Desde cuándo abrir un paraguas en el interior de una casa trae mala suerte, por qué hay que evitar pasar debajo de una escalera, cómo nació la costumbre de brindar o de tener un pino adornado para celebrar la Navidad. Sobre estos usos y costumbres escribió Charlie López en Todo tiene su historia (Random House), libro de no ficción que estuvo entre los primeros en ventas durante estos primeros meses del año.

Charlie López es docente, escritor e historiador. Foto: German García Adrasti.

El docente, escritor e historiador logra atrapar desde la primera página no sólo por su manera didáctica de contar sino también porque explica, desde la historia, cómo se originaron mitos, supersticiones, usos y costumbres hoy naturalizadas y muchas veces, pasadas por alto.

“Vengo escribiendo libros sobre el origen de palabras y frases, el primero salió en el 93, con Sudamericana y se llamó Detrás de las palabras y hace dos años salió uno de narrativa que se llama Después de cierta edad. Y ahora, de alguna manera, las palabras me llevaron hacia las supersticiones, los usos, las costumbres que siempre me interesaron. Solía preguntarme por qué un saludo se hacía de una determinada manera o por qué los paraguas o las escaleras traían mala suerte”, dice López a Clarín. Y la entrevista sigue.

–Es un libro hermoso para conversar en familia sobre los orígenes de las costumbres, ¿podrías contarnos sobre los paraguas?

–Sí, los paraguas nacieron como parasoles. Los egipcios fueron los primeros en utilizarlos y los hacían como sombrillas, con papiro y plumas de pavo real. Se creía que era una especie de techo de pabellón celestial, que estaba formado por el cuerpo de una diosa llamada Nat, a la que representaban como una mujer arqueada sobre la tierra con la piel azul y salpicada de estrellas. La sombra que arrojaban esos parasoles era considerada sagrada y era mala suerte ingresar a esa sombra si no se pertenecía a una élite determinada. La cuestión es que después de eso a los ingleses se les ocurre, en el siglo XVIII, ponerle una tela impermeable y se hacen unos armatostes grandes de metal y de madera que eran muy difíciles de abrir y al que accedían solamente los ricos porque eran muy caros. En Londres puede llover un mes entero y abrir los paraguas era muy difícil porque eran muy rústicos, había que hacer mucha fuerza y cuando finalmente se lograba, por ahí se lastimaba a alguien sin querer con la punta de metal que tenía o se podía romper un jarrón caro de la dinastía Ming; por eso se toma la costumbre de abrirlos afuera. A su vez se consideraba una desgracia que alguien hubiera perdido un ojo o se hubiera lastimado cuando otro abría un paraguas y entonces se lo asociaba con la mala suerte.

–Para poder conocer todas estas cuestiones hay que ser muy observador, ¿lo sos?

–Soy muy curioso y miro mucho lo que hace la gente.

–¿Existe una relación lógica entre estas costumbres y las cuestiones materiales?

–Claro, hay una retroalimentación entre la costumbre y la superstición. Las costumbres, muchas de ellas, como la de los paraguas, se hicieron supersticiones y luego hubo supersticiones que se transformaron en costumbres cuando la gente ya no supo por qué se lo hacía de esa manera. El caso de los espejos es un ejemplo. Ya los antiguos griegos habían iniciado una técnica de adivinación, predecían el futuro de las personas cuyos rostros se reflejaban en láminas de vidrio (estamos hablando de cinco o seis años antes de Cristo). También se reflejaban las caras en tinajas que estaban llenas de agua. Si el material o la superficie sobre la que se reflejaba la cara se rompía durante ese proceso se decía que esa persona iba a tener mala suerte. Los romanos toman esta superstición de los griegos y ya en el siglo I le agregan que la mala suerte va a durar 7 años. Eso sigue mucho tiempo y cuando parecía que se desvanecía se llega al siglo XV cuando en Venecia comienzan a hacerse los espejos muy parecidos a los que conocemos hoy. Pero el proceso era muy trabajoso y eran muy caros porque estaban bañados en plata y solamente las familias acomodadas económicamente podían acceder y tenían un espejo. Con frecuencia, a quienes limpiaban los espejos y los transportaban, se les rompían porque eran frágiles y allí es cuando se reinstala la superstición de los griegos y los romanos para que tuvieran más cuidado con ellos.

