Viernes por la tarde, aparece Patricia Salinas, con su mirada expectante y entusiasmada por hablar con Clarín sobre su primera novela, Casa con pileta, editada por Emecé, en la cual construye una historia donde la memoria personal se cruza con la historia reciente argentina. Entre Paraná y Quilmes, la autora explora la identidad, la adopción, los silencios familiares y la persistencia de los centros clandestinos de detención en la vida cotidiana. La ficción aparece como una forma de narrar lo traumático sin solemnidad y de interrogar el presente desde la experiencia íntima.

Patricia Salinas es autora de Casa con pileta (Emecé). Foto: gentileza.

La historia de la novela comienza en Paraná y se desplaza luego hacia Quilmes, en la zona sur del conurbano bonaerense. Ese recorrido geográfico funciona también como un movimiento interior: la narradora observa los espacios donde creció y descubre que en ellos conviven escenas domésticas, recuerdos fragmentarios y huellas de una violencia que no siempre se nombra. La casa, la pileta, el barrio y el edificio vecino se vuelven escenarios donde la memoria insiste, incluso cuando el entorno parece continuar con normalidad.

La novela de Salinas –socióloga, psicoanalista y ahora narradora– se mueve en ese borde entre lo íntimo y lo histórico. En este sentido, el relato no se organiza de manera lineal, sino como una serie de asociaciones que intentan dar forma a una experiencia difícil de ordenar.

La propia voz narrativa lo reconoce: “Yo soy el desorden que me habita, las historias que se entrecruzan que no encuentran un sentido, una punta de ovillo desde donde desanudar la madeja de representaciones que me impiden seguir adelante con mi vida”. Esa conciencia del desorden se transforma en método narrativo.

Entre libros y preguntas

La escritora vincula ese modo de narrar con su propia historia. Ella es hija adoptada y se enteró de esa condición siendo grande. Ese dato aparece en la novela como una pregunta persistente sobre la genética, los orígenes y la construcción de la identidad.

La autora recuerda que su madre tenía miedo de que los padres biológicos se arrepintieran y fueran a buscarla. Por esa razón, siendo hija única, pasaba largas horas dentro de la casa, muchas veces en la biblioteca familiar. Y allí fue donde los libros se convirtieron en compañía y en una forma de imaginar otras vidas posibles.

Ese contacto temprano con la lectura produjo una relación particular con la imaginación. La psicoanalista señala que durante la infancia –y en la actualidad también– se le mezclaban los sueños, las historias que había leído o le habían leído y los acontecimientos, como si la realidad y la ficción formaran parte de un mismo territorio mental.

Esa confusión, lejos de desaparecer, se transformó con el tiempo en una herramienta creativa. La fantasía aparece en la novela como un recurso para acercarse a situaciones que resultan difíciles de explicar desde la lógica estricta.

Patricia Salinas es autora de Casa con pileta (Emecé). Foto: gentileza.

En uno de los pasajes más contundentes, la narradora describe un mundo donde el peligro puede irrumpir de manera repentina: “Un hombre podía atacar entonces como atacan los tigres feroces, lo que nos convertía a nosotras en especies de débiles cervatillos”. La escena condensa una sensación de vulnerabilidad que atraviesa tanto la experiencia personal como la historia colectiva.

La autora explica que el libro nació de un registro íntimo, sin intención literaria. “Era un diario íntimo, no pensaba ser una novela”, recuerda. El giro se produjo cuando ese material comenzó a circular en un taller coordinado por la poeta Tamara Kamenszain, a quien admira profundamente. La escritora tuvo un papel central en el proceso de lectura, corrección y reescritura del texto.

Salinas recuerda esas jornadas como un trabajo exigente, donde cada página era revisada con detalle. La presencia de Kamenszain funcionó como un reconocimiento inicial y también como una instancia de disciplina sobre el texto.

Narrar lo oscuro

Uno de los ejes de Casa con pileta es la relación entre memoria y lenguaje. La narradora advierte que “la memoria no podía ser un trapo vintage, decidido a reestrenarse”. La frase señala la necesidad de una memoria activa, capaz de intervenir en el presente y no limitarse a repetir fórmulas establecidas.

Esta preocupación se vuelve especialmente visible cuando la narración se detiene en el territorio concreto de Quilmes y en la historia social que lo rodea. Allí aparece el Pozo de Quilmes, uno de los centros clandestinos de detención del circuito represivo, pero también un paisaje marcado por la presencia histórica de familias vinculadas a la industria y al comercio, como los Bemberg, los Lyons y otros apellidos de origen inglés y alemán que configuraron ciertos estándares de vida asociados a la high society del sur bonaerense.

