Si fuésemos un dron y voláramos por el canal de Youtube del Indio Solari, nos daríamos cuenta de que, además de videos de su música solista y la que hizo junto a Los Redondos, tiene una playlist que se llama “El Mister nos lee”. Son 64 fragmentos de textos (novelas, cuentos, crónicas, memorias, hay de todo) que el Indio Solari leyó en el programa de radio llamado “Big Bang” del escritor y periodista Marcelo Figueras. Hay lecturas de 3 minutos y otras de 20; en ese rango se mueven. Todas son valiosas y, hay que decirlo, conmovedoras.

En estas lecturas, más allá de contener en su interior un sesgo tanto pedagógico como fraternal, y para nada soberbio ni pedante, Solari pone su voz al servicio de la literatura que le interesa, que respeta, que valora, que lo influyó y que le dio varias de las herramientas para pensar su arte de la escritura y desarrollarse.

El Indio lee con un tipo de seriedad muy natural que transmite alguien que sostiene una vinculación cotidiana con la lectura. Desde ahí surge ese tipo de voz que se escucha.

Y, por otra parte, es posible considerar estas lecturas como la puerta más íntima que abrió alguna vez Solari, ya que se trata de su biblioteca, es decir, de su vida más privada, esa que aparece cuando no hay nadie, cuando alguien abre un libro y entrega lo más preciado que tiene: su tiempo. Eso lo sabe cualquier lector.

Los autores que pasan por la boca de Solari son muy variados: Abelardo Castillo, William Burroughs, Ballard, Marcel Schwob, Conrad, Jack Kerouac, Dalí, Herzog, Artaud, Doris Lessing, Hemingway, Orwell, Capote, y la lista sigue así de diversa y maravillosa.

Hay que decir que son libros canónicos, pero también complejos y a los que, en muchos casos, solo se llega luego de hacer un camino curioso en la lectura. Y me parece ver acá una de las claves para comprender la lírica de las canciones de Solari.

El Indio siempre fue un artista que traficó información en tiempos donde no existía internet y reutilizó todo lo que le llegó (libros, cómics, películas, Rusia, etc.) para ponerlo a jugar adentro de las canciones y así generar artefactos complejos, pero populares.

Le podían gustar al oyente ilustrado y a quien estaba por fuera de los saberes institucionales. Las canciones del Indio podían atravesarlo todo.

Sus letras funcionaban muy bien con la guitarra de Skay porque pudo construir un misterio que nunca terminaba de revelarse. Él sabía que ese era el magma real de la poesía: poner en funcionamiento la máquina de la forma, del estilo, y matizarla con pequeños dictums certeros que siempre acertaban al corazón de las masas.

Por ejemplo: “Vivir solo cuesta vida”, de Ropa sucia. Ese tipo de frases-consigna nos traen a la cabeza un contenido existencial propio de una bohemia sesentista que sobrevivió en el siglo XXI para dar cuenta de una vida por fuera de la virtualidad, pero para poder escribir eso, para llegar a poner esas palabras una al lado de la otra, Solari tuvo que atravesar un camino de lectura notable.

El Indio escribía como escribía, un espíritu único e irrepetible, porque supo conjugar de manera intuitiva y sabia la calle (eso que él llamaba “cultura rock”) con la biblioteca (lo que Bolaño llamaba La Universidad Desconocida). Un ensamble indestructible. Las dos piezas son vitales e irremplazables para lograr su pulso tan particular y, a esta altura, lo sabemos, imperecedero.

El Indio es el mejor lector del rock argentino. Comprendió que construir una biblioteca personal es lo más importante para un songwriter de nervio culto y exposición masiva.