Más que un escenario del terror, la casa embrujada condensa en la literatura secretos familiares y traumas intergeneracionales. En Carcoma, de Layla Martínez (Amor de Madre), este espacio vuelve a ocupar un lugar central en una novela que ya superó los 35 mil ejemplares vendidos.

Layla Martínez es escritora y editora en el sello independiente Antipersona. Foto: redes sociales.

Inspirada en la tradición de las casas góticas de Poe y Shirley Jackson, así como en novelas contemporáneas donde el hogar funciona como espacio de trauma, Layla Martínez (Madrid, 1987) –escritora y editora del sello independiente Antipersona– parte de la historia de sus abuelos para construir una narración sobre la violencia patriarcal, la vida de las mujeres tras el franquismo y lo que se vieron obligadas a silenciar, aportando una nueva mirada al subgénero.

Carcoma, nominada al National Book Award 2024, presenta una casa donde hay secretos escondidos detrás del armario, donde viven una abuela y una nieta junto a santas que se aparecen en el techo de la cocina y donde ocurren desapariciones que nunca se resuelven.

Un fantasma es una cuenta pendiente, es algo no resuelto, un trauma no cerrado, ya lo dijo Mariana Enríquez. Me parecía que la historia política del país, la guerra, seguía siendo ese trauma no cerrado, porque nunca hubo un juicio”, señaló la autora en diálogo con Clarín.

Y enfatizó: “De hecho, Franco solo hace unos pocos años que fue trasladado del mausoleo que se le hizo a una tumba más corriente, y lo hizo el gobierno que está ahora, en la legislatura anterior. Es evidente el tiempo que pasó para que se hiciera eso”.

La historia comienza con el regreso de la nieta a la casa, tras un episodio conflictivo con la familia más rica del pueblo, los Jarabo. “Ya os he dicho, de esta casa no se marcha nadie. Estamos atrapadas aquí, nosotras y las sombras”, dice la abuela, como se enuncia una ley antigua.

“La mayoría de nosotros vive en una casa, entonces es mucho más fácil que te dé miedo: parece difícil que un zombi te vaya a atacar o un vampiro, pero si esta noche a las tres de la mañana oyes un ruido en tu casa y te despiertas, el miedo sube mucho más. Las casas encantadas tienen un potencial para hablar de la institución de la familia y las violencias que pueden pasar en su interior”, explicó la autora.

–¿Por qué Carcoma?

–Tenía que ver con la idea de algo que va comiendo la casa por dentro, las vigas, los cimientos, y no se ve demasiado. Durante mucho tiempo está bien, durante generaciones, hasta que un día se derrumba. Además, la carcoma es muy difícil de sacar. Me parecía que representaba el espíritu de la novela: un resquemor acumulado en las paredes, que se transmite de madres a hijas.

–¿Cómo trabajaste la idea de herencia o transmisión generacional atravesada por la violencia, el dolor y el resentimiento?

–En los pueblos pequeños, las relaciones de clase son más evidentes. Por ejemplo, Madrid es muy segregada. Dejando de lado las urbanizaciones de los ultra ricos y los barrios del centro, tú nunca los cruzas. Hay unas fronteras invisibles mucho más severas que en otras ciudades. En un pueblo eso no pasa. Es mucho más evidente ver a los ricos. Si te quedas allí, trabajas para los mismos para los que han trabajado tu padre y tu abuelo, porque no ha habido un cambio. Las personas que eran ricas durante la dictadura en mi pueblo se enriquecieron más con la dictadura y, cuando llegó la democracia, siguieron siendo ricos. Entonces heredas la violencia de clase que se te infringe y esos resentimientos.

–El pueblo y las habladurías tienen un peso enorme. ¿Qué lugar ocupa esa mirada colectiva en la construcción del miedo y el control?

–En los sitios pequeños hay más ayuda, pero también hay más control social, y ese mayor control social penaliza a la gente que se sale de la norma, por ejemplo por su orientación sexual o manera de vestir. En el contexto de la posguerra se utilizaban estos rumores como forma de penalización: venía la Guardia Civil y se llevaba a alguien del cual habían hablado y no volvía a aparecer. Y en la posguerra estas habladurías tuvieron un peso peor: ¿qué se dice y qué no sobre lo que pasa adentro de la casa? ¿Qué se deja ver sobre la familia hacia afuera? En un contexto de represión, si tú eres de los que han perdido, de los que están siendo torturados, hay que tener mucho más cuidado con proteger la dimensión íntima de esa familia. En España se protegió hasta tal punto que se mantuvo en secreto y a los hijos no se les contaba sobre sus padres, que habían sido anarquistas o comunistas, porque las madres temían una venganza. Entonces falsificaban la historia familiar. A veces solo se lo contaban a las hijas, porque ellas no iban a ir a pegarse con la Guardia Civil, no se esperaba que hicieran eso. Entonces la intimidad se borra por supervivencia de la siguiente generación.

–La venganza de las mujeres aparece como una fuerza central. ¿Cómo pensaste esa idea de justicia o reparación?