En contraposición a esos modelos de prestigio social y de pertenencia, la novela introduce una reflexión sobre la mirada hacia la pobreza. En ese contexto, la narradora escribe: “Los pobres son antiestéticos”, se le escaparía alguna vez a alguien del futuro. Los pobres no cumplen con los parámetros de belleza de la sociedad de consumo: son gordos, feos, negros, sucios, comen mucho y mal. Contaminación visual. Es entendible entonces, que bajo estas rúbricas y desde épocas remotas, estas visiones contaminaran aquellas con las que la aristocracia se relajaba mientras se pensaba a sí misma en un balneario de Saint-Tropez”.

El pasaje funciona como una observación sobre una sociedad que establece jerarquías sociales y simbólicas a partir de criterios de pertenencia, apariencia y posición económica.

La autora investigó ese territorio durante sus años de formación universitaria y más tarde decidió incorporarlo a la ficción. El interés no radica en reconstruir un expediente histórico, sino en mostrar cómo esos lugares permanecen en la vida cotidiana de los barrios. Una casa con pileta puede parecer un espacio inocente, pero también puede ocultar una historia que los vecinos prefieren no recordar.

La escritora sostiene que la literatura permite abordar esos temas desde un registro diferente al de la investigación académica. “Si vos torcés las palabras y los relatos, pueden impactar mucho más que ciñéndote a una verdad absoluta”, afirma.

La frase resume una posición estética que rechaza la idea de que el orden y el control sean siempre superiores. La autora advierte que llevar esa lógica al extremo implicaría pensar en una sociedad completamente disciplinada, y sostiene que imaginar el arte o la escritura bajo ese principio resulta problemático. Desde su perspectiva, disciplinar la imaginación limitaría la potencia del relato y empobrecería la experiencia literaria.

En la novela, el humor, el absurdo y lo ridículo aparecen como modos de sostener el relato. La aparición inesperada de una vaca dentro de una pileta o de una manta raya, introduce escenas que rompen la lógica realista y permiten narrar situaciones dolorosas sin quedar atrapados en un tono solemne.

Construir con la palabra

La verdad que nos sostiene como hablantes, es la que construimos con la palabra, por eso las historias salvan y sostienen, porque podemos escapar de los determinantes una vez que los vimos, los sentimos, los experimentamos. Después de eso podemos hablar de libertad. Podemos ser libres por ser conscientes”, subraya.

Patricia Salinas es autora de Casa con pileta (Emecé). Foto: gentileza.

Esa elección narrativa también dialoga con una preocupación actual: cómo acercar estas historias a lectores jóvenes que crecieron lejos de la experiencia directa de la dictadura. La autora recuerda que muchas veces escuchaba comentarios que asociaban esos temas con algo pesado o aburrido.

También observa que muchos jóvenes hoy piensan en la posibilidad de hacerse millonarios en poco tiempo y que esa expectativa, atravesada por la lógica del éxito inmediato, dificulta el interés por historias vinculadas con la memoria. Frente a esa percepción, decidió construir una narración que pudiera leerse con interés, y que incluyera y acercara a los jóvenes que no vivieron aquellos sucesos.

Al final del libro, la sensación dominante no es la de una resolución definitiva, sino la de un movimiento abierto. La novela sugiere que la memoria no se clausura y que cada generación debe encontrar sus propias preguntas frente a lo ocurrido. En un presente atravesado por discursos de odio, por la circulación acelerada de información y por la fragilidad de los consensos democráticos, la literatura aparece como un espacio donde todavía es posible detenerse, mirar hacia atrás y preguntarse qué hacer con esa herencia.

La memoria continúa actuando y obliga a revisar lo vivido. Por eso, Salinas insiste en la posibilidad de reescribir la propia historia y de encontrar nuevas formas de comprenderla. “Creo en el poder de las segundas veces y de las oportunidades”, afirma. La frase funciona como cierre de una novela que propone mirar hacia atrás sin quedar detenidos en el pasado.

Patricia Salinas básico

  • Nació en la provincia de Buenos Aires. Se licenció en Sociología y Psicología en la Universidad de Buenos Aires y se especializó en fenomenología social y psicoanálisis.
  • Trabajó en el Equipo de Violencia Familiar del hospital Dr. Cosme Argerich y dirigió el sello editorial IUNMA.
  • Asistió a talleres literarios con Tamara Kamenszain y Alberto Laiseca.
  • Actualmente ejerce la práctica clínica y reside en la ciudad de Quilmes. Casa con pileta es su primera novela.

Casa con pileta, de Patricia Salinas (Emecé).