–¿Fue efectiva la superstición?

–La documentación que respalda todo esto da cuenta que efectivamente se empezaron a romper menos espejos. Cuando en mi casa se rompía un espejo, mi madre se ponía muy mal y todo lo que pasaba lo asociaba a la rotura del espejo: confirmación del sesgo se llama eso que pasa y tiene que ver con que uno tiene la mirada, el oído y todos los sentidos orientados hacia un lugar que confirma lo que pensamos y descarta lo que no.

–¿Lo del Triángulo de las Bermudas tiene alguna base científica?

–Todo empieza cuando desaparecen unos aviones en década del 40 cuando estaba terminando la Segunda Guerra Mundial. Los aviones que desaparecen eran de la Marina y fue un vuelo muy conocido que había salido de la península de Florida y nunca volvieron a ser vistos. Eso despertó la sospecha de que ahí podía estar pasando algo. El triángulo une la península de Florida, Puerto Rico y las Bermudas. Un periodista de la Associated Press empezó a levantar la perdiz (porque después de esos dos aviones, desaparecieron otros y también pasó con barcos) y se empezaron a escribir libros. Si yo lo tuviera que resumir, el triángulo de las Bermudas está marcado hace rato como un lugar peligroso para embarcaciones y para aviones por los fenómenos meteorológicos, pero no hay nada que compruebe que los accidentes tengan que ver exclusivamente con estos orígenes.

–En el libro también hablás sobre la historia del árbol de Navidad, de la caña con ruda, de los cumpleaños, del magiclick.

–Para hablar del árbol de Navidad tenemos que contar la historia de un misionero inglés que se llamaba Bonifacio. Un día el Papa Gregorio III lo manda a evangelizar parte de Europa (lo que hoy sería Alemania), estamos hablando del año 730. Cuando Bonifacio llega a Alemania, descubre que lo que serían los antiguos germanos, que estaban influenciados por la mitología nórdica, hacían unas ceremonias muy particulares. Basados en la mitología griega, creían que la tierra y los astros colgaban de un árbol gigante cuyas raíces estaban en el universo y la copa en el cielo. Durante el solsticio de invierno, el día más corto del año, le hacían un homenaje a los robles a los que consideraban asociados al dios del trueno, Thor. Ellos creían que si alguien le hacía algo a un roble iba a ser castigado por el rey del trueno. ¿Y qué hace Bonifacio? Tala un roble para mostrarles que no iba a pasar nada y que Thor no lo iba a castigar y en su lugar planta un pino. No de casualidad elige un pino, lo hace porque tiene forma triangular y para él representaba la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y además, les pide que desde ese momento, los homenajes deben hacérselos a los pinos, a los que decora con manzanas en representación del pecado original; y en vez de antorchas le pone velas. Es cuando nace el homenaje al pino, durante el solsticio de invierno en diciembre y que no necesariamente coincidía con la Navidad, porque la fecha de la Navidad fue cambiando y el catolicismo lo que hizo fue hacer coincidir fiestas paganas, que eran muy celebradas, con fiestas católicas, de tal manera que tuvieran garantizada la concurrencia de la gente y la participación. Pasa el tiempo y llega la época de la Reina Victoria y a fines del siglo XIX, se casa con Alberto de Sajonia, que era alemán. Y es entonces cuando se oficializa la costumbre, por un dibujo de la familia real inglesa con un árbol de Navidad.

–De la nobleza a la caña con ruda sin escalas, ¿cómo nace la tradición de tomarla el 1 de agosto?