–Hice un curso online con una profesora de la Universidad de Tijuana que hablaba de literatura latinoamericana del terror escrita por mujeres en México. Ella pertenecía a un colectivo feminista y nos dijo que en su colectivo habían pensado mucho cómo se había narrado en el país la violencia contra las mujeres: los femicidios en Ciudad Juárez, la violencia de la frontera, del narco. Ellas habían acabado hartas de la revictimización, les parecían más interesantes las ficciones que cambiaban un poco eso. Les parecía una forma de cambiar la historia. A mí me hizo clic. Si voy a contar en parte la historia de las mujeres de mi familia, sobre mi abuela y bisabuela, ellas no tuvieron la oportunidad de vengarse; por lo menos en la ficción, que la tengan. Luego, el propio libro se convirtió en una propia venganza porque yo quería poner el nombre de la familia Jarabo, que es real. Los personajes principales no tienen nombre, porque quería que pudiese ser cualquiera, porque hay demasiadas historias parecidas a esa en pueblos y ciudades de toda España. Pero sí quería que ese apellido estuviese porque los Jarabo fueron una familia muy cercana al régimen, tanto que el padre que coincide con mi bisabuela fue ministro de Justicia de Franco. Fueron responsables directos de fusilamientos, de persecuciones, de buena parte de lo terrible que hizo la dictadura. Aparte, se enriquecieron con todo eso, más de lo que ya eran. Pero en España no hubo ningún tipo de juicio. No tuvieron que pagar por nada, ni siquiera algo simbólico. Poner su nombre, que el libro haya tenido tanta difusión en distintos países, para mí fue un granito de arena que ha hecho que se sepa qué pasó.

Layla Martínez es escritora y editora en el sello independiente Antipersona. Foto: redes sociales.

–¿Cómo se aborda la lealtad familiar en la novela?

–Mi intención es que ellas empezaran muy enfadadas entre ellas y, a lo largo de la novela, fuesen descubriendo que todo ese rencor tenían que redirigirlo hacia los culpables; que interiorizamos la violencia, el patriarcado. El feminismo te da el paisaje completo, te enseña de dónde procede eso y por qué opinas así. Ellas parten de ese odio, de su aspecto físico, y se van dando cuenta de que eso no es una cosa que se les haya metido adentro sin más, sino que tiene que ver con algo estructural, que hay una sociedad de clases, que no es algo que esté mal en ellas. Ellas no son revolucionarias, son dos mujeres aisladas. Se van dando cuenta de que ese odio que tienen hacia ellas mismas y la una hacia la otra tiene unas condiciones. Y empiezan a ver que son aliadas.

–Hay una crítica muy marcada al rol masculino: “a los hombres les basta un gesto para que todo el mundo piense que son buenos padres”. ¿Qué te interesaba señalar con esa mirada?

–La historia de las mujeres de mi familia está muy atravesada por violencia patriarcal. Ellas sufrieron la violencia de clase y la violencia política por la dictadura. Eso era inevitable, que esos mimbres estuvieran ahí. Esto viene directamente de esa visión amarga de los hombres y desencantada, por su propia historia de maltrato. Ella se quedó viuda con 32 años y tuvo otros pretendientes, tuvo otros hombres que le insinuaron que querían tener una relación con ella y ella siempre repetía –me lo cuenta mi abuela–: “Aquí no voy a dejar que entre ningún hombre a mandarnos a mí y a mis hijas”. Para ella fue un alivio que lo mataran. De alguna manera consiguió liberarse. No hubiera podido irse a ningún sitio. Un alivio, aunque la dejó en muy mala posición económica. Como no tenía derecho a ninguna pensión porque era del bando perdedor, pensiones que sí tuvieron el resto de las viudas, ella no tenía derecho a nada y estaba sola con dos hijas. Ella tuvo que aprender a coser, como se cuenta en el libro, pero no quiso nunca volver a tener relación con un hombre.

–La familia está atravesada por rituales muy marcados. ¿Qué función cumplen esos rituales dentro de esa dinámica familiar? Por ejemplo, el guiso que se recicla.

–Los rituales pasan en todas las familias: el sitio de la mesa, quién se sienta en la cabecera, dónde se hablan unas cosas u otras, quién hace la paella los domingos. La comida de Carcoma está muy inspirada en mi familia paterna, porque a mi abuela paterna no le gustaba cocinar en el día a día. Le gustaba hacer repostería, pero no le prestaba mucha atención a las comidas. Hacía tres o cuatro comidas y no le salían bien. Ella hacía el guiso y se iba y lo dejaba ahí; a veces se quemaba. Y se reciclaba. Hacía mucho y al día siguiente, y al día siguiente, había guiso. Durante mucho tiempo se la criticó y yo me reconcilié con eso cuando fui más grande. Esa mujer estaba obligada a hacer algo que no le gustaba. Era ama de casa y a lo mejor hubiera querido hacer otra cosa. Mi abuelo paterno era bastante dictatorial y patriarcal, entonces mi abuela buscó sus estrategias de no confrontación directa, de decir una cosa y hacer otra, de intentar hacer lo menos posible, con las que hacía su vida un poco más agradable. El feminismo me hizo aplaudir esa pequeña rebelión de mi abuela. Y el guiso de la novela fue un pequeño homenaje.

Layla Martínez básico

  • Es escritora y editora en el sello independiente Antipersona.
Layla Martínez es escritora y editora en el sello independiente Antipersona. Foto: redes sociales.
  • Su ensayo más reciente, Utopía no es una isla (Episkaia, 2020), explora la idea de la utopía en los últimos siglos y la posibilidad de construir un horizonte utópico en el presente.
  • Ha coordinado e impartido talleres de literatura, ciclos de cine y charlas sobre historia de las mujeres e historia de los movimientos sociales.
  • Escribe habitualmente en el periódico El Salto.

Carcoma, de Layla Martínez (Amor de Madre).