras como un autorretrato rodeada de algunas de las pinturas de su compañero de vida, Estanislao Florido. ¿Son sus hijos? ¿Es ella? ¿Es su gato? Algunos dirán que sí, otros podrán dudar. Lo valioso fue cómo logra resonar en la intimidad de tantas personas a partir de lo que le toca vivir.

Lugares y tiempos diversos

«Los personajes que habitan mis instalaciones provienen de lugares y tiempos diversos e indistintamente recombinables, que abarcan tanto el cuento clásico como la enciclopedia histórica y que van conformando una cosmogonía extraña, un imaginario infantil, errático y traumatizado. Parte de ese imaginario artístico está poblado de animales, presas, niñas, libros, objetos, collares, rocas, cabezas, una fauna bizarra y heterogénea que cuenta con una difusa vida real, cercana a la fantasmagoría», ha descrito la artista.

El animal que aprendió a quedarse quieto reunió una serie de pinturas que Débora Pierpaoli. Foto: redes sociales.

Por último, Vidal Mackinson concluyó en el texto que acompañó la muestra: “Aquí no hay calma resignada. El animal que aprendió a quedarse quieto, aprendió a detenerse en el momento preciso, porque sabe que el movimiento a veces es ruido, que la quietud es una forma de fuerza y no de rendición. Mientras posa para que lo miremos con atención, está pergeñando algo más».

Tensión y tranquilidad, inestabilidad, debilidad, inteligencia y el poder para renacer de las cenizas. Todo eso se encuentra entre los bordes de las obras de Débora Pierpaoli.