–La caña con ruda está relacionada con la Pachamama. Es muy común en el norte de Argentina y en Paraguay, donde está considerada patrimonio cultural y material desde 2019. Lo que habían visto los colonizadores era que los pueblos originarios del Paraguay y del norte del litoral argentino no se enfermaban y comenzaron a prestar atención a las costumbres de los guaraníes, sobre todo. Y se dieron cuenta que en las temporadas de frío y lluvia (eso aparece en las crónicas de Indias que llevaban los españoles) tomaban caña, que era una bebida alcohólica. Entonces, inspirados en ellos, los españoles empezaron a destilar, a producir aguardiente de caña y le empezaron a agregar ruda macho, que es un tipo de ruda. Y entendieron que era buena, por ejemplo, para combatir los parásitos y para los malestares estomacales. Pero también creían que combatía las malas energías. La fecha asignada para tomar la caña con ruda es el 1 de agosto como celebración del Día de la Pachamama, a la que las comunidades originarias le agradecen por los animales, por el buen tiempo, por las cosechas.

–¿Y cómo es la historia del magiclick? ¿Es un invento argentino?

–Es un invento argentino, pero el mecanismo vino de Japón. Hay algunos que todavía recuerdan la publicidad que decía que duraba 104 años. En la antigüedad el fuego se encendía con piedras y la invención del fósforo fue un poco de casualidad. Hugo Kogane trabajaba en Aurora y había viajado a Japón donde había visto un mecanismo que disparaba chispas y pensó: ‘Esto lo podríamos usar para encender el gas’. Después se instalaron fábricas en España y en Brasil.

–¿De chiquito te gustaba viajar y entender cómo funcionaba el mundo?

–Sí, tenía 8 años cuando leí La Vuelta al Mundo en 80 días y vi la película, me volví loco, era una road movie: andaban en Globo, en elefante, en barco. Por otro lado, poder viajar me inspiró mucho. Estuve un año estudiando en Inglaterra y a pesar de que se puede parar en las universidades, siempre elegí vivir con familias inglesas, porque de esa manera me enteraba de cosas que si no nunca hubiera visto. Y por otro lado, siempre me llamaron la atención las frases: por qué la gente decía a caballo regalado no se le mira el diente, por ejemplo, y después te enteras de que se puede saber la edad de los caballos mirándoles los dientes.

Charlie López es docente, escritor e historiador. Foto: German García Adrasti.

–También investigaste la costumbre de darse la mano como saludo.

–Sí, se arraiga en el medioevo inglés y tenía que ver con demostrarle a la otra persona que no estaban armados, que no escondían ningún arma, por eso la mano se la daban tomando el antebrazo del otro. Y entonces ahí encuentro que el brindis tenía el mismo origen. La forma más fácil de librarse de un enemigo era envenenándolo. Era muy común en la antigua Grecia que se envenenara a la gente. Entonces, el anfitrión, para que el otro bebiera, estuviera tranquilo y supiera que no había malas intenciones, tomaba del mismo recipiente y lo hacía primero a la salud del invitado. Cuando la persona veía qué tomaba, el otro también lo hacía.

Charlie López básico

  • Estudió en la Universidad de Buenos Aires, realizó una maestría en el Centro de Estudios del Lenguaje aplicado de la Universidad de Reading de Inglaterra y es Consultor Psicológico.
  • Dictó la cátedra de Análisis del Discurso en la Maestría del Traductorado e Interpretariado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.
  • En la actualidad conduce El baúl de Charlie López en TN, Palabras con historia en Canal (á) y se desempeña como columnista especializado en lengua, etimología e historia en Canal 13 y TN.
  • Escribió Detrás de las palabras (Sudamericana, 1993), En una palabra (Aguilar, 2004), In a Word (Nueva Cultura, 2005), La línea (Claridad, 2010), Historias del aula (Edebé, 2011), Aulas en conflicto (Edelvives, 2016), ¿Por qué decimos? (Edelvives, 2019), Somos lo que decimos (Aguilar, 2022), De dónde vienen (Aguilar, 2023) y Después de cierta edad (Aguilar, 2024).
  • Brindó charlas y conferencias sobre la lengua española e inglesa en Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Perú, Ecuador, Colombia, España y Austria.

Todo tiene su historia, de Charlie López (Random